Representa uno de los hitos más significativos del cine antibélico y de la historia del séptimo arte en su conjunto. Estrenada solo doce años después del armisticio, la película capturó un trauma que aún estaba fresco. Fue una de las primeras grandes producciones sonoras, y Milestone utilizó esa nueva tecnología no para diálogos vacíos, sino para que el público escuchara, por primera vez, el silbido aterrador de los proyectiles y el caos de las trincheras.
Director: Lewis Milestone
Guion: Adaptación de Maxwell Anderson, George Abbott y Del Andrews, basada en la novela homónima de Erich Maria Remarque (1929)
Elenco principal: Lew Ayres (Paul Bäumer), Louis Wolheim (Katczinsky), John Wray, Arnold Lucy, Ben Alexander, Scott Kolk, Owen Davis Jr., Walter Rogers, William Bakewell, Russell Gleason
Premios: Ganadora del Oscar a la Mejor Película y al Mejor Director en la 3.ª ceremonia de los Premios de la Academia (1930/31). También recibió nominaciones en otras categorías técnicas.
La película destaca por su montaje dinámico y su uso pionero de la cámara en movimiento para transmitir el caos y la deshumanización del frente. Milestone emplea travelling largos, tomas subjetivas y ángulos bajos que sitúan al espectador en la trinchera junto a los soldados. La secuencia del asalto inicial al campo de batalla —con miles de extras y explosiones reales— constituye una de las piezas de dirección más influyentes del cine temprano sonoro.
En 1930, ver la cámara moverse a esa velocidad por la tierra de nadie era algo nunca antes visto; daba al espectador la sensación de estar corriendo hacia una muerte segura.
La escena final —la mano de Paul alcanzando la mariposa— es posiblemente el plano más poético y devastador de la historia del cine bélico. Representa la belleza que sobrevive en un mundo que ha decidido suicidarse.
El guion mantiene una fidelidad notable al espíritu de la novela de Remarque, centrándose en la progresiva desilusión de los jóvenes reclutas alemanes, desde el idealismo patriótico inculcado por su profesor hasta la brutal realidad de la guerra de trincheras.
Variety (1930) la calificaron como "la mejor película de guerra jamás filmada". Metacritic la sitúa entre las obras maestras indiscutibles del período.
El estreno en Alemania (diciembre de 1930) provocó disturbios en el Mozartsaal de Berlín, llevaron a la prohibición del filme por el gobierno de Weimar "para preservar el orden público". La cinta no volvió a proyectarse legalmente en Alemania hasta 1956.
Lew Ayres, protagonista, quedó tan impactado por el mensaje antibélico que se declaró objetor de conciencia durante la Segunda Guerra Mundial, lo que le costó su carrera temporalmente en Hollywood.
Es en alusión directa a la
Batalla de Bailén (19 de julio de 1808). Según la
tradición local recogida por la Real Academia de la Historia en
1927, durante aquella jornada bélica una mujer bailenense
–identificada posteriormente como María Bellido–
ofreció agua con un cántaro a los combatientes españoles (en
particular al General Reding) en medio del combate, cuando un disparo
enemigo rompió la vasija.
Imagen: Wikipedia.
Lejos de amedrentarse, la aguadora
continuó su labor con otro cántaro para aliviar la sed de las
tropas, gesto que se convirtió en emblema del coraje
colectivo del pueblo de Bailén.
Este hecho, junto con la primera victoria sobre el ejército
napoleónico, quedó inmortalizado en la heráldica municipal: el
cántaro agujereado representa la heroica aportación de la población
bailenense (famosa además por su alfarería tradicional) al
esfuerzo bélico, mientras que el proyectil que lo atraviesa evoca el
fuego enemigo afrontado en aquel episodio. El escudo actual se
completa con símbolos militares de la Medalla de Bailén
(un águila napoleónica derrotada colgando de sables cruzados,
rodeados por la fecha y una corona de laurel de la victoria) en el
otro cuartel. Este diseño, originado tras un riguroso dictamen
académico en 1927-28, fue adoptado oficialmente por el Ayuntamiento
y ratificado por la Junta de Andalucía en 2004,
consolidando un blasón único que aúna la memoria histórica local
con la tradición heráldica española.
Estado de la cuestión
Las primeras interpretaciones autorizadas
provienen de la Real Academia de la Historia (RAH):
en 1927 el erudito Vicente Castañeda emitió un
informe (publicado en 1928) a petición del Ayuntamiento de Bailén
para definir un escudo acorde a la gesta de 1808. Dicho dictamen de
la RAH sentó las bases heráldicas actuales, vinculando
explícitamente el cántaro roto con la figura tradicional de María
Bellido y la heroica labor de las mujeres aguadoras durante
la batalla.
A nivel local, ya en el siglo XIX la hazaña del cántaro
había empezado a figurar en la memoria colectiva: el testigo
presencial Antonio J. Carrero relató en 1815 cómo “algunas
heroicas mujeres” de Bailén, desafiando el fuego, llevaban
agua con barriles y cántaros a los soldados, e
incluso narra el caso de una que vio su cántaro “quebrado
por una bala” y regresó con otro para proseguir su tarea.
Sin embargo, el nombre de María (Inés Juliana)
Bellido no aparece documentado hasta décadas más tarde; fue durante
la visita de Isabel II a Bailén en 1862 cuando se populariza
por primera vez el nombre de “Luisa Bellido”
vinculado a dicha heroicidad, según crónicas ofrecidas a la reina
(posiblemente basadas en la identidad real de una vecina fallecida en
1809).
Monumento María Bellido ubicado en Bailén
A lo largo del siglo XX, investigadores jiennenses profundizaron
en el tema separando hechos de leyendas. El Boletín del
Instituto de Estudios Giennenses (BIEG) publicó varios
estudios clave: en 1978 y 1980 el historiador y cronista militar
Manuel López Pérez analizó la biografía de María
Bellido y el desarrollo de su mito, confirmando la existencia
histórica de una mujer con ese nombre (nacida en Porcuna, casada en
Bailén) y su muerte pocos meses después de la batalla, a la par que
señalaba la ausencia de recompensas documentadas que la tradición
le atribuyó.
López Pérez distinguió entre la verdadera
intervención de las aguadoras (corroborada por fuentes de la
época) y la construcción posterior de la figura heroica de
María Bellido para equipararla a otras heroínas populares de la
Guerra de la Independencia (como Agustina de Aragón). Otro aporte
notable fue el de Antonio Aranda Castro (1988),
quien identificó en los registros parroquiales el nombre completo
María Inés Juliana Bellido Vallejos, corrigiendo
confusiones previas sobre su identidad y parentesco. Estos trabajos
académicos concluyen que, si bien la “heroína de Bailén”
adquirió tintes legendarios en la historiografía local, el núcleo
del relato (mujeres bailenenses abasteciendo de agua bajo el fuego
enemigo, con al menos un cántaro hecho añicos por una bala) está
respaldado por testimonios contemporáneos y, por
tanto, se basa en un hecho verídico exaltado posteriormente como
símbolo patriótico.
En el campo de la heráldica municipal, la
inclusión del cántaro perforado en el blasón de Bailén ha sido
documentada por autores como Andrés Nicás Moreno (2011)
en su monografía Heráldica municipal de la provincia de Jaén,
donde describe el escudo actual, sus colores y elementos, y cita la
resolución autonómica que lo oficializó definitivamente. Asimismo,
catálogos institucionales (e.g. Registro Andaluz de Entidades
Locales) y repertorios históricos del CSIC/RAH han
recogido el escudo bailenense, avalando su diseño conforme a las
normas heráldicas vigentes. A nivel divulgativo, el Museo de la
Batalla de Bailén ha publicado un estudio resumido (Sola-Isidro,
2021) que recorre la evolución histórica del escudo con apoyo
de fuentes de archivo y bibliografía académica. En contraste, es
frecuente encontrar en la web explicaciones más anecdóticas
o poco fundamentadas (blogs, webs turísticas) que repiten la leyenda
sin aportar referencias sólidas.
En resumen, el estado de la cuestión revela
un consenso académico sobre el significado del
cántaro con bala (vinculado a la gesta de 1808) a la vez que matiza
cuánto de ese relato es documental y cuánto es legendario,
siendo un caso paradigmático de cómo la memoria histórica
local se integra en la simbología cívica.
Evidencia documental y cronología del escudo
La trayectoria del escudo de Bailén refleja las transformaciones
políticas desde el Antiguo Régimen hasta la época contemporánea.
Antes del siglo XIX, la entonces villa de Bailén
carecía de armas propias distintivas y utilizaba las del linaje
señorial que la gobernaba: los Ponce de León,
Condes de Bailén y Duques de Arcos. Durante siglos, el blasón
señorial (un escudo partido con las armas de León y Aragón, más
una bordura con escudetes navarros de la casa Vidaurre) figuró en el
castillo local y en sellos oficiales, indicando la dependencia
jurisdiccional de Bailén bajo esa casa nobiliaria. Esta situación
cambió tras la abolición del régimen señorial en el siglo XIX. En
1850, Bailén obtuvo el título de Ciudad
por concesión de Isabel II, y comenzó a afirmarse su identidad
municipal independiente. Documentos del Archivo Histórico Nacional
muestran que hacia 1869 (tras la Revolución
Gloriosa) el Ayuntamiento adoptó provisionalmente un escudo propio:
aún usaba el escudo ducal de los Ponce de León, pero rodeado de una
bordura con la inscripción “Muy Noble y Leal Ciudad de Bailén”,
señal de su nuevo estatus constitucional. Este escudo en realidad
era un vestigio del pasado señorial, y los tratadistas lo
consideraban inapropiado por ser las armas de un linaje particular y
no de la ciudad misma.
Imagen: Wikipedia
Durante la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, Bailén
experimentó varias tentativas de dotarse de un escudo más
representativo de su historia patriótica. Con
motivo del I Centenario de la Batalla de Bailén (1908),
se acuñó una medalla conmemorativa que en su reverso mostraba un
escudo cuartelado especial, considerado el primer diseño heráldico
incorporando el cántaro: en dicho escudo de 1908 (usado luego por el
Ayuntamiento hasta 1927) figuraban en el primer cuartel un león rojo
en campo de plata y en el segundo los palos de gules en oro –ambos
elementos heredados de los Ponce de León–, mientras que el tercer
cuartel presentaba un cántaro agujereado en campo de gules
y el cuarto un castillo de oro sobre gules. Esta curiosa amalgama
unía símbolos señoriales tradicionales (león y palos) con
elementos autóctonos alusivos a Bailén: el cántaro
roto –que recordaba ya la gesta de 1808– y una torre o castillo,
quizá por la fortaleza local o por su condición de ciudad (aunque
su significado exacto es impreciso). El escudo se mostraba adornado
con ramas de laurel y timbrado con corona real cerrada, reflejando la
exaltación patriótica del centenario. A pesar de su valor
simbólico, heráldicamente este diseño resultaba recargado y
confuso, por mezclar muebles heterogéneos sin un orden lógico
definido.
