«Padre todopoderoso y misericordiosísimo:
Te suplicamos humildemente que, por tu infinita bondad, pongas fin a estas lluvias desmedidas a las que hemos tenido que hacer frente. Concédenos un tiempo favorable para la batalla.
Escúchanos benignamente, a nosotros, soldados que te invocamos, para que, armados con tu poder, podamos avanzar de victoria en victoria, aplastar la opresión y la maldad de nuestros enemigos y establecer tu justicia entre los hombres y las naciones.
Amén.»
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Patton llevaba meses obsesionado con el mal tiempo. Una lluvia persistente, barro, niebla y frío acompañaba desde septiembre al Tercer Ejército estadounidense por los campos de Lorena y del Sarre, anegando caminos y convirtiendo cada movimiento de vehículos en una batalla contra el terreno. Los carros de combate se hundían, las ruedas patinaban y, en algunas pendientes, había que arrastrar los blindados con cabrestantes.
La concepción de la guerra de Patton, un experto carrista, descansaba sobre la velocidad. Maniobrar, penetrar, desbordar, perseguir. No dejar al enemigo tiempo para rehacerse. Pero el general que había atravesado Francia a una velocidad que asombró a aliados y enemigos se encontraba ahora luchando contra un adversario al que no podía rodear, bombardear ni destruir: el invierno europeo.
Patton lo que no podía hacer era ordenar que dejara de llover. ¿O quizá sí?.
El pater coronel James Hugh O’Neill
| Capellán James Hugh O'Neill, 3.er Subjefe de Capellanes del Ejército de los Estados Unidos |
—Habla el general Patton. ¿Tiene una buena oración para el tiempo? Tenemos que hacer algo con estas lluvias si queremos ganar esta guerra.
Sobre una ficha de apenas el tamaño de una tarjeta que cabía en la cartera o en el bolsillo de una guerrera— redactó una oración breve, solemne y directa. Era la plegaria de un ejército en campaña, redactada para hombres que se disponían a cruzar la Línea Sigfrido y penetrar en Alemania.
O’Neill tuvo una intuición que transformaría aquel texto en algo más que una petición meteorológica. Se acercaba la Navidad. Si Patton pretendía distribuir la oración entre sus soldados, la otra cara de la tarjeta podía contener un mensaje personal del general.
Así añadió unas líneas dirigidas «a cada oficial y soldado del Tercer Ejército», en las que Patton les deseaba feliz Navidad, expresaba su confianza en su valor y anunciaba que continuarían marchando hasta completar la victoria.
Doscientas cincuenta mil oraciones
El general leyó la oración. No corrigió una palabra. Tampoco hizo una reflexión teológica. Se limitó a devolverle la ficha y a emitir una orden que dejó desconcertado al capellán: —Imprima doscientas cincuenta mil copias y asegúrese de que cada hombre del Tercer Ejército recibe una.
Patton no quería una oración para su
escritorio. Ni siquiera quería una oración únicamente para los
capellanes. Quería convertirla en una acción colectiva.
O’Neill le mostró el saludo navideño que había escrito en el reverso. Patton lo aprobó y, a petición del sacerdote, añadió su firma. Aquella pequeña tarjeta tendría, por una cara, una súplica a Dios; por la otra, un mensaje del comandante del ejército.
Patton pidió a O’Neill que se sentara. Entonces le hizo una pregunta inesperada:
—Capellán, ¿Cuánto se está rezando en el Tercer Ejército?
—¿Se refiere el general a los capellanes o a los soldados?
—A todos.
O’Neill tuvo que reconocer que probablemente no se rezaba demasiado.
—Creo firmemente en la oración —dijo—. Los hombres consiguen lo que desean de tres formas: planificando, trabajando y rezando.
Para el general, cualquier operación militar comenzaba con el pensamiento: estudiar el terreno, calcular los tiempos, prever las reacciones del enemigo. Después llegaba el trabajo: preparar a las tropas, abastecerlas y conducirlas. Pero entre el plan y la ejecución existía siempre un margen desconocido. Un espacio donde podían aparecer el azar, la fortuna, el miedo, el error o el valor inesperado.
Algunos llamaban suerte a ese margen. Patton lo llamaba Dios. «Ahí —sostenía— es donde interviene la oración».
La orden de rezar
El general no concebía la religión como una alternativa al planeamiento militar. No esperaba que una oración sustituyera a la logística, al adiestramiento o a la potencia de fuego. Su fórmula era acumulativa: pensar, trabajar y rezar. La oración debía completar el circuito.
Patton ordenó entonces a O’Neill que
redactara una carta de instrucción dedicada exclusivamente a la
oración. No debía llegar únicamente a los sacerdotes y pastores:
el objetivo era conseguir que rezase todo el ejército.
En aquel momento servían en el Tercer Ejército unos 486 capellanes pertenecientes a 32 confesiones. O’Neill escribió la denominada «Carta de Instrucción número 5». Patton la leyó al día siguiente y la aprobó sin efectuar cambios.
Se imprimieron 3.200 ejemplares. Aunque el documento llevaba fecha del 14 de diciembre, comenzó a distribuirse los días 11 y 12. Llegó a los capellanes y a los mandos de las unidades hasta el nivel de regimiento antes del inicio de la ofensiva alemana del 16 de diciembre.
La carta exhortaba a rezar en todas partes: conduciendo, combatiendo, a solas, en grupo, de día y de noche. Pedía el fin de las lluvias, buen tiempo para la batalla, la derrota del enemigo, la victoria del ejército y, finalmente, la paz.
Aquello era mucho más que una ocurrencia pintoresca. Patton estaba actuando sobre la moral de sus hombres. Les estaba diciendo que la espera no significaba pasividad; que incluso aquello que escapaba a su control podía ser afrontado colectivamente.
