sábado, 6 de junio de 2026

De Brest a Cádiz: masones militares antes de la Guerra de la Independencia

La historia de la masonería militar española entre Brest y Cádiz, antes de la Guerra de la Independencia no es una historia de certezas absolutas, sino de indicios sólidos, conexiones personales y redes que ayudan a comprender mejor el nacimiento del liberalismo militar español y sus conexiones con la masonería.

Cádiz en el XVIII. 
estoespasionporcadiz.blogspot.com
La masonería fue, en muchos casos, una forma de sociabilidad ilustrada, cosmopolita y discreta; para algunos oficiales, comerciantes, técnicos, clérigos ilustrados (incluso) y élites urbanas que podemos denominar pudientes y burgueses o futuros burgueses. No se puede negar que fue un grupo de influencia cada vez mayor sobre el poder económico y político para sus intereses de todo tipo.

En Cádiz, esa historia adquiere un interés especial. La ciudad era mucho más que un puerto: era una puerta atlántica, un espacio de comercio, de tránsito militar y de presencia extranjera. Su bahía reunía todos los ingredientes para que las formas modernas de sociabilidad encontraran terreno fértil. Pero el episodio decisivo no nació exactamente en Cádiz, sino al norte de Francia, en Brest.


Una escuadra española en Brest

Entre 1799 y 1802, la escuadra española del Océano permaneció en el puerto francés de Brest en el marco de la alianza franco-española frente a Gran Bretaña. La presencia española llegó a superar los doce mil hombres.

Brest no era un lugar cualquiera. Era una ciudad naval, militar y masónica. Allí existían logias francesas activas, entre ellas L’Heureuse Rencontre y Les Élus de Sully, que recibieron a oficiales españoles interesados en aquella forma de sociabilidad. Ese contacto inicial desembocó en un hecho de enorme relevancia: la creación de una logia formada por españoles, La Reunión Española, documentada entre 1801 y 1802.

Para más información podéis leer mi entrada:

domingo, 17 de mayo de 2026

King Kong (1933)

Dirigida por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, no es solo un hito del cine de aventuras, sino una piedra angular en la evolución de los efectos especiales. Representa el culmen de la técnica de animación fotograma a fotograma (stop-motion) de la época y una de las piezas más influyentes en la historia del séptimo arte.

  • Elenco: Fay Wray (Ann Darrow), Robert Armstrong (Carl Denham), Bruce Cabot (Jack Driscoll).

  • Premios: En 1933 no recibió nominaciones de la Academia (la categoría de efectos visuales no existía entonces).

El trabajo de Willis O'Brien en la animación fotograma a fotograma (stop-motion) supuso una revolución. La integración de los modelos de Kong con la acción real se logró mediante técnicas pioneras de retroproyección y el uso de miniaturas detalladas. La escala se manipulaba mediante la construcción de diversas maquetas de Kong: una de apenas 45 centímetros para planos generales y bustos a escala real para los planos detalle con Fay Wray.

Max Steiner compuso una de las primeras bandas sonoras originales completas de la era sonora.




La crítica especializada coincide en que «King Kong» es una obra maestra de la imaginación técnica.

El crítico Roger Ebert señaló que, a pesar de los avances tecnológicos posteriores, la versión de 1933 mantiene una «extraña cualidad onírica» que las versiones de mayor presupuesto no han logrado replicar, debido en parte a la textura visual del blanco y negro y del stop-motion.


Algunas curiosidades

  • La escena perdida de las arañas: Existe una secuencia legendaria conocida como el «Spider Pit Sequence», donde los marineros caídos por el barranco son devorados por insectos gigantes. Cooper la eliminó tras un pase previo en 1933 porque el público quedó tan horrorizado que «dejaron de prestar atención al resto de la película».

  • Cualidad antropomórfica: Para dar expresividad a Kong, Willis O'Brien utilizó piel de conejo para cubrir las maquetas. En algunos planos, se puede ver cómo el pelaje se mueve de forma irregular; esto se debe a que los dedos de los animadores tocaban la piel entre toma y toma, un error técnico que acabó otorgando a la criatura una vitalidad orgánica única.

  • Autores en pantalla: Los pilotos de los biplanos que abaten a Kong al final de la película son interpretados por los propios directores, Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack. Cooper bromeó diciendo: «Debemos matarlo nosotros mismos».

viernes, 15 de mayo de 2026

A vueltas con Ernesto Giménez Caballero

A vueltas con Ernesto Giménez Caballero y su libro «Memorias de un dictador» 1979. Lo tituló así —nota para quienes no pasan de leer un post de Facebook— porque se lo «dictó» a la persona que le envió la editorial Planeta para poner por escrito sus recuerdos. Pero también un doble sentido muy propio de Giménez Caballero.