En 1927, el Ayuntamiento de Bailén inició
gestiones para normalizar su escudo conforme a las
reglas heráldicas y a su historia bélica. La propuesta municipal
elevada al Ministerio de la Gobernación pretendía entonces usar, en
un escudo ovalado, nada menos que las armas del Reino de
España (cuartelado de Castilla, León, Aragón, Navarra, etc.) con
una granada en punta, cargando en el centro el cántaro roto,
todo ello timbrado de corona real. Esta idea de incorporar las armas
nacionales –algo común en la época para ciudades “ilustres”–
fue rechazada por la Real Academia de la Historia,
encargada de dictaminar sobre la solicitud. En un informe fechado el
7 de enero de 1928, la RAH (a través de Vicente Castañeda)
argumentó con claridad que los municipios deben usar símbolos de su
propia historia, máxime teniendo Bailén “tan
sobrados hechos gloriosos” en su haber, y no apropiarse de escudos
reales que inducirían a “confusión histórica”. En
consecuencia, la Academia propuso un nuevo blasón centrado en la
batalla de 1808: un escudo partido en forma
cuadrilonga (no oval, puesto que la forma oval se reservaba
tradicionalmente a entidades eclesiásticas), con los atributos de la
Medalla de Bailén en un cuartel y el cántaro legendario en el otro.
En detalle, la descripción heráldica recomendada
fue: en el campo diestro, sobre oro, dos sables de plata
enlazados por una cinta roja de la que pende un águila negra
(símbolo del águila imperial napoleónica capturada), todo sumado
de una corona de laurel y acompañado de una cinta
plata con la leyenda “Bailén, 19 de julio de 1808”; en el campo
siniestro, sobre gules (rojo), un cantarillo roto de su color
natural. Como timbre, se especificó la corona mural
de ciudad, en lugar de la corona real, dado que Bailén no perteneció
nunca directamente a la Corona como ciudad de realengo (la corona
mural, con torres, es además distintivo habitual de los municipios).
Este dictamen de la RAH fue aprobado oficialmente y
sirvió de base al escudo que el Ayuntamiento adoptó
a finales de la década de 1920. De hecho, ya en programas
municipales de 1929 aparece en portada el nuevo escudo diseñado
según la Academia, en sustitución del anterior cuartelado que aún
se veía en publicaciones de 1926.
Cabe señalar una pequeña discrepancia en la implementación: la
RAH indicó ubicar los atributos de la medalla en el campo derecho
(derecha del escudo, que es izquierda desde el punto de vista del
observador) y el cántaro en el campo izquierdo; sin embargo, el
escudo finalmente usado por Bailén invirtió estos campos,
colocando el cántaro en la diestra del escudo (izquierda del
observador) y el águila con sables en la siniestra. Se desconoce si
fue por una interpretación literal errónea del informe o una
decisión deliberada, pero el resultado heráldico sigue siendo
válido y reconocible. Desde entonces, el diseño del escudo de
Bailén se ha mantenido esencialmente igual, con ligeros ajustes
artísticos.
Finalmente, en la época autonómica, la Comunidad
Andaluza estableció por ley (Ley 6/2003) la regularización
de los símbolos locales. Bailén, que ya ostentaba su escudo por
tradición, tramitó su inscripción oficial. En suma,
la cronología documentada del escudo muestra una
evolución desde unas armas señoriales heredadas, pasando por
intentos decimonónicos y símbolos centenarios, hasta cristalizar en
un escudo genuinamente histórico y parlante (por
aludir a un hecho concreto) que aúna la identidad local con la
gloria nacional de 1808.
Hipótesis explicativas
1. Interpretación histórica ampliada (probable)
– El cántaro representa, además del acto heroico individual,
la importancia de la cerámica bailenense y
su transformación en símbolo patriótico tras la batalla. Esta
hipótesis es sostenida por algunos
historiadores locales: dado que Bailén era conocido por fabricar
cántaros y tinajas (industria alfarera de los siglos XVIII–XIX),
no es casual que ese mismo objeto común se convirtiera en icono tras
1808. En otras palabras, el cántaro del escudo sirve de
vínculo entre la vida cotidiana del pueblo y su momento histórico
más glorioso.
Imagen generada con IA
La tradición oral indica que muchas mujeres
de Bailén aportaron sus propios cántaros domésticos para acarrear
agua al campo de batalla. Así, el cántaro agujereado podría
interpretarse como un símbolo colectivo: no solo
“el de María Bellido” sino el de todas aquellas vasijas de
Bailén puestas al servicio de la causa, una especie de homenaje a la
comunidad local usando el elemento que era parte de su quehacer
diario. Esta lectura se infiere del informe de la RAH cuando señala
que el acto del cántaro roto se “amplía a la totalidad de la
población” en el auxilio al ejército. Asimismo, algunos
autores han resaltado que en la memoria popular bailenense el cántaro
simboliza tanto la materia local (barro, agua) como la
hazaña histórica, integrando orgullos tanto industriales
como patrióticos (Sempere, 1982; Nicás, 2011). Sin salirse del
marco documental, esta hipótesis añade profundidad: el cántaro en
el escudo sería un emblema multifacético
–industrial, cultural y bélico– que los bailenenses adoptaron
porque los define en varios niveles. Es una explicación muy
verosímil, aunque más interpretativa, apoyada en el
contexto económico-social de Bailén.
2. Origen legendario (con matices) – ¿Pudo
ser el cántaro de María Bellido una leyenda construida a
posteriori? Cabe plantear la hipótesis crítica de que la
historia de la aguadora heroica hubiese sido exagerada o
incluso inventada con fines épicos, especialmente al
observar que no fue hasta medio siglo después (1862) cuando el
nombre “Bellido” apareció ligado al cántaro en documentos
conocidos. Algunos historiadores del siglo XX consideraron esta
posibilidad: por ejemplo, Manuel López Pérez discutió cómo, tras
la Guerra de la Independencia, se tendió a mitificar
personajes locales para equipararlos a héroes nacionales
(Agustina, Daoíz, etc.), sugiriendo que María Bellido pudo ser
“elevada a mito” a partir de hechos más modestos. La
narrativa legendaria incluye detalles no confirmados: se decía que
la reina Isabel II al conocer la historia en 1862 quedó
impresionada y pidió honrar a la familia de la heroína; también se
le adjudicó a María el apelativo popular de “La Culiancha”
y se especuló con recompensas que nunca se documentaron (como una
pensión vitalicia otorgada por el rey, extremo no probado). Sin
embargo, las investigaciones posteriores desmontan en parte
la idea de una invención completa. Gracias a Aranda (1988) sabemos
que María Inés Juliana Bellido existió realmente
y estuvo casada con un bailenense, lo que coincide con la “María
Bellido” de la tradición. Además, la propia crónica de 1815 de
Carrero –anterior a cualquier manipulación romántica– ya
recogía la anécdota central del cántaro roto y del general
agradecido, lo que da un fuerte sustento factual a la leyenda.
General Teodoro Reding von Biberegg
Por
tanto, la hipótesis legendaria se matiza así: la
heroicidad del cántaro no es un mito ficticio, sino
un hecho real que, con el tiempo, fue adornado con nombres y detalles
novelescos. En el escudo, desde luego, se plasma la versión
glorificada: se menciona a María Bellido como protagonista
en los textos oficiales, aunque la RAH prudentemente dijo “el
cantarillo… que la tradición atribuye a María Bellido”,
reconociendo que es una atribución tradicional. En conclusión, si
bien hubo cierta construcción legendaria (en la
identidad nominal de la heroína y su fama póstuma), la presencia
del cántaro y la bala en el escudo se basa en un suceso
histórico auténtico que trascendió en forma de símbolo.
La leyenda añade color, pero no inventa el hecho, por lo que esta
hipótesis refuerza más que contradice el sentido del escudo,
aconsejando simplemente discernir entre el núcleo real y la
floritura narrativa.
Bibliografía
Castañeda, Vicente (1928). “Escudo de
armas de la ciudad de Bailén.”Boletín de la Real
Academia de la Historia, Tomo XCII, Cuaderno I
(enero-marzo 1928), pp. 35–36. – Informe académico
publicado que recoge el dictamen emitido por la RAH en 1927 sobre el
escudo de Bailén. Castañeda describe el escudo propuesto (partido
con la medalla y el cántaro) y justifica la elección de símbolos
locales en lugar de las armas reales. Incluye la explicación
tradicional de María Bellido y enfatiza los honores concedidos a la
ciudad. Es una fuente primaria fundamental, pues sienta la base
oficial del blasón municipal. Disponible en archivos digitalizados
de la RAH (p. ej. Archive.org).
Sola-Isidro Olmo, Francisco Luis (2021). “El
escudo de Bailén: Breve recorrido por su historia.”Locvber:
Revista de Estudios Locales, Nº 5, pp. 101–107.
– Artículo de revista local (museo de la Batalla de Bailén) con
rigor histórico, que resume la evolución del
escudo desde el siglo XIX hasta hoy. Aporta datos de archivo (sellos
municipales de 1876 en AHN) y menciona los distintos diseños
usados: escudo señorial Ponce de León, escudo del centenario 1908,
informe de 1927, etc. Destaca la simbología del cántaro roto
vinculado a María Bellido y a la industria alfarera, así como la
composición de la Medalla de Bailén en el escudo. Incluye
fotografías de sellos y escudos antiguos. Es de acceso abierto vía
la web del Museo (PDF).
Nicás Moreno, Andrés (2011). Heráldica
municipal de la provincia de Jaén. Jaén: Fundación Caja
Rural de Jaén, pp. 77–78. – Compendio monográfico que
recoge y describe los escudos de todos los municipios jiennenses. La
entrada sobre Bailén (p. 77) ofrece el
blasonamiento oficial completo del escudo en
términos heráldicos (coincidente con la descripción del BOJA
2004), e informa de la resolución de inscripción en 2004. También
resume brevemente la interpretación: menciona la hazaña de María
Bellido (aunque sin detallar fuentes) y la medalla de Bailén como
origen de los símbolos. Es útil como referencia normalizada y
confirmación de la oficialidad del escudo; sin embargo, su
contenido interpretativo es limitado.
López Pérez, Manuel (1978, 1980). “María
Luisa Bellido, la heroína de Bailén.” Publicado en dos
versiones: Boletín del Instituto de Estudios Giennenses,
nº 96 (1978), y Revista de Historia Militar,
nº 49 (1980), pp. 59–80. – Investigación académica
extensa sobre la figura de María (Luisa) Bellido y la veracidad de
su leyenda. El coronel e historiador Manuel López recopila
documentos históricos (partidas bautismales,
registros militares, crónicas de época) para trazar la biografía
de Bellido y contextualizar su participación en la batalla.
Concluye que María Bellido existió y estuvo presente en Bailén,
pero matiza que su fama fue amplificada posteriormente.
Por ejemplo, señala que ninguna mención nominal aparece en
1808-1809, aunque Reding sí atendió a una aguadora anónima.
También explora cómo se fue incorporando su nombre en la tradición
local (incluyendo la visita real de 1862). Esta obra, en sus dos
versiones, aporta la base historiográfica para
distinguir historia y mito, algo crucial para interpretar
correctamente el cántaro del escudo. No contiene mucho sobre el
escudo en sí, pero sí sobre el suceso que lo inspira. Disponible
en Dialnet; el texto de RHM 1980 puede obtenerse en la Biblioteca
Virtual de Defensa.
Aranda Castro, Antonio (1988). “María
Inés Juliana Bellido Vallejos: La heroína de Bailén.”