La oración convertía la incertidumbre en propósito.
Ocho días después
La famosa petición no fue formulada durante el cerco de Bastogne, como suele afirmarse. Ni siquiera se produjo después de iniciarse la batalla de las Ardenas. La llamada tuvo lugar el 8 de diciembre y la ofensiva alemana comenzó ocho días más tarde, en la madrugada del 16.
Las fuerzas de alemanas salieron de los bosques de las Ardenas protegidas precisamente por aquello que Patton deseaba eliminar: lluvia, niebla, nubes bajas y una visibilidad tan escasa que impedía intervenir a la aviación aliada. El mal tiempo no era una incomodidad secundaria. Formaba parte de la oportunidad operacional alemana.
Las unidades estadounidenses desplegadas en aquella zona fueron sorprendidas. El frente se abrió y las columnas acorazadas alemanas avanzaron hacia el oeste. Bastogne, nudo esencial de carreteras, quedó cercada.
Al sur de la penetración alemana se encontraba el Tercer Ejército. Patton tuvo que realizar una de las maniobras más difíciles de su carrera: detener su ofensiva hacia el este, reorganizar sus cuerpos de ejército y girar gran parte de su fuerza noventa grados hacia el norte.
El 21 de diciembre escribió a su esposa que el destino había acudido a buscarle cuando la situación se había vuelto crítica. «Quizá Dios me haya conservado para este esfuerzo», añadió.Aquella misma jornada anotó que Eisenhower y Bradley estaban nerviosos porque temían que atacase demasiado pronto y con fuerzas insuficientes. Patton, en cambio, sostenía que esperar suponía perder la sorpresa.
El ataque del Tercer Ejército comenzó el 22 de diciembre. Sus divisiones avanzaron por carreteras heladas, bajo una resistencia alemana feroz y con enormes dificultades de abastecimiento.
Cuando se abrió el cielo
Los estudios meteorológicos y las historias oficiales muestran que el tiempo continuó siendo desastroso entre los días 19 y 21 y todavía impidió algunas operaciones aéreas el 22. La mejoría decisiva llegó el 23 de diciembre, cuando una zona de altas presiones avanzó sobre las Ardenas. El cielo se abrió y la aviación aliada pudo intervenir masivamente, atacar las columnas alemanas y lanzar suministros sobre Bastogne.
La noche anterior había asistido con su ayudante, Charles Codman, a una ceremonia de comunión a la luz de las velas en Luxemburgo. Se habían sentado en el antiguo palco del káiser Guillermo II. La imagen resulta casi excesivamente novelesca: el general estadounidense que se disponía a invadir Alemania celebrando la Navidad desde el lugar reservado en otro tiempo al emperador alemán.
Al día siguiente, 26 de diciembre, los carros de la 4.ª División Acorazada consiguieron enlazar con los defensores de Bastogne. El cerco se había roto, aunque los combates continuarían todavía con enorme dureza.
Conclusiones
Patton no se limitó a pedir que cambiase el tiempo. Convirtió una plegaria en un instrumento de cohesión. Frente a una amenaza que escapaba a su autoridad, ofreció a sus hombres una acción compartida.
| Patton |
No podían controlar el resultado, pero podían prepararse para aprovecharlo.
La oración no movió las divisiones hacia Bastogne. Lo hicieron los conductores, los mecánicos, los ingenieros, los sanitarios, los soldados de infantería y las tripulaciones de los carros. Pero aquella pequeña tarjeta les decía que todo ese esfuerzo formaba parte de algo mayor que el barro, el frío y el miedo.
Fuentes fundamentales
James H. O’Neill, «The True Story of the Patton Prayer», publicado originalmente en The Military Chaplain en 1948 y reproducido por la Military Chaplains Association. Es la principal fuente testimonial sobre la llamada, la redacción de la oración, la tarjeta y la «Carta de Instrucción número 5».
Martin Blumenson, ed., The Patton Papers, 1940-1945. Recoge los diarios y la correspondencia de Patton, incluidos sus escritos de diciembre de 1944, el texto de la tarjeta y sus referencias al tiempo y a la providencia.
Harold R. Winton, «Airpower in the Battle of the Bulge: A Case for Effects-Based Operations?», Journal of Military and Strategic Studies. Estudio académico sobre la intervención aérea y la secuencia meteorológica de las Ardenas.
Hugh M. Cole, The Ardennes: Battle of the Bulge, historia oficial del Ejército de los Estados Unidos.
Bastogne: The First Eight Days y documentación histórica del U.S. Army Center of Military History sobre la ruptura del cerco el 26 de diciembre de 1944.
George S. Patton, War As I Knew It, anotado por Paul D. Harkins, Boston, Houghton Mifflin, 1947. En el corpus aquí verificable, funciona como la primera fijación impresa conocida del episodio, aunque la nota concreta de Harkins ha quedado contrastada críticamente a través de la réplica de O’Neill.
Nancy C. Jones, In Need of a Hero? The Creation and Use of the Legend of Patton, tesis académica, University of Louisville, 2020. Útil para situar la oración dentro de la memoria pública y la construcción del «Patton legend».
Library of Congress, «About this Collection | George S. Patton Papers: Diaries…». Fuente archivística de apoyo para la procedencia del fondo.
Quiero recomendaros «Negable», de Erik Sepúlveda Madsen, camarada y veterano 
La novela parte de la crisis del islote de Perejil y es una historia de ficción militar protagonizada por una patrulla de reconocimiento en profundidad de la Brigada Paracaidista
Me ha gustado mucho cómo describe, al comienzo del libro, los momentos previos a un salto: la tensión dentro del avión y todo lo que pasa por la cabeza de uno de los paracaidistas antes de lanzarse al vacío. 