Hablamos en esta entrada del blog de la parte de las memorias de Gecé, donde detalla cómo se conformó «La Gaceta Literaria» y del ambiente cultural en torno a la Generación del 27. Y es abrumador. No sé si por su ego, que debía de ser estratosférico y que, por supuesto, se plasmaba en sus letras, pero la cantidad de literatos, intelectuales, artistas y relaciones que nombra, llega a marear.

Sigue pesado con su superlativa admiración por Europa y por Estrasburgo, donde habla de todo lo grande de Europa y, en contraste, de todo lo que considera pobre, atrasado o defectuoso en España y en África. Esa Europa que tanto le impresiona. Claro que fue alumno de Ortega.

Volviendo a «Memorias de un dictador», en la parte en que describe cómo se configura «La Gaceta Literaria», con quién habla, con quién se relaciona y a quién atrae para levantar aquel proyecto, el resultado apabulla. En dos o tres páginas impresiona cómo escribe, cómo se expresa con nombres, influencias y afinidades. Y estamos hablando de una edición de 1979: párrafos densos llenos de palabras que tienes que buscar su significado. Hay páginas en las que un lector tan mediocre como yo puede no entender diez o quince palabras. No sé si eso nace de su ego desmedido, para impresionar o, creo realmente, de una cultura literaria poco común.

La formación de «La Gaceta Literaria», sus relaciones personales, el Cine-Club Español —que también impulsó él—, Larra, el 98, Guillermo de Torre, Alberti, Miguel Hernández, Lorca, Bergamín, Dalí, Buñuel, Ramón Gómez de la Serna... «gaceteros»...































Y una curiosidad: en la parte final de la página que comento, escribe sobre Rafael Alberti: «... Fue el primero de mis camaradas que entró un día en la imprenta con la mano abierta y el brazo en alto…». Y añade, «rival de Federico en inspiración y gracia…». Giménez Caballero dixit.

Gecé fue protagonista o precursor de uno de los momentos más brillantes y decisivos de la cultura española del siglo XX.

sábado, 9 de mayo de 2026

James Bruce, John Hanning Speke, David Livingstone... no.... Pedro Páez Jaramillo, el jesuita español primer europeo documentado que llegó a las fuentes del Nilo Azul... pero el relato anglosajón es demasiado fuerte

La historia real del misionero que sobrevivió al cautiverio en Yemen, entró en Etiopía disfrazado de mercader armenio y dejó la primera gran descripción europea del nacimiento del Nilo Azul es extraordinaria. 
Imagen wikimedia
Durante siglos, Europa discutió dónde nacía el Nilo. Lo hicieron geógrafos, cronistas, cartógrafos y viajeros; lo hicieron también quienes, desde la Antigüedad clásica, convirtieron su origen en uno de los grandes enigmas del mundo conocido. Cuando el escocés James Bruce publicó en el siglo XVIII su viaje a las fuentes del Nilo Azul, consolidó para el gran público la imagen del explorador que había resuelto el misterio. 
Pero la historiografía académica lleva tiempo corrigiendo ese relato: mucho antes que Bruce, un jesuita español llamado Pedro Páez Jaramillo había llegado al manantial de Gish Abay y había dejado la primera descripción europea fiable y extensa del lugar. La fecha que hoy maneja la bibliografía más sólida es el 21 de abril de 1618. Y Bruce no llegó allí hasta 1770, es decir, 152 años después. 

Una vida novelesca

La vida de Pedro Páez, por lo demás, basta por sí sola para explicar por qué su figura terminó envuelta en una aureola casi novelesca. Nacido en 1564 en Olmeda de las Fuentes, por entonces Olmeda de la Cebolla, ingresó en la Compañía de Jesús y partió hacia Oriente a finales del siglo XVI.

En 1589, cuando intentaba llegar a Etiopía junto al también jesuita Antonio de Montserrat, fue apresado en la costa de Arabia y conducido a Yemen. Permaneció aproximadamente siete años cautivo en Saná, pasó por trabajos forzados y llegó a servir como remero en una galera turca del mar Rojo. Fue rescatado en 1596. Fue un cautiverio prolongado bajo control otomano.

Imagen generada con IA
También tiene base documental otra de las escenas que más han alimentado la leyenda: su entrada final en Etiopía disfrazado de mercader armenio. Páez logró alcanzar Massawa en 1603 ocultando su identidad, una maniobra que revela hasta qué punto su empresa exigía astucia personal, paciencia diplomática y una notable resistencia física. 
Sobrevivió a un sistema de rutas, cautiverios y controles políticos extremadamente hostil y acabó encontrando una vía de entrada.