Boletín del I.E. Giennenses, nº 134, pp. 25–30. –
Breve pero importante artículo donde un investigador (sacerdote e
historiador local) identifica documentalmente a la
verdadera María Bellido. Aranda localiza la partida de matrimonio
de “María Inés Bellido” con un bailenense, descubriendo que en
realidad se llamaba así y no María Luisa (corrigiendo a
López Pérez). Presenta datos genealógicos de sus padres y
hermanos, clarificando la identidad de la “heroína”. El autor
explícitamente no entra a discutir la leyenda bélica –da por
hecho su rol– sino que aporta certeza sobre quién fue, nacida en
Porcuna en 1755. Esta pieza complementa a López Pérez y juntos
solidifican la base factual. Relevante para nuestra investigación
porque ancla el símbolo (cántaro) a una persona histórica
identificable, dando más peso al carácter real
del evento tras el emblema.
Carrero, Antonio José (1815, reimp. 1897).
Baylén. Descripción de la batalla y auxilios que en ella
dieron los vecinos. Jaén: Imprenta de Ramón Rodríguez
(1815); edición facsimilar con notas de Alfredo Cazabán (Ayto. de
Bailén, 1897). – Folleto contemporáneo a la guerra, escrito por
un testigo presencial bailenense. Es la fuente primaria
clave que narra la actuación de los vecinos en la batalla.
En sus páginas, Carrero elogia a los habitantes por su abnegación
y describe la escena de las mujeres llevando agua, incluyendo la
célebre anécdota del cántaro roto por una bala y remplazado
rápidamente. Este relato se publicó solo siete años después de
la batalla, lo que lo hace muy fiable. La edición original es
rarísima; afortunadamente fue reeditada en 1897 con comentarios.
Citas de esta obra aparecen en estudios posteriores (Cazabán, 1915;
López, 1980). Para nuestra investigación, confirma que el símbolo
del escudo se basa en un hecho contado de primera mano.
Maldonado Galindo, Antonio J. (2021). “19
de julio de 1808: Población Bailén (Provincia: Sevilla)”.
Locvber, Vol. 5, pp. 75–90. – Artículo reciente que
explora la mitificación de la batalla de Bailén,
incluyendo cómo Sevilla intentó atribuirse parte de la gloria.
Interesa aquí porque menciona la “sevillanización del mito
de Bailén” y cómo finalmente Jaén y Bailén reivindicaron
su propia narrativa. Trae a colación la reedición de Carrero en
1897 por Alfredo Cazabán. Aunque se centra en la rivalidad entre
Juntas, proporciona contexto sobre la conciencia provincial de la
gesta. Es útil en nuestro estudio para entender por qué tardó
medio siglo en consolidarse el relato local (Sevilla inicialmente
eclipsó la contribución bailenense). Esta fuente complementa la
comprensión del trasfondo socio-político que influyó en la
construcción del símbolo del cántaro.
Pardo de Guevara y Valdés, Eduardo (2020).
“Criterios heráldicos y vexilológicos para la heráldica
territorial española.” En Actas de las V Jornadas de
Heráldica y Vexilología Territoriales, Madrid: Ed.
Hidalguía, pp. 17–34. – Ponencia teórica de un reconocido
heraldista (miembro de la RAH) que expone principios generales para
la creación y aprobación de escudos municipales en España. Si
bien no habla de Bailén específicamente, ilumina las reglas y
prácticas que también se aplicaron en nuestro caso: por
ejemplo, la preferencia por hechos propios de la localidad en la
elección de figuras del escudo, o el uso de la corona mural vs.
corona real según la historia municipal. Pardo de Guevara enfatiza
la necesidad de fundamentación histórica en la heráldica
territorial, lo que respalda metodológicamente el
proceso seguido en Bailén. Lo citamos para dar marco conceptual a
la actuación de la RAH en 1927 y a la conformidad del escudo con
dichos criterios académicos.
López Arandia, Mª Ángeles (2016). “En
tierra de señores: Los Ponce de León y el condado de Bailén en la
Edad Moderna.”Chronica Nova, nº 42,
pp. 313–341. – Artículo de historia moderna que estudia la
posesión señorial de Bailén por los Ponce de León. Aunque
anterior cronológicamente a nuestros eventos, resulta pertinente
porque explica la herencia heráldica inicial de
Bailén (escudo de los duques de Arcos) y cómo la identidad local
estaba supeditada al régimen nobiliario hasta el siglo XIX.
Comprender la relación feudo-vasallática es clave para apreciar
por qué tras la independencia y las reformas liberales Bailén
necesitó forjar nuevos símbolos propios. La autora detalla la
evolución jurisdiccional y los privilegios del condado de Bailén,
proporcionando trasfondo para la transición de escudo señorial a
escudo constitucional. Se incluye en la bibliografía para completar
la perspectiva histórica de largo plazo de la
ciudad.
VV.AA. (2004). Boletín Oficial de la
Junta de Andalucía, nº 208 (25/10/2004), p. 24150.
– Publicación oficial que contiene la Resolución
28-9-2004 de inscripción del escudo y bandera de Bailén.
Es la fuente legal definitiva donde aparece la descripción literal
del escudo (ya citada íntegramente en la sección de cronología).
Su valor principal radica en confirmar la validez jurídica
y vigencia del blasón tal como se venía usando por
tradición. Además, menciona la base legal (Ley 6/2003 de Símbolos
de Entidades Locales) y el expediente histórico aportado por el
Ayuntamiento, asegurando que el escudo se fundamente en el uso
continuado y en un estudio histórico. Este documento, aunque
administrativo, es prueba de cómo se preservó la fidelidad al
diseño de 1927 en el siglo XXI, y sirve como referencia
para verificar datos técnicos (colores, proporciones) del
escudo.
Enlaces de repositorios y acceso: La mayoría de
las obras citadas están disponibles en repositorios digitales
abiertos. Por ejemplo, el Boletín de la RAH de 1928 puede
consultarse en Archive.org; el artículo de Sola-Isidro (2021) está
accesible en línea vía Museo de Bailén; los trabajos de López
Pérez y Aranda se hallan en Dialnet (algunos con descarga PDF); el
BOJA 2004 es público en la web de la Junta de Andalucía. Las citas
incorporadas en el texto remiten a la página exacta
o fragmento donde se aborda el cántaro y la bala, garantizando la
trazabilidad de cada afirmación. De este modo, la bibliografía no
solo documenta las fuentes utilizadas sino que permite al lector
corroborar fácilmente la información clave sobre el escudo de
Bailén y su singular símbolo del cántaro atravesado.
Nominada al Óscar a Mejor Montaje y Mejor Banda Sonora Original (2022); nominada a Mejor Película en los Globos de Oro, Critics' Choice y otras ceremonias; una de las películas más vistas en la historia de Netflix (más de 260 millones de horas vistas en sus primeras semanas).
Director y guionista: Adam McKay (coescrito con David Sirota)
Género: Comedia negra satírica / Drama apocalíptico / Farsa política
Elenco principal: Leonardo DiCaprio (Dr. Randall Mindy), Jennifer Lawrence (Kate Dibiasky), Meryl Streep (Presidenta Janie Orlean), Jonah Hill (Jason Orlean), Mark Rylance (Peter Isherwell), Cate Blanchett (Brie Evantee), Tyler Perry (Jack Bremmer), Timothée Chalamet (Yule), Ariana Grande (Riley Bina).
Una satírica de la sociedad moderna. Ya no somos capaces de gestionar la realidad si no viene en un clip de 15 segundos o en un titular de noticias matutino con colores brillantes.
Lo que somos: incapaces para priorizar lo importante frente a lo urgente (o lo banal).
El guion construye un acumulación de detalles realistas y exageraciones calculadas, inspirándose en el periodismo político contemporáneo y en la cobertura mediática de crisis científicas.
A pesar de las divisiones críticas, retrospectivamente se considera una de las sátiras políticas más influyentes y vistas de la década de 2020, especialmente por su paralelismo con la respuesta global a crisis científicas y climáticas.
El título “Don't Look Up” no solo alude al eslogan negacionista dentro de la ficción, sino que también evoca el mecanismo psicológico de la disociación: mirar hacia abajo (teléfonos, redes, entretenimiento) para no enfrentar la realidad catastrófica.
La Jornada de Camboya de 1596 es uno de los episodios más fascinantes y, a la vez, menos conocidos de la expansión española en Asia. Se trató de un intento de la Monarquía Hispánica por conquistar el reino de Camboya en apoyo del rey local Satha I y su heredero legítimo. Esta expedición, concebida como una empresa militar y diplomática, tuvo lugar en el contexto más amplio de la presencia española en el sudeste asiático a finales del siglo XVI, cuando Filipinas servía de base de operaciones para la proyección hispánica en la región. La aventura en Camboya ha permanecido relativamente al margen de la historiografía tradicional, eclipsada por campañas más conocidas en América o incluso en otras partes de Asia.
Filipinas y las ambiciones españolas en el sudeste asiático
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Para comprender la expedición a Camboya es necesario situarla en el contexto de la expansión española en Asia tras la conquista de Filipinas. En 1565 se había logrado establecer una ruta de galeones entre Acapulco y Manila, consolidando la presencia española en Filipinas y asegurando comunicaciones regulares con América. Esta estabilidad alentó el ímpetu de algunos conquistadores y gobernadores para soñar con crear un imperio asiático paralelo al americano, llevando la fe y el poder español a nuevos territorios más allá de las islas filipinas. Sin embargo, esos proyectos enfrentaron numerosos desafíos: por un lado, las tensiones con los portugueses (que hasta 1580 controlaban la mayor parte de las rutas asiáticas) y, por otro, la aparición de nuevas amenazas en la región, como los piratas chinos, las primeras incursiones de holandeses e ingleses, y las ambiciones expansionistas de Japón.
Felipe II mantenía una política oficial de cautela en Asia, privilegiando las alianzas comerciales y la evangelización pacífica sobre la conquista militar abierta. De hecho, el monarca llegó a instar a sus gobernadores coloniales a mantener buenas relaciones con los reinos vecinos siempre que fuera posible. No obstante, en el terreno, varios gobernadores españoles actuaron por iniciativa propia para extender los dominios hispanos. Un ejemplo temprano fue la campaña de 1578 contra Borneo: Francisco de Sande, entonces gobernador de Filipinas, ocupó brevemente la capital de Brunéi por la fuerza. Aquella victoria resultó efímera (los españoles se retiraron y el sultán retomó el poder poco después).
Hacia finales del siglo XVI, tras la unión dinástica de España y Portugal (1580-1640), se facilitó que proyectos de expansión hispana en Indochina se plantearan con mayor seriedad, al ya no existir una rivalidad directa con Portugal en Asia. Diversos planes se discutieron en esos años: algunos proponían atacar el poderoso reino de Siam (Tailandia) para desde allí avanzar sobre Camboya, Cochinchina (sur de Vietnam) e incluso abrir ruta hacia China. El obispo Domingo de Salazar, por ejemplo, llegó a sugerir en la década de 1580 que la conquista de Siam podía servir de “punta de lanza” para cristianizar buena parte de Asia continental. Aunque muchas de estas ideas nunca pasaron del papel, revelan el clima de ambición que se vivía en Filipinas. La llegada de tropas castellanas hasta Camboya en 1596, por exótica que pareciera, fue fruto de una serie de circunstancias y planes gestados en Manila tanto por motivos religiosos como estratégicos. Como apuntan los historiadores modernos, la Jornada de Camboya no fue un episodio aislado, sino que se inserta dentro de un conjunto de proyectos expansionistas que los españoles concebían para afianzarse en el continente asiático a finales del siglo XVI.
El reino de Camboya y su llamada de auxilio (1593-1594)
Mientras en Manila se valoraban esas ansias de expansión, el escenario en el sudeste asiático continental ofreció una oportunidad inesperada. El reino de Camboya (también conocido como imperio jemer) llevaba décadas en crisis por la presión de su vecino occidental, el poderoso reino de Siam (Ayutthaya). Desde principios del siglo XVI Camboya libraba duras guerras contra Siam y había perdido territorios y población; la antigua capital Angkor fue abandonada tiempo atrás y el centro del reino se había desplazado hacia la nueva capital Longvek (cerca de la actual Phnom Penh). Hacia 1580, el rey Preah Satha I (conocido en las fuentes españolas como Aprán Lángara o simplemente Satha) gobernaba Camboya, enfrentándose tanto a la amenaza recurrente siamesa como a incursiones de piratas malayos e incluso la llegada de comerciantes occidentales. Satha, consciente de la escasa capacidad militar de su reino frente a Siam, buscó apoyo externo. Primero acudió a los portugueses de Malaca en los años 1580, pidiendo ayuda contra los siameses; esta gestión resultó infructuosa o muy limitada.
Fue finalmente en 1593 cuando Camboya lanzó un llamado desesperado a Manila. Ese año, el rey de Siam Naresuan lanzó una ofensiva final contra Camboya, aprovechando que también combatía a los birmanos en otro frente. Anticipando el ataque, el rey Satha I buscó aliarse con los únicos europeos con presencia cercana: los españoles establecidos en Filipinas. Envió embajadores a Manila con regalos (incluso dos elefantes) y cartas solicitando ayuda militar al gobernador español a cambio de amistad y vasallaje al rey Felipe II. Curiosamente, entre los enviados camboyanos se encontraba un aventurero español que ya servía como soldado al rey jemer: Blas Ruiz de Hernán González, oriundo de Ciudad Real, quien junto a un portugués llamado Diogo Veloso (o Diego Belloso, según las crónicas españolas) había entrado al servicio de Camboya poco antes. Estos hombres, junto a un tercer español, Gregorio Vargas Machuca, actuaban como asesores militares y posiblemente guardaespaldas de Satha I. La presencia de estos aventureros occidentales en la corte jemer refleja cómo Camboya “puso sus ojos” en los ibéricos en busca de apoyo.
En Manila, el entonces gobernador Gómez Pérez Dasmariñas (un veterano soldado gallego) recibió la embajada camboyana en 1593. Si bien la oferta de Satha —someterse como vasallo a Felipe II a cambio de auxilio contra Siam— era tentadora en términos de expansión territorial, Gómez Pérez actuó con prudencia. Rehusó firmar una alianza formal con Camboya y se limitó a ofrecerse como mediador entre Camboya y Siam. Según varias fuentes, Dasmariñas estaba más preocupado por su inminente expedición contra los holandeses en las Molucas (Ternate) y temía enemistarse con los poderosos reyes de Siam iniciando una guerra abierta. Esta decisión de no apoyar de inmediato a Camboya fue criticada posteriormente; décadas más tarde el cronista Hernando de los Ríos Coronel juzgaría que no aprovechar aquella oportunidad de alianza fue un grave error estratégico, pues una Camboya aliada habría sido muy provechosa para España en la región.
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Aun así, Gómez Pérez Dasmariñas no ignoró del todo la petición. Según crónicas, envió discretamente al portugués Diogo Veloso a Camboya para evaluar la situación e incluso asistir al rey Satha. Veloso zarpó antes de que la guerra estallara. En julio de 1593 las fuerzas siamesas invadieron con más de 100.000 hombres. Longvek, la capital camboyana, cayó en julio de 1594 tras feroces combates, marcando la victoria de Siam. El rey Satha I huyó hacia Laos (según algunas versiones logró escapar, según otras fue capturado y ejecutado; la suerte final de Satha es confusa). En su lugar, los siameses impusieron como nuevo monarca a Ram Mahapabitr (también mencionado como Preah Ram en cronologías locales), un príncipe camboyano vasallo de Siam que servía de títere para ocupar el trono vacío.
Durante la caída de Longvek, Veloso, Blas Ruiz y otros occidentales fueron hechos prisioneros por las fuerzas de Siam, que veían en ellos a potenciales instigadores de futuras rebeliones. Junto a Veloso y Ruiz cayeron presos sus compañeros Vargas Machuca, Pantaleón Carnero y Antonio Machado, todos atrapados por los invasores tailandeses. Sin embargo, estos aventureros demostraron ingenio y audacia para salvar sus vidas y volver a la lucha.
Veloso y Vargas Machuca lograron ganarse la confianza del rey siamés alegando que podían conseguir más armas de fuego para Camboya: convencieron a Naresuan de enviarlos a Manila a comprar arcabuces y pólvora, con la promesa de regresar. Una vez liberados con ese pretexto y de camino a Manila, naturalmente se fugaron en cuanto pisaron territorio español. Por su parte, Blas Ruiz y los demás españoles aprovecharon un descuido en su custodia: se apoderaron del barco (junco) que los transportaba como prisioneros y huyeron río abajo, escapando de sus captores. De este modo novelesco, hacia fines de 1594 tanto Veloso como Blas Ruiz y los demás supervivientes lograron reunirse en Manila. Su odisea personal —escapando de una muerte casi segura— reforzó en ellos la convicción de que Camboya podía recuperarse con ayuda hispana. Y lo más importante: ahora estaban en posición de presionar al gobierno colonial español para que actuara en Camboya, presentándose como testigos de las injusticias siamesas y portavoces del legítimo rey en el exilio.
Preparativos de la Jornada de Camboya (1595-1596)
El panorama en Manila a finales de 1594 había cambiado notablemente. Gómez Pérez Dasmariñas murió en octubre de 1593 (asesinado durante su expedición a Ternate), dejando el mando a su joven hijo Luis Pérez Dasmariñas. Luis, de apenas 25-26 años, asumió como gobernador interino de Filipinas con el mismo espíritu militar que su padre. De hecho, Luis Pérez Dasmariñas era aún más proclive a la acción: estaba decidido a retomar los planes de expansión pendientes. Entre sus objetivos figuraba no solo Camboya, sino también los “reinos comarcanos” de Champá (Champa, en la costa del actual Vietnam) y Siam. Siguiendo esa visión ambiciosa, Luis acogió con entusiasmo las noticias traídas por Veloso y Blas Ruiz. El regreso de estos hombres con detalles de la guerra en Camboya y la promesa de que el rey Satha (o su heredero) seguía dispuesto a colaborar con España, avivó en Luis Pérez Dasmariñas el deseo de intervenir decididamente.
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Ya a inicios de 1595, Luis Dasmariñas envió un primer gesto de apoyo: comisionó al capitán Diego de Villanueva para que llevase a Camboya una pequeña fuerza adelantada. Villanueva zarpó en febrero de 1594 con algunos hombres, posiblemente con la misión de contactar a Satha o sus aliados. No obstante, al llegar encontró la situación adversa: la capital ya había caído y los camboyanos leales estaban dispersos. Villanueva terminó uniéndose a Veloso en Laos, donde el depuesto rey Satha se había refugiado, y tras constatar la imposibilidad de revertir la derrota sin mayor apoyo, regresó a Manila junto a él. Este fracaso inicial reforzó la idea de que era necesaria una expedición de mayor envergadura.
Luis Pérez Dasmariñas
Durante 1595 se hicieron los preparativos para lo que sería la gran jornada de Camboya. Luis Pérez Dasmariñas organizó una pequeña flotilla de tres navíos, compuesta por un galeón y dos juncos (embarcaciones asiáticas de vela). Al mando general puso a Juan Juárez Gallinato (también llamado Juan Suárez Gallinato en algunas fuentes). Gallinato era un experimentado militar originario de las Islas Canarias, en quien se confiaba por su valentía y cabeza fría. De hecho, Luis le otorgó amplios poderes para que decidiera libremente el curso de la misión, incluso autorizándolo a negociar directamente con el rey de Siam si fuera necesario. Oficialmente, Gallinato partía como “embajador” ante Camboya, portando cartas y obsequios, pero sus naves iban preparadas para la guerra.
La tripulación de la expedición era heterogénea, reflejo del crisol de gente en Manila. Se alistaron unos 120 soldados españoles, incluyendo tanto peninsulares (castellanos) como criollos de América. A ellos se sumaron numerosos auxiliares filipinos nativos, así como mercenarios japoneses convertidos al cristianismo (los célebres samuráis cristianos que a veces servían en las fuerzas españolas de Filipinas). También se unió a la expedición el provincial de la orden dominica en Filipinas, fray Alonso Ximénez, acompañado de algunos misioneros. Su presencia indicaba la intención evangelizadora que subyacía al proyecto: se esperaba poder introducir el cristianismo en Camboya una vez asegurada la paz. Por último, como pieza clave iban a bordo Blas Ruiz y Diogo Veloso, conocedores del terreno y verdaderos artífices de la empresa. Vale la pena señalar que las finanzas de la expedición fueron en parte cubiertas por Luis Pérez Dasmariñas de su bolsillo, usando la herencia de su padre –lo que muestra hasta qué punto este gobernador joven estaba empeñado en Camboya.
Tras meses de preparativos, la flota zarpó de Manila en enero de 1596. Comenzaba así la Jornada de Camboya propiamente dicha. Tres barcos con bandera castellana surcaron el Mar de China rumbo al oeste, cargando no solo pertrechos de guerra sino también grandes expectativas. Para los españoles, aquello significaba llevar su dominio a la “tierra firme” asiática por primera vez; para Veloso, Blas Ruiz y los camboyanos exiliados, era la oportunidad de restaurar a su rey y vengar la afrenta siamesa.
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Desarrollo de la Jornada de Camboya (1596-1597)
La travesía desde Filipinas hasta Camboya podía tomar varias semanas y estaba sujeta a los vaivenes del clima tropical. Desafortunadamente, una tormenta dispersó la pequeña flotilla poco después de salir de Manila. El galeón comandado por Gallinato se desvió de la ruta, quedando rezagado, mientras los otros dos barcos (los juncos dirigidos por Veloso y Blas Ruiz) continuaron navegando juntos. Gallinato acabó arrastrado hacia el sur, viéndose obligado a refugiarse temporalmente en las cercanías de Singapur para reparar daños. Esta separación tendría consecuencias críticas en el desarrollo de los acontecimientos, pues Veloso y Ruiz llegarían a Camboya sin su comandante y tomarían decisiones por su cuenta.
En abril de 1596, los dos juncos hispano-camboyanos finalmente arribaron a la costa de Camboya, entrando por la desembocadura del río Mekong. Subieron por el Mekong hasta las cercanías de Phnom Penh (llamada Churdumuco o Chordemuco en las fuentes castellanas de la época). Allí se enteraron de la situación política tras la guerra: el trono estaba ocupado por Ram Mahapabitr, antiguo vasallo de Satha puesto en el poder por Siam. Veloso y Blas Ruiz se presentaron inicialmente ante las autoridades locales como aliados llegados para ayudar contra los tailandeses, intentando usar la diplomacia para ganarse la confianza del rey títere. Al comienzo fueron recibidos con cautela pero sin hostilidad abierta, por lo que los españoles se instalaron en Phnom Penh esperando la llegada de Gallinato para planear los pasos siguientes.