Su período en Etiopía

La propia bibliografía sobre la misión jesuítica sitúa en la década de 1550 el arranque de una presencia católica estable en Etiopía. Páez no fue, por tanto, el primer europeo en pisar el país, sino la gran figura de la segunda fase de la misión jesuítica.

Ahí reside, en realidad, la dimensión histórica más seria de Pedro Páez. Su Historia de Etiopía, redactada entre los últimos años de su vida y hoy recuperada por la edición crítica de la Hakluyt Society, está considerada por la investigación contemporánea como un documento capital para conocer la Etiopía del siglo XVII, la misión jesuítica y la circulación de saberes entre Europa y el Cuerno de África. 
No fue sólo un misionero. Fue también un escritor de enorme capacidad descriptiva, un mediador cultural y un autor que trabajó con materiales europeos y etíopes con una densidad poco común para su tiempo.

Massawa en el s. XIX

El episodio decisivo llegó en abril de 1618. Ese día, acompañando al séquito del emperador Susenyos, Páez visitó el pequeño manantial de Gish Abay, en la cuenca del lago Tana, del que nace el gran afluente que después se convertirá en el Nilo Azul. Páez fue el primer europeo que dejó una descripción completa y fiable del lugar. 
Fue James Bruce quien, siglo y medio más tarde, se quedó con la gloria pública. Su viaje de 1770 y, sobre todo, la repercusión editorial de sus Travels fijaron en la memoria europea la imagen del escocés como gran revelador de las fuentes. Sin embargo, la literatura especializada recuerda desde hace tiempo que Bruce llegó después, y que su prioridad fue cuestionada ya en su propia época. 
Lo que ocurrió fue otra cosa: Bruce publicó para un público amplio y Páez quedó atrapado durante mucho tiempo en el circuito más restringido de los manuscritos, los archivos jesuíticos y la erudición especializada.
Nacimiento del Nilo Azul.
Pedro Páez participó en iniciativas constructivas y tuvo un peso importante en el entorno cortesano etíope. 

Esa cautela vale todavía más para el célebre puente del Nilo Azul. La versión divulgativa suele afirmar que Páez diseñó o construyó el primer puente de piedra sobre el río. Pero el estudio de Fernández sobre los llamados «puentes portugueses» del Nilo Azul precisa que el puente de Tis Abbay fue atribuido por las fuentes jesuíticas a un técnico indio llegado con el patriarca Mendes desde Diu.
Tampoco se sostiene bien otra afirmación muy repetida: que Pedro Páez escribió «la primera gramática del amárico». Lo que sí puede sostenerse es que dominó lenguas fundamentales del ámbito etíope, que tradujo textos, que participó en una intensa producción intelectual misionera y que su obra constituye un testimonio excepcional sobre la interacción entre cultura escrita europea y etíope. Pero la bibliografía lingüística especializada sitúa la primera gramática impresa del amárico en 1698, la Grammatica linguae Amharicae de Hiob Ludolf. Por tanto, incluso aunque la misión jesuítica manejara materiales lingüísticos hoy perdidos o parcialmente reconstruibles, no hay base sólida para adjudicar a Páez, en singular y con certeza, «la primera gramática del amárico».

Entonces, ¿por qué un personaje así quedó en segundo plano? Influyeron varios factores: desde la fuerza del relato británico hasta la escasa proyección editorial de la obra de Páez y la tendencia española a no poner en valor a sus figuras históricas. A ello se suma el peso de inercias historiográficas que en España suelen resumirse bajo la expresión «leyenda negra». Además, la historia de Etiopía no fue publicada íntegramente hasta el siglo XX, aunque su contenido circulara antes de forma parcial. Pennec ha recordado que esos escritos permanecieron largo tiempo «enterrados en los archivos», mientras que Fernández explica que la información de Páez fue reutilizada y difundida a veces sin convertirlo necesariamente en héroe visible del relato. 

En resumen: una combinación muy eficaz de manuscrito tardíamente editado, circulación erudita restringida y posterior eclipsamiento por un viajero del siglo XVIII mucho más visible editorialmente.

Conclusión

La historia real de Pedro Páez no necesita adornos. Fue un jesuita español que sobrevivió a años de cautiverio en Yemen, regresó a Oriente, alcanzó Etiopía en 1603, se convirtió en un testigo excepcional de aquel reino cristiano africano y dejó en 1618 la primera descripción europea fiable de las fuentes del Nilo Azul. 
¡Pedro Páez sí merece un gran artículo histórico!

Fuentes

  • Víctor M. Fernández, «“What the great Alexander and the famous Julius Caesar wanted so much to see”. A commemoration of the fourth centenary of the Blue Nile Sources discovery by the Spanish Jesuit Pedro Páez Xaramillo (April 21th, 1618)», Culture & History Digital Journal (CSIC), 2019. Fue la fuente principal para la fecha del 21 de abril de 1618, para el matiz clave de que Páez fue el primer europeo que describió de forma completa las fuentes del Nilo Azul.
  • Pedro Páez, Pedro Paez’s History of Ethiopia, 1622, edición crítica y traducción inglesa de Isabel Boavida, Hervé Pennec y Manuel João Ramos, Hakluyt Society, 2011.
  • Montserrat Mañé Rodríguez, «El padre Pedro Páez. El primer viajero europeo conocido que cruzó el sur de Arabia», Arbor (CSIC), 2005.
  • Hervé Pennec, An Ethiopian Mille-feuille: Unearthing the history of the Jesuit mission to Ethiopia (21st–16th centuries), CEI-Iscte, 2022.
  • Andreu Martínez d’Alòs-Moner, «In the Company of Iyäsus: the Jesuit Mission in Ethiopia, 1557–1632», Aethiopica (resumen de tesis doctoral), 2009/2012.
  • Oxford Research Encyclopedia of African History (Oxford University Press).
  • Hiob Ludolf, Grammatica linguae amharicae, 1698, en registro bibliográfico de Google Books.
  • Manuel João Ramos, «Pedro Paez 1564–1622», capítulo/entrada biográfica en repositorio académico de Iscte.
  • Boavida, Pennec y Ramos, The Indigenous and the Foreign: The Jesuit Presence in 17th Century Ethiopia, SOAS / repositorio Iscte. Contexto material, artístico y arquitectónico de la presencia jesuítica en Etiopía. (Repositório Iscte).

domingo, 3 de mayo de 2026

«Los cuatrocientos golpes» — François Truffaut, Francia, 1959

Reparto principal: Jean-Pierre Léaud, Claire Maurier, Albert Rémy, Guy Decomble y Patrick Auffay. Criterion recoge estos créditos principales y técnicos en su ficha de la película.

Ganó el Premio a la Mejor Dirección en Cannes 1959. También fue nominada al Óscar al mejor guion original para François Truffaut y Marcel Moussy.

Los cuatrocientos golpes es el debut de Truffaut: es una declaración de principios. La película surge en el momento en que varios críticos pasan de escribir contra el cine académico francés a demostrar, con películas, otra forma posible de hacer cine.

La película está dedicada a André Bazin, mentor intelectual de Truffaut. Esta dedicatoria tiene un peso emocional decisivo.


El título original procede de la expresión francesa «faire les quatre cents coups», que equivale a «hacer todas las trastadas» o «armarla». Criterion lo explica en relación con el sentido idiomático del título, no con una acumulación literal de castigos físicos.

La fuerza de Los cuatrocientos golpes está en que nunca convierte a Antoine Doinel en un mártir puro ni en un simple delincuente juvenil. Antoine miente, roba, se escapa, desafía, copia a Balzac y se comporta muchas veces de forma irresponsable. Pero la película no lo juzga desde la superioridad moral del adulto.

El niño no es una criatura idealizada, sino un sujeto rodeado por instituciones incapaces de leerlo: la familia, la escuela, la policía, el reformatorio. El resultado no es un melodrama lacrimógeno, sino un retrato seco, doloroso y extraordinariamente lúcido de la soledad infantil.

La mirada de Truffaut es compasiva, pero no complaciente. Esa precisión evita que la película caiga en el sentimentalismo. La puesta en escena parece ligera, casi casual, pero su estructura es implacable: cada pequeña falta de Antoine lo desplaza un poco más hacia el margen. El absentismo escolar, la mentira sobre la muerte de la madre, el robo de la máquina de escribir y el internamiento no son episodios aislados; son escalones de una expulsión progresiva.

El gran hallazgo es que Antoine no «cae» en la delincuencia: es empujado hacia ella por un ecosistema de indiferencia. El Festival de Cannes resume la premisa como el drama de un niño que busca calor humano, amistad y felicidad, y solo encuentra incomprensión en quienes deberían ayudarlo.

Fotografía y espacio: Henri Decaë fotografía París sin monumentalidad turística. La ciudad no aparece como postal, sino como territorio de fuga: calles, esquinas, cines, habitaciones pequeñas, pasillos escolares, comisarías y espacios institucionales.