Sin embargo, la desconfianza pronto comenzó a crecer. La presencia de soldados extranjeros armados inquietó a muchos en Camboya. En particular, cierta colonia de mercaderes chinos en Phnom Penh percibió a los españoles como una amenaza. Según las crónicas, estalló un incidente violento cuando un contingente de hasta 2.000 chinos armados intentó atacar o expulsar a los recién llegados, obligando a Veloso y Ruiz a repeler la agresión por la fuerza. Este enfrentamiento dejó claro que la situación era tensa: los españoles habían llegado pretendiendo ayudar, pero para algunos locales ya parecían intrusos peligrosos. Preocupado por la imagen que proyectaban, fray Alonso Ximénez (el dominico acompañante) aconsejó a Veloso y Ruiz buscar una audiencia con el rey para explicarle sus verdaderas intenciones y disculparse por el altercado.
Atendiendo al consejo, un grupo de españoles y aliados filipinos viajó río arriba hasta la localidad de Srei Santhor, donde residía la corte de Ram Mahapabitr. No obstante, lejos de ser recibidos con honores, los enviados fueron tratados con suma frialdad. Básicamente quedaron bajo vigilancia armada, casi como rehenes, sin que el rey títere accediera a escucharlos formalmente. Temiendo por su seguridad, Veloso y Blas Ruiz (que encabezaban la misión) decidieron planear una retirada sigilosa. En la noche, aprovecharon la laxitud de los guardias para escapar discretamente de sus alojamientos en Srei Santhor.
Al huir de la corte, los españoles descubrieron algo inesperado: el palacio real apenas estaba custodiado. Esto les reveló una oportunidad audaz. Diogo Veloso propuso entonces dar un golpe de mano aprovechando la oscuridad: asaltar el palacio, capturar al rey usurpador Ram Mahapabitr y liberar Camboya de la dominación siamesa de un solo golpe. La sugerencia era extremadamente arriesgada dada la inferioridad numérica de sus fuerzas, pero Veloso y Ruiz eran hombres temerarios. Reunieron a sus soldados (seguramente un puñado de españoles, filipinos y japoneses, quizá varias decenas en total) y lanzaron un ataque sorpresa contra el recinto real en la madrugada.
El asalto fue rápido y violento. Tomando por sorpresa a la guardia, los hispano-camboyanos lograron irrumpir en el palacio real de Srei Santhor. En la refriega consiguieron herir de muerte al monarca Ram Mahapabitr, eliminando así al gobernante impuesto por Siam. No alcanzaron a capturarlo con vida –el plan era apresarlo– pero el resultado práctico fue similar: el rey títere quedó fuera de juego (murió poco después a causa de sus heridas) y el poder en Camboya entró en un vacío repentino. Tras cumplir su objetivo principal, Veloso, Blas Ruiz y sus hombres se retiraron rápidamente antes de ser rodeados, llevándose consigo algunas armas y tal vez símbolos reales. A pesar del caos causado, pudieron escapar ilesos y regresar a Phnom Penh, donde aguardaba el resto de su tropa.
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Esta osada acción militar cambió dramáticamente la situación. De facto, los españoles y sus aliados habían descabezado al gobierno colaboracionista de Camboya en abril-mayo de 1596. Pero ahora ¿Qué seguía? Aún no contaban con Gallinato ni con suficientes efectivos para controlar el país por sí solos. Para colmo, Juan Gallinato llegó a Camboya poco después sin saber nada de lo ocurrido. Cuando finalmente Gallinato se reunió con Veloso y Ruiz (posiblemente en Phnom Penh semanas más tarde), se encontró con un panorama inesperado: el rey al que supuestamente venían a apoyar (Satha) seguía exiliado lejos, el rey en el trono había sido eliminado por sus propios hombres, y toda la región estaría en vilo esperando la respuesta siamesa. Era, en esencia, una situación revolucionaria que ofrecía un tentador vacío de poder. Blas Ruiz y Veloso instaban a aprovechar el momento: proponían marchar de inmediato sobre la capital para reinstalar a Satha I (o a su heredero) en el trono con apoyo militar español, antes de que Siam reaccionara. Algunos nobles camboyanos favorables a Satha incluso acudieron al campamento español para ofrecer su ayuda en esa empresa, prometiendo tropas locales si los españoles actuaban. Según testimonios contemporáneos, existía la posibilidad real de que, con un golpe decisivo, Manila pudiera hacerse con el dominio no solo de Camboya sino de gran parte de Indochina a través de un gobierno títere legítimo respaldado por armas castellanas.
Sin embargo, en ese momento crucial Gallinato tomó una decisión inesperada: no continuar la campaña de conquista. Argumentando que la empresa era demasiado peligrosa con las fuerzas disponibles y que los víveres empezaban a escasear, el comandante español ordenó retirada en lugar de avanzar sobre la anárquica Camboya. Gallinato temía que toda la población se alzase contra ellos si intentaban imponerse por la fuerza, dada la fragilidad de su situación estratégica. Esta postura fue muy criticada por Blas Ruiz y otros oficiales, que querían aprovechar la oportunidad única. Pero Gallinato, investido de autoridad suprema, se mantuvo firme. En vez de conquistar Camboya directamente, decidió que lo prudente era buscar aliados regionales antes de proceder. Así, la expedición española abandonó Phnom Penh y navegó hacia la costa nuevamente.
En su repliegue, Gallinato dirigió sus barcos hacia la cercana región de Cochinchina (sur de Vietnam), con la esperanza de recabar apoyo del rey local o de comunidades cristianas allí asentadas. Lamentablemente, esos intentos diplomáticos en Vietnam fracasaron: ninguna potencia regional estaba dispuesta a involucrarse en el caos camboyano de la mano de los españoles. Tras perder tiempo valioso y con la moral mermada, la expedición de Gallinato se disolvió a finales de 1596. Gallinato resolvió regresar a Filipinas con sus hombres, dado que el objetivo inicial (ayudar al rey legítimo) no podía cumplirse inmediatamente y la temporada de monzones dificultaba permanecer más tiempo.
Antes de partir definitivamente, Gallinato decidió cumplir la misión diplomática original: establecer contacto con el rey Satha I o su familia para explicar lo sucedido. Con ese fin, se dirigió a Laos, donde las últimas noticias situaban al monarca exiliado. Al llegar, encontró que el anciano Satha I había fallecido poco tiempo atrás, debilitado por la derrota y el exilio. Gallinato entonces buscó al joven Príncipe Prauncar (también llamado Barom Reachea II en las fuentes, hijo de Satha), quien residía en Laos protegido por la corte local. En una reunión que combinaría lo diplomático y lo militar, Gallinato animó al príncipe heredero a reclamar el trono de Camboya y le aseguró que contaría con ayuda española para ello. Se acordó que Veloso y Blas Ruiz permanecerían en la región para apoyar a Prauncar, mientras Gallinato regresaría a Manila a informar y buscar refuerzos. Así, a mediados de 1597 Juan Gallinato arribó de vuelta a Manila con los restos de la expedición inicial. Llevaba consigo relatos detallados de la “jornada” para presentar al nuevo gobernador y al rey de España, incluyendo las cartas originales de Satha y los informes de la épica (y fallida) campaña. Cabe mencionar que uno de sus hombres, Miguel de Jaque de los Ríos, se ofreció voluntariamente a viajar hasta España llevando los informes de Camboya para Felipe II, viaje que realizó vía la India portuguesa y logró completar tras grandes peligros.
Nuevos intentos y trágico desenlace (1597-1599)
Aunque Gallinato consideró la misión terminada por el momento, Blas Ruiz y Diogo Veloso no estaban dispuestos a renunciar a Camboya. Estos dos aventureros, con algunos soldados españoles, filipinos y japoneses que optaron por quedarse, se mantuvieron en Laos y sus alrededores esperando una oportunidad para acometer de nuevo la conquista. Dicha oportunidad llegó pronto: con la bendición del joven príncipe Barom Reachea II (Prauncar), Veloso y Ruiz organizaron un segundo intento de restaurar el reino. En octubre de 1596, apenas unos meses después de la partida de Gallinato, escoltaron al heredero camboyano de regreso a su patria. Reunieron a su alrededor a leales jemeres que aún apoyaban a la dinastía legítima, así como a los efectivos ibéricos que quedaban. En una rápida campaña guerrillera lograron tomar fortalezas y, finalmente, en mayo de 1597 entraron en Camboya reinstaurando al príncipe Barom Reachea II como rey. Camboya, por un breve periodo, volvió a estar gobernada por la dinastía de Satha gracias al filo de las espadas de Veloso y Ruiz.
El nuevo rey, agradecido, nombró a los dos occidentales como gobernadores de provincias: Veloso fue designado gobernador de la región de Ba Phnum y Blas Ruiz de la de Treang, posiciones desde donde podían ejercer autoridad militar y civil sobre amplias zonas. Asimismo, Barom Reachea II concedió a los españoles permiso para introducir misioneros católicos libremente, lo cual se veía como el primer paso para una posible incorporación del reino a la esfera hispánica en calidad de protector o aliado subordinado. En esos momentos (1597), parecía que el sueño de una Camboya hispano-cristiana estaba cerca de realizarse. Ruiz y Veloso escribieron cartas triunfales a Manila y a Malaca pidiendo apoyo para consolidar el reino recién recuperado, seguros de que España no dejaría pasar la ocasión.
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No obstante, el panorama interno de Camboya seguía siendo precario. La guerra civil y la invasión reciente habían dejado al país sumido en el caos, con facciones enfrentadas y ciudades arruinadas. Muchos nobles camboyanos veían con recelo a los extranjeros que ahora ocupaban puestos de poder. Entre quienes se mostraban hostiles destacaba Okhna Laksamana, un almirante malayo musulmán que lideraba un contingente mercenario. Curiosamente, Laksamana había apoyado inicialmente a Barom Reachea II contra los siameses, pero pronto entró en rivalidad con Veloso y Ruiz por la influencia en la corte. Algunas fuentes insinúan que este líder malayo incluso tenía lazos con la familia real (se decía amante de la madrastra del joven rey) y ambiciones propias. Laksamana representaba a una facción poderosa (compuesta de mercenarios malayos musulmanes, soldados cham de Champa e incluso camboyanos descontentos) que no estaba dispuesta a dejar Camboya en manos de los españoles.
En Manila, entretanto, las súplicas de ayuda de Ruiz y Veloso sí fueron atendidas, aunque con retraso. Luis Pérez Dasmariñas, todavía apasionado con Camboya, ya había entregado el gobierno a Francisco de Tello en 1596 pero decidió organizar por cuenta propia una fuerza de socorro. Invirtió su fortuna personal (20.000 ducados) en fletar cuatro barcos con tropas que zarparon en 1598 rumbo a Camboya. Irónicamente, esta segunda expedición oficial fracasó antes de llegar: una tormenta hundió una de las naves y dispersó las demás, las cuales terminaron recalando en la costa de China (en el puerto de El Piñal, provincia de Cantón) sin lograr reunirse para entrar a Camboya. Luis Pérez Dasmariñas mismo, que encabezaba la flota, quedó varado en China por más de un año tratando en vano de conseguir apoyo portugués en Macao para reemprender la marcha. Al final, esta fuerza de socorro nunca alcanzó Camboya a tiempo.
Los únicos refuerzos europeos que llegaron efectivamente a Camboya en ese periodo fueron de carácter oficioso: un grupo de piratas portugueses mestizos al mando de un tal Gouvea, y un pequeño contingente de soldados españoles renegados liderados por Luis Ortiz, que se unieron por su cuenta a Ruiz y Veloso. Pero estos hombres eran pocos y no bastaban para disuadir a los enemigos locales. Okhna Laksamana aprovechó la ausencia de refuerzos sustanciales para lanzar su jugada: mediante intrigas en la corte consiguió exacerbar las tensiones con los españoles. En un momento dado, fuerzas leales a Laksamana atacaron al capitán Luis Ortiz y sus hombres, provocando la ira de los españoles. En respuesta, tropas hispano-camboyanas bajo mando de Luis de Villafaña (otro oficial español que estaba en Camboya) atacaron el campamento de los mercenarios malayos para escarmentarlos. Este choque desencadenó una reacción en cadena: Laksamana movilizó a todas las fuerzas opuestas a los españoles (malayos, cham y camboyanos descontentos) y cercó la guarnición española en la capital.
Veloso y Blas Ruiz, alarmados, marcharon con todas sus fuerzas disponibles para socorrer a sus compatriotas sitiados. Pero ya era tarde. Cuando llegaron al área de combate, encontraron que sus aliados habían sido prácticamente diezmados por el enemigo. Se libró entonces la batalla final por tierra y agua entre las huestes de Laksamana y lo que quedaba del contingente hispano-camboyano. El resultado fue desastroso para estos últimos: Blas Ruiz y Diogo Veloso cayeron muertos en combate, junto con la gran mayoría de sus soldados y partidarios. La masacre fue tal que solo unos pocos sobrevivientes (españoles y filipinos) lograron escapar remontando el Mekong; entre ellos se menciona a un tal Juan de Mendoza que guio a los restos de la tropa fuera de Camboya. Era el verano de 1599. La aventura española en Camboya terminaba en sangre y fracaso.
Conclusiones: Significado histórico de la Jornada de Camboya
La expedición española a Camboya de 1596-1599, o Guerra hispano-camboyana como también se la denomina, terminó en un rotundo fracaso militar y político para los intereses hispánicos. Ninguno de los objetivos iniciales se cumplió: ni se estableció un protectorado español en Camboya, ni se logró contener la influencia de Siam en Indochina, ni prosperó la evangelización en la zona (la incipiente cristianización de Camboya fracasó con la caída de Barom Reachea II). Por el contrario, la campaña costó numerosas vidas, incluyendo las de los propios promotores Blas Ruiz y Diogo Veloso, así como la dilapidación de recursos económicos considerables (Luis Pérez Dasmariñas gastó su fortuna personal en vano). La “jornada” se convirtió en tragedia, y a ojos de Manila fue una empresa maldita que no debía repetirse.
¿Por qué fracasó la expedición? Los análisis históricos señalan varios factores. En primer lugar, hubo una falta de apoyo sostenido de la metrópoli: la Corona española nunca dio pleno respaldo a estas conquistas asiáticas, consideradas extraoficiales o “prohibidas” por distraer de objetivos prioritarios. Felipe II, aunque autorizó a Luis Pérez Dasmariñas a actuar en auxilio de Camboya, siempre mostró reticencia a expandir demasiado las fronteras en Asia, prefiriendo consolidar Filipinas y el comercio.
En segundo lugar, la distancia y la logística jugaron en contra: coordinar refuerzos desde Manila resultó lentísimo (tomó un año armar la flota de 1596, y la de 1598 ni siquiera llegó). Mientras tanto, en el terreno, los españoles estaban aislados en un entorno hostil, superados ampliamente en número por enemigos locales. Además, la postura conservadora de Gallinato al no aprovechar la coyuntura de 1596 para tomar el poder dejó pasar quizás la única ventana de éxito; si bien su prudencia buscaba evitar un desastre, paradójicamente condujo a uno mayor al dar tiempo a que facciones locales se reagruparan.
Por último, la complejidad política interna de Camboya significó que incluso restaurar al legítimo rey no garantizaba estabilidad ni lealtad hacia los extranjeros; de hecho, los españoles terminaron siendo vistos “más como invasores que como aliados”, y su presencia provocó coaliciones en contra.
Con todo, la Jornada de Camboya dejó algunas lecciones importantes. Demostró el extraordinario alcance global de los aventureros españoles en el Siglo de Oro: con base en Filipinas, unos pocos centenares de hombres se atrevieron a intervenir en los conflictos dinásticos de la lejana Indochina. Es un testimonio de la conexión entre mundos que propició la primera globalización ibérica. Asimismo, revela el progresivo cambio de época hacia finales del XVI: mientras en décadas anteriores los conquistadores habían forjado imperios en América casi sin oposición europea, en Asia a fines de 1500 ya encontramos un entorno geopolítico más complejo, con potencias locales fuertes (Siam), europeos divididos y el surgimiento del comercio global por encima de la conquista. Tras la debacle de Camboya y experiencias similares, se fue imponiendo la idea de que el modelo del conquistador daba paso al del comerciante: el propio Juan Gil señala que a finales del siglo XVI “el mercader sustituyó al conquistador” en las prioridades hispanas. En efecto, España concentraría sus energías asiáticas en el comercio del galeón de Manila y en frenar a los holandeses, más que en conquistas territoriales extravagantes.
Pese a su fracaso, la aventura de Camboya no cayó totalmente en el olvido. En 1604, de regreso en España, el fraile Gabriel Quiroga de San Antonio publicó en Valladolid una obra titulada Breve y verdadera relación de los sucesos del reino de Camboya, donde narró los antecedentes del reino y detalló la expedición de Gallinato y “la infeliz jornada de don Luis Pérez Dasmariñas”. Paradójicamente, fray Gabriel nunca estuvo en Camboya; recopiló testimonios de otros (quizá del propio Gallinato o de soldados supervivientes). Su relación, junto con las crónicas de Antonio de Morga (Sucesos de las Islas Filipinas, 1609) y de otros historiadores como Colin o Aduarte, permiten conocer hoy los pormenores de aquella gesta. En años recientes, académicos han vuelto la mirada hacia esta expedición, reconociéndola como parte integral de la historia global hispánica. La Jornada de Camboya de 1596, aunque fallida, destaca por la audacia de situar a España momentáneamente en las riberas del Mekong. Es un recordatorio de hasta dónde llegaban las ambiciones y aventuras del siglo XVI, y un capítulo que enriquece la comprensión de la presencia española en Asia y Oceanía.
Fuentes y Bibliografía
Paulina Machuca Chávez, “El sueño de un gran Pacífico en el ‘tercer y Nuevo Mundo’: la jornada de Camboya de 1596”, en A 500 años del hallazgo del Pacífico. La presencia novohispana en el Mar del Sur, coord. Carmen Yuste & Guadalupe Pinzón, UNAM, 2016, pp. 163-188.
José Miguel Herrera Reviriego, “La jornada de Camboya: contextualización del proyecto expansionista filipino sobre Indochina en el marco hispánico de finales del siglo XVI”, en Tiempos Modernos, nº 47 (2023), pp. 39-58.
Juan Gil (ed.), Conquistas prohibidas: Españoles en Borneo y Camboya durante el siglo XVI, Biblioteca Castro, 2023. (Prólogo y documentos, incluyendo la relación de fray Gabriel Quiroga de San Antonio de 1604).
Lawrence Palmer Briggs, “Spanish Intervention in Cambodia 1593-1603”, T’oung Pao, vol. 39 (1950), pp. 132-160.
Entrada “Guerra hispano-camboyana”, Wikipedia en español (consultada en 2025).
Entrada “Luis Pérez Dasmariñas”, Wikipedia en español (consultada en 2025).
Archivo General de Indias (AGI), Filipinas, varios legajos (cartas de Gómez Pérez Dasmariñas de 1593, carta de Luis Pérez Dasmariñas de 1597, relación de Miguel de Jaque, etc., citados en Herrera Reviriego 2023).
Fray Gabriel Quiroga de San Antonio, Breve y verdadera relación de los sucessos del Reyno de Camboxa, Valladolid, 1604.
C. R. Boxer, “Portuguese and Spanish Projects for the Conquest of Southeast Asia, 1580–1600”, en Journal of Asian History, 3(2), 1969 (contexto de planes ibéricos en Indochina).
Sanjay Subrahmanyam, “Unión ibérica y proyectos en Asia”, en The Portuguese Empire in Asia, 1500-1700, Longman, 1993 (análisis de la fase de las Dos Coronas).
Director: Ladislao Vajda (cineasta húngaro radicado en España y Portugal, conocido por su versatilidad en géneros y su influencia del cine negro europeo).
País: España (coproducción con Portugal).
Elenco principal: Milú (Ninon), Guillermo Marín (Don César), Manolo Morán (detective Castro), Fernando Nogueras (El Señorito), Tony Leblanc (Luis), Irene Gutiérrez Caba (en papel secundario).
No obtuvo grandes reconocimientos internacionales en su época, aunque ha sido revalorizada retrospectivamente como una de las obras más sólidas del cine español de posguerra.
La cinematografía de Manuel Berenguer captura con precisión la vida de un barrio madrileño de posguerra. El montaje, un drama de cine negro y crimen que combina suspense policial con crítica social.
La película es considerada una de las contribuciones más destacadas del cine español de la inmediata posguerra al género negro, influida por el realismo poético francés y el expresionismo alemán.
Un ejemplo de un cine negro español atípico, con Manolo Morán ofreciendo una interpretación notable como detective, aunque la actuación de Milú ha sido vista como menos convincente. Una de las obras olvidadas pero esenciales del período, con énfasis en su humanidad y precisión en la representación de la vida barrial.
Tony Leblanc, futuro icono del cine español cómico, aparece aquí en un papel dramático menor, mostrando su versatilidad temprana.
El barrio representado no es un set construido, sino rodado en localizaciones reales de Madrid, lo que añade autenticidad y un valor documental sobre la España de 1947.
Orígenes: De posada dieciochesca a café de tertulias
La Fontana de Oro fue originalmente una fonda de viajeros establecida en Madrid a finales del siglo XVIII. Se sabe que ya hacia 1760 estaba abierta al público como posada para caballeros, botillería y poco después fonda, regentada por un italiano de Verona llamado Giuseppe Barbazan. Algunas fuentes fechan su fundación formal en 1782, indicio de que en las últimas décadas del siglo XVIII el establecimiento ya operaba con el nombre de La Fontana de Oro. De hecho, fue una de las tres grandes posadas madrileñas del siglo XVIII, junto con la Cruz de Malta y la Fonda de San Sebastián. Su ubicación era estratégica: en la esquina de la carrera de San Jerónimo con la calle de la Victoria, muy cerca de la Puerta del Sol.
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Desde sus inicios, la fonda gozó de buena fama entre los viajeros extranjeros. El clérigo británico Edward Clarke, en sus cartas de 1760, afirmó que “era la única fonda tolerable de todo Madrid”, reflejando la escasez de alojamientos cómodos en la ciudad en aquel entonces. Con el tiempo, La Fontana de Oro amplió sus servicios: en la planta baja se instaló una botillería donde se expendían vinos, licores, refrescos, té, café y repostería, mientras las plantas superiores ofrecían hospedaje y un apreciado comedor. Hacia finales del siglo XVIII el negocio evolucionó hasta convertirse también en un café en el sentido moderno, es decir, un lugar de tertulia y encuentro social, además de hospedaje.
El nombre pintoresco del local, “Fuente de Oro”, quizá provenía de algún motivo decorativo o letrero de la antigua posada. En todo caso, a finales de la centuria ya era un establecimiento conocido en la Villa y Corte. Era frecuentado tanto por mercaderes –por ejemplo tratantes de ganado que cerraban allí sus negocios– como por jóvenes escribientes en busca de trabajo. En las primeras décadas del siglo XIX, La Fontana de Oro se había consolidado como café de tertulias, a la par de otros cafés pioneros de Madrid (Lorencini, la Cruz de Malta, etc.), anticipando la eclosión de los famosos cafés literarios que caracterizarían la vida intelectual madrileña en la segunda mitad del siglo.
El Trienio Liberal (1820-1823): Cuna de Sociedades Patrióticas
El verdadero protagonismo histórico de La Fontana de Oro llegó con el estallido liberal de 1820. Tras seis años de absolutismo de Fernando VII (1814-1820), el pronunciamiento del general Riego devolvió vigor a la Constitución de 1812 e inauguró el periodo conocido como el Trienio Constitucional o Liberal. En este contexto de efervescencia política, La Fontana de Oro se transformó en el café de tertulia más popular y agitado de Madrid, convirtiéndose en lugar de reunión diario para la juventud liberal exaltada y el pueblo políticamente consciente.
Liberales exaltados. andalan.com
Entre 1820 y 1823, sus salones sirvieron de sede a una de las sociedades patrióticas más célebres de la capital. Estas sociedades eran clubes políticos abiertos donde se debatían apasionadamente las ideas liberales y se ejercía la oratoria pública. En el caso de La Fontana de Oro, la clientela política pertenecía sobre todo a la facción de los exaltados –el ala radical del liberalismo español decimonónico, influida por el jacobinismo francés y de marcado carácter progresista–, aunque también asistían liberales moderados. El café llegó a alojar a un nutrido público en sus reuniones; un testigo de la época, el conde italiano Giuseppe Pecchio, describió la Fontana en 1823 como “una gran sala capaz de contener cerca de mil personas, con dos púlpitos en medio desde donde los tribunos se dirigían al pueblo soberano”. Esta imagen da cuenta de la intensidad de aquellos mítines improvisados.
Varios líderes y personajes ilustres frecuentaron o tomaron la palabra en La Fontana de Oro durante el Trienio Liberal. Entre los asiduos y oradores del café se contaron, por ejemplo:
Rafael del Riego, el militar cuyo levantamiento inició el régimen constitucional en 1820.
Antonio Alcalá Galiano, brillante orador liberal que más tarde ocuparía altos cargos políticos. Galiano pronunciaba encendidos discursos en la Fontana, como luego evocó Galdós en su novela.
Evaristo Fernández de San Miguel, Francisco Martínez de la Rosa y el duque del Parque, quienes integraban la sociedad patriótica del café y este último actuaba como presidente de la misma.
Juan Manuel Romero Alpuente, diputado exaltado célebre por su vehemencia, y otros jóvenes intelectuales liberales de la época, que hallaban en estos clubs su “parlamento” alternativo.
La Fontana de Oro ofrecía un espacio relativamente tolerado –al menos inicialmente– para la libertad de expresión. Allí se discutía la actualidad política, se vitoreaba la Constitución y se criticaban las intrigas de Fernando VII. De hecho, la tradición sostiene que en este café se entonó por primera vez en Madrid el Himno de Riego, marcha patriótica adoptada como símbolo liberal. También eran comunes las canciones satíricas como el Trágala (dirigida contra los absolutistas), coreadas en manifestaciones callejeras que partían de la Puerta del Sol y confluían en locales como la Fontana.
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Tal ambiente de asamblea permanente inquietaba a los sectores más moderados. El gobierno constitucional, presionado por divisiones internas entre liberales moderados y exaltados, intentó controlar estos focos de agitación. En 1821, el ministro de la Gobernación, Ramón Feliú, llegó a destituir al jefe político de Madrid (Francisco Copons) por negarse a clausurar La Fontana de Oro. El sustituto, José Martínez San Martín, sí ordenó cerrar temporalmente el café y arrestó a su propietario, Juan Antonio Gippini (de origen italiano, heredero de la familia fundadora) bajo la acusación de permitir oradores sin autorización oficial. Este caso tuvo repercusión: Gippini presentó defensa impresa y finalmente la causa fue sobreseída, pero a partir de ese momento las tertulias políticas en la Fontana quedaron bajo mayor vigilancia. Según relatos posteriores, las últimas sesiones de la sociedad patriótica tuvieron que celebrarse de forma semiclandestina en un piso superior, a puerta cerrada, mientras en la planta baja continuaba el café funcionando discretamente.
A pesar de estas dificultades, durante el Trienio Liberal La Fontana de Oro vivió su época de mayor esplendor y pasó a la historia como foro revolucionario. Sus tribunas vieron nacer a líderes populares que después continuarían influyendo en la vida política española. Como señalaría irónicamente Galdós, muchos de aquellos jóvenes exaltados de 1820-23 seguirían desempeñando papeles relevantes en décadas posteriores –aunque, ya mayores, no todos mantendrían el mismo ardor liberal de su juventud–.
Absolutismo y cambios (1823-1840): Del café político al hotel
El final brusco del Trienio llegó en 1823 con la invasión francesa de los Cien Mil Hijos de San Luis, que restauró a Fernando VII como monarca absoluto. Con la reacción absolutista, los clubes liberales fueron disueltos y muchos exaltados tuvieron que exiliarse. La Fontana de Oro, despojada de su función política, volvió a su antiguo papel de fonda para viajeros, adaptándose a los nuevos tiempos.
Durante la llamada Década Ominosa (1823-1833) –diez años de férrea persecución del liberalismo– es de suponer que el establecimiento evitó cualquier actividad subversiva. Se mantuvo como mesón y café ordinario, recibiendo huéspedes e intentando sobrevivir comercialmente. De hecho, en los años 1830 La Fontana de Oro era más conocida por su faceta lúdica: bailes de máscaras y tertulias festivas animaban sus salones. La prensa madrileña de la época anunciaba concurridos bailes de carnaval en el café; por ejemplo, el Diario de Madrid del 12 de febrero de 1840 publicaba un aviso de “Baile de máscaras en el salón de la Fontana de Oro, hoy miércoles a las once de la noche”. Estos festejos populares indican que el local seguía siendo un punto de reunión social, aunque ya desvinculado de la alta política.
El ocaso del café original llegó poco después. En febrero de 1840 se registra la última noticia del café como tal, y para mayo de ese año los anuncios indican que en la “casa titulada Fontana de Oro” se había instalado ya un gabinete de lectura regentado por cierto Monier. En otras palabras, La Fontana de Oro dejó de existir como café público en 1840. Apenas tres años más tarde, en 1843, el establecimiento –junto con las fincas contiguas– fue adquirido oficialmente por el empresario francés Casimir Monier. Con este traspaso, se cerró una etapa singular de la vida política y bohemia madrileña, dando paso a un nuevo uso del inmueble.
Monier transformó radicalmente el lugar, creando un complejo hotelero moderno para la época. El antiguo café se convirtió en el “Hotel de Monier”, un establecimiento mixto que ofrecía alojamiento, baños calientes y salas de lectura. La prensa del momento destacaba esta reconversión, señalando que había sido “transformado en un establecimiento para baños, alojamiento y salas de lectura”. El Hotel Monier aspiraba a atraer a la alta clientela y a viajeros distinguidos. De hecho, algunos extranjeros lo consideraron por un tiempo “el mejor hotel de Madrid”, aunque otros lo juzgaron severamente: el viajero británico Arthur de Capell-Brooke, fundador del club Raleigh, escribió sarcásticamente que “es capaz de albergar unos cien holgazanes que, en horas de ocio –que en España no están muy definidas–, están muy ocupados haciendo nada; esto es, bebiendo limonada, fumando puros y jugando a la política”. Esta cita revela que incluso bajo apariencia de hotel respetable, el local conservaba algo de la atmósfera ociosa del viejo café madrileño, con tertulianos que conversaban de política entre copa y copa.
Durante la gestión de Monier, La Fontana de Oro –o más bien el Hotel Monier– vivió algunos episodios destacados. Se sabe, por ejemplo, que fue hospedaje de notables visitantes. El novelista francés Alejandro Dumas (padre) pasó por la fonda de Monier en 1846 durante su viaje a España (con motivo de la boda de la infanta Luisa Fernanda). Las crónicas mencionan a “mariscales y escritores” entre los huéspedes célebres de la Fontana en esa época. Pese a ello, Monier no tuvo un final exitoso: su negocio afrontó dificultades financieras y tras unos años entró en bancarrota.
Declive y “resurrección” del local (1850-1900)
Mediada la década de 1850, el histórico edificio de la Fontana de Oro sufría el desgaste del tiempo. En la madrugada del 12 de marzo de 1856, aconteció un hecho dramático: el vetusto edificio se derrumbó parcialmente mientras la ciudad dormía. La crónica relata que colapsó la parte de la construcción que daba a la calle de la Victoria, aunque afortunadamente no hubo víctimas personales. Solo quedó en pie la fachada orientada a la Carrera de San Jerónimo, pero el daño estructural era irreparable. La prensa madrileña aprovechó para criticar la falta de medidas municipales ante los edificios ruinosos, calificando el lugar como “jaula apolillada” cuya caída era un aviso para demoler las casas viejas de la zona.
Tras el desastre, los comercios que aún quedaban en la antigua Fontana (incluyendo la librería/gabinete de lectura de Monier) tuvieron que liquidar apresuradamente sus existencias y evacuar el solar. El propio Monier, arruinado y endeudado, vio subastados sus bienes en 1858, y fallecería pocos años después, en 1861. Sin embargo, la ubicación privilegiada no quedó abandonada por mucho tiempo. Ya en 1857 se había levantado un nuevo edificio de viviendas en el solar, diseñado por el arquitecto Jerónimo de la Gándara. Esta nueva casa –que es la que subsiste actualmente– tiene su acceso principal por la calle de la Victoria, número 1, esquina con Carrera de San Jerónimo. De la vieja Fontana de Oro apenas quedó el recuerdo y algunas menciones en guías y relatos costumbristas.
Puerta del Sol 1870. Wikipedia
En los años posteriores, el local a pie de calle en ese nuevo edificio continuó con el giro de la hostelería, aunque bajo distintas denominaciones. Hacia 1859, según consta, se instaló allí el “Hotel de los Embajadores”, quizá aprovechando la remodelación moderna para atraer visitantes extranjeros (como sugiere el nombre). No está claro cuánto tiempo funcionó este hotel, pero a finales del siglo XIX y comienzos del XX el emplazamiento alojaría sucesivamente diversos cafés y tabernas. Entre los nombres que ostentó en el siglo XX figuran Los Bilbaínos y Los Vascos, sendos bares que ocuparon el local en distintas épocas. Estos nombres indican una posible orientación regional (tal vez centros de reunión de la colonia vasca en Madrid) y reflejan la continua vocación del sitio como punto de encuentro social.
La transformación de Madrid a lo largo del siglo XX trajo altibajos para este histórico local. Finalmente, la taberna pasó a llamarse “Sol y Sombra” –un nombre taurino típico– y así permaneció durante buena parte del siglo. Según el investigador Luis Agromayor, en su libro Tabernas de Madrid, Sol y Sombra era un establecimiento amplio, decorado con cubas de barro pintadas, carteles taurinos y ambiente castizo, que se abarrotaba especialmente durante las Fiestas de San Isidro (la gran feria taurina madrileña). Este ambiente costumbrista de Sol y Sombra mantuvo vivo el carácter tradicional de la taberna hasta 1987, año en que el local cerró sus puertas y quedó inactivo durante un tiempo.
La Fontana de Oro en tiempos recientes: Renovación y legado
Tras siete años de cierre y cierto olvido, la legendaria Fontana de Oro experimentó una suerte de resurrección. En noviembre de 1994, un emprendedor llamado Felipe Gallego reabrió el establecimiento, recuperando su nombre original y reivindicando su rica historia. Se llevó a cabo una profunda reforma interior con un doble objetivo: dotar al local de atractivo moderno (como pub y bar musical) pero a la vez evocar la atmósfera decimonónica descrita por Galdós. Así, se reinstalaron barras de estilo antiguo semejantes a las que figuraban en la novela, y se habilitó una zona en alto denominada “La Fontanilla”, en recuerdo de la tribuna donde antaño los oradores se dirigían al público. Incluso se decoraron los techos con frescos, obra de artistas contemporáneos, en alusión a las pinturas que en el siglo XIX adornaban el café original.
Fachada actual de la taberna La Fontana de Oro, en la calle de la Victoria n.º 1 de Madrid (a pocos metros de la Puerta del Sol).
Desde 1994 hasta el presente, La Fontana de Oro funciona como pub irlandés, café y sala de conciertos diaria. Si bien el local actual no es físicamente el mismo edificio que la antigua fonda (recordemos que aquel se derrumbó en 1856), ha asumido su nombre y legado histórico. Su localización es prácticamente la misma esquina, lo que añade autenticidad a la experiencia. En su interior, la decoración mezcla elementos eclécticos: estanterías con botellas y libros antiguos, farolas de forja, retratos y láminas de políticos decimonónicos y del propio Galdós, e incluso detalles pintorescos. En la planta baja se alternan mesas altas y bajas junto a dos barras, mientras que un sótano ambientado al estilo medieval (con escudos, bancos corridos y una armadura) acoge eventos musicales y fiestas privadas.
En la acera, una placa conmemorativa recuerda al viandante que allí estuvo La Fontana de Oro original y que Benito Pérez Galdós la inmortalizó en la literatura. No cabe duda de que el renombre actual del lugar se debe en gran medida a la impronta galdosiana, que ha convertido la Fontana en visita obligada para amantes de la historia madrileña y de la novela realista.
Benito Pérez Galdós y La Fontana de Oro: Historia convertida en novela
La trascendencia histórica de la Fontana de Oro quedó consolidada gracias a la pluma de Benito Pérez Galdós. El gran novelista canario, en su afán por narrar la España del siglo XIX, eligió justamente La Fontana de Oro como título y escenario de su primera novela, publicada en 1870. Galdós tenía 27 años cuando escribió esta obra (entre 1867 y 1868, en parte durante un viaje a París tras la Revolución de Septiembre de 1868). La novela, subtitulada “novela histórica”, está ambientada en el Madrid del Trienio Liberal (1820-1823) y mezcla acontecimientos históricos reales con las tramas sentimentales y ficticias de sus personajes.
El propio Galdós, en un breve prólogo escrito en diciembre de 1870, explicó la razón de ser de la novela: señaló la semejanza entre la crisis política de 1820-23 y la que España vivía en 1868-70 tras la revolución Gloriosa, y vio oportuno rescatar aquel período histórico para el público contemporáneo. Es decir, Galdós trazó un paralelismo entre el Trienio Liberal y los años previos a la Revolución de 1868, haciendo de La Fontana de Oro una alegoría histórica que invitaba a reflexionar sobre el presente (el convulso sexenio democrático) a la luz del pasado.
En la novela, La Fontana de Oro aparece fielmente reconstruida. Galdós, con su característico realismo minucioso, describe la fisonomía del café casi como si fuese un personaje más. Gracias a sus páginas sabemos que el local tenía dos ámbitos bien definidos: la zona del café propiamente dicho (mesas para consumir chocolate o café) y, al fondo, el espacio destinado a las sesiones políticas. Al principio, cuenta Galdós, los oradores improvisaban subidos sobre las mesas, hasta que el dueño se vio obligado a instalar una tribuna elevada dada la afluencia de público. El gentío era tal que hubo que colocar bancos adicionales; los debates subían de tono a tal punto que en ocasiones los clientes tranquilos de la planta baja oían “un estruendo espantoso en las regiones superiores”, temiendo que se les viniese el techo encima. Esta vivaz pintura literaria coincide con las crónicas históricas, confirmando que La Fontana de Oro realmente funcionó como club político popular.
Esta imagen romántica trascendió la realidad objetiva del local. Si bien el café real cerró en 1840 y fue demolido en 1856, su leyenda sobrevivió en periódicos, memorias y en la novela galdosiana, hasta el punto de que a finales del siglo XIX todavía se citaba la Fontana como referencia histórica. De hecho, la novela tuvo varias ediciones populares (por ejemplo, una tirada de 20.000 ejemplares en 1906, coincidiendo con actos de homenaje a Galdós). En el siglo XX, La Fontana de Oro fue objeto de estudios galdosianos, adaptaciones radiofónicas e incluso una versión televisiva en 1974. Todo ello contribuyó a afianzar en el imaginario colectivo la memoria de aquella taberna emblemática del Madrid decimonónico.
Conclusión: Realidad y legado de La Fontana de Oro
En síntesis, La Fontana de Oro desempeñó un papel singular en la historia de Madrid y de España. Como establecimiento real, fue testigo de la evolución de la sociedad española desde el Antiguo Régimen hasta la modernidad: nació como posada ilustrada en el siglo XVIII, se transformó en café político durante el primer experimento liberal del siglo XIX, y luego, tras años de silencio, renació en distintas formas (fonda, hotel, taberna) reflejando los cambios de la ciudad. Su papel en la historia estuvo marcado sobre todo por el breve pero intenso periodo del Trienio Liberal, en que sirvió de foro a las ideas revolucionarias que pugnaban por arraigar en España. En aquellos muros se vivió la libertad de imprenta y reunión, se cantó por vez primera el Himno de Riego en la capital, y se aplaudió a oradores cuyo eco llegaría al Parlamento y a la posteridad.
Gracias a Benito Pérez Galdós, esa memoria se elevó al plano mítico-literario. La Fontana de Oro de la novela es a la vez espejo fiel de la realidad histórica y metáfora de un ideal que trasciende su tiempo. Galdós logró que la taberna madrileña, modesta en apariencia, representara algo universal. Por ello, la huella de La Fontana de Oro perdura hasta hoy. El local actual, convertido en pub, rinde homenaje a su pasado con fotografías de Galdós y de los oradores liberales, cumpliendo la curiosa misión de ser a un tiempo bar de copas moderno y museo vivo de la historia madrileña. Turistas y madrileños pueden tomar allí un café (o una cerveza) sabiendo que pisan el mismo suelo donde hace dos siglos se arengó a la multitud y se brindó por la Constitución.
En definitiva, La Fontana de Oro trasciende la categoría de taberna para inscribirse en la historia urbana y cultural de Madrid. Es un ejemplo de cómo un simple café de tertulias puede convertirse en escenario de acontecimientos cruciales y, más aún, en inspiración para la literatura. Su “fuente de oro” mana tanto datos históricos –propietarios, fechas, sucesos documentados– como anécdotas y fantasías novelescas. Y en esa mezcla de realidad y ficción reside su encanto perenne. Estudiar La Fontana de Oro es asomarse a un fragmento del siglo XIX español: a sus conspiraciones y proclamas, a sus bailes de máscaras y duelos dialécticos, a sus luces y sombras. Pocas tabernas podrán jactarse de haber albergado en tan corto tiempo a tantos personajes ilustres y de haber dejado una impronta tan profunda. Por eso, La Fontana de Oro merece figurar con honor tanto en los libros de historia como en las páginas inmortales de la novela galdosiana, recordándonos la vibrante vida política y cultural del Madrid de antaño.
Fuentes
La elaboración de este trabajo se ha sustentado en numerosas fuentes académicas y documentales. Entre ellas destacan los estudios históricos sobre cafés madrileños de Ramón de Mesonero Romanos y Ángel González Palencia, el artículo “Notas históricas sobre la Fontana de Oro” de Jaume Sobrequés, las investigaciones recientes sobre Galdós (por ejemplo, Rafael Núñez, 2018), así como la novela La Fontana de Oro de Benito Pérez Galdós (edición de la Biblioteca Virtual Cervantes). Igualmente se han consultado fuentes primarias de la época, como prensa decimonónica digitalizada (Diario de Madrid, El Clamor Público) citadas en el blog Antiguos Cafés de Madrid, y testimonios de viajeros extranjeros recopilados en sitios web históricos.
Agromayor, Luis. Tabernas de Madrid. (Información sobre Sol y Sombra).
Galdós, Benito P. La Fontana de Oro (1870). Ed. facsímil en Cervantes Virtual.
González Palencia, Ángel. Establecimiento de la Fontana de Oro. Revista BAMI, Madrid (1926).
Núñez Rodríguez, Rafael. “La construcción de un mito liberal: La Fontana de Oro (1871)”, en La hora de Galdós, 2018.
Sobrequés i Callicó, Jaume. “Notas históricas sobre la Fontana de Oro”, Revista de Girona Nº65 (1973).
VV.AA. Anales Galdosianos (varios artículos sobre La Fontana de Oro y su contexto histórico-literario).
Blog Antiguos Cafés de Madrid (M.R. Giménez): “La Fontana de Oro y Casimir Monier” (2019).
Blog Flaneando por Madrid: “La Fontana de Oro” (2014).
Web oficial FontanaDeOro.com: sección Historia (consultada 2025).
Lugaresconhistoria.com: “Galdós y La Fontana de Oro (Madrid)” (J. Ramos, 2022).
El Petirrojo Azul (A. Calvo, 2019): “Historia, literatura y música se unen en La Fontana de Oro”.
Núñez Rodríguez, R. (2019). La construcción de un mito liberal: La Fontana de Oro (1871). En La hora de Galdós: Actas del XI Congreso Internacional de Estudios Galdosianos (pp. 530–548). Cabildo de Gran Canaria / Casa-Museo Pérez Galdós. https://revistas.grancanaria.com/index.php/RevistaCasa_MuseoPerezGaldos/article/view/1196 (revistas.grancanaria.com).
Sobrequés i Callicó, J. (1973). Notas històriques sobre la Fontana de Oro. Revista de Girona, (65), 7–9. https://www.raco.cat/index.php/RevistaGirona/article/view/164874 (RACO).
Vázquez Astorga, M. V. (2020). Casimiro Monier y sus establecimientos. Jerónimo Zurita. Revista de Historia, (95). Institución Fernando el Católico (PDF). https://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/38/72/12vazquez.pdf (Institución Fernando el Católico).
Pérez Galdós, B. (1870). La Fontana de Oro. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/la-fontana-de-oro--0/html/ (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).
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González Palencia, Á. (1926). Establecimiento de la Fontana de Oro (citado por Antiguos Cafés de Madrid).