1. Lectura temática

La familia como espacio administrativo: La madre es uno de los personajes más duros de la película. Truffaut no la suaviza. Es fría, contradictoria, a ratos cruel. Pero tampoco convierte al padre adoptivo en una alternativa sólida. La figura paterna es débil, intermitente, más simpática que protectora.

La escuela como maquinaria de obediencia: El aula de Los cuatrocientos golpes no es un lugar de formación, sino de domesticación. El profesor no educa: vigila. La disciplina se confunde con pedagogía. La palabra del adulto cancela la del niño.

2. El final: una de las miradas más importantes del cine moderno

El final es muy célebre. Antoine escapa del reformatorio, corre hasta el mar, alcanza una frontera simbólica y queda fijado en un congelado frontal.

Una imagen ambigua y especialmente impactante en 1959, antes de que el recurso se banalizara en publicidad y televisión. También lo relaciona con un plano anterior de la comisaría: el retrato policial que ya había fijado a Antoine como objeto del sistema.

La lectura es extraordinaria: Antoine ya no mira a sus padres, al profesor ni al juez. Mira al espectador. La película deja de ser una historia sobre él y se convierte en una acusación silenciosa contra nosotros.


3. Conclusión

Los cuatrocientos golpes es una obra maestra porque convierte un relato pequeño en una experiencia moral inmensa. Truffaut filma a un niño desobediente, pero lo que realmente retrata es una cadena de adultos negligentes, instituciones rígidas y afectos mal administrados.

Su importancia histórica es indiscutible, pero lo más impresionante es que sigue viva. No se ve como pieza de museo. Se ve como una película todavía incómoda, porque su pregunta permanece intacta: ¿Cuántos niños son castigados cuando, en realidad, están pidiendo ser escuchados?

sábado, 25 de abril de 2026

Notas marruecas de un soldado, 1923: el primer libro de Ernesto Giménez Caballero

Notas marruecas de un soldado, publicado en 1923 fue el primer libro de Ernesto Giménez Caballero, salido de la imprenta familiar, y nació en un tiempo en que Marruecos era para España una herida abierta, un espacio de conflicto y una obsesión nacional. No deja de ser significativo que Miguel de Unamuno alabara tempranamente el libro en su artículo «Cola de humo», publicado en España el 7 de abril de 1923, presentando a su autor como una voz representativa de aquella juventud española forjada en la campaña de Marruecos. Tampoco es un detalle menor que la obra provocara un procesamiento por la jurisdicción militar —del que el escritor sería finalmente absuelto en consejo de guerra—, señal de hasta qué punto aquellas páginas tocaron un nervio sensible en la España de su tiempo.

Lo primero que llama la atención es que este libro aparece muy cerca del trauma de Annual. La derrota de 1921 no fue únicamente un desastre militar; fue también un seísmo moral y político que sacudió la opinión pública española y alimentó durante años un debate agrio, la responsabilidad del Gobierno, la legitimidad del esfuerzo colonial y el coste humano de la guerra del Rif. En ese clima, Notas marruecas no puede leerse como una mera ocurrencia juvenil ni como un apunte de viaje más o menos pintoresco: es un texto inscrito de lleno en el gran problema marroquí de la España de entreguerras.

El interés del libro está en que no se limita a «contar Marruecos». Giménez Caballero ensaya aquí una forma de escritura fragmentaria, nerviosa, impresionista a ratos, hecha de escenas breves, de apuntes rápidos, de golpes de vista. No estamos ante una novela tradicional, ni tampoco ante un diario puro, ni ante una crónica periodística en sentido estricto. El libro se mueve en una zona fronteriza entre la nota, la estampa, la observación de campaña y el relato de viaje. Esa condición híbrida es una de sus mayores virtudes.

Eso explica que Notas marruecas haya sobrevivido mejor de lo que cabría esperar a su contexto inmediato. Hay en sus páginas una voluntad de forma que desborda la simple anécdota colonial. Giménez Caballero no escribe como quien levanta un parte ni como quien quiere informar con frialdad; escribe como quien busca en el castellano un instrumento de intensidad y cierto aire de modernidad formal que anuncia ya al agitador cultural que años después tendría un papel central en las vanguardias españolas.

Pero ahí mismo comienza también la parte más incómoda —y quizá más fértil— de la lectura. Porque el Marruecos que aparece en Notas marruecas no es un Marruecos comprendido, sino un Marruecos mirado. El texto presenta zocos, ciudades, juderías, tipos humanos, soldados, mediadores y escenas urbanas con una potencia visual innegable; sin embargo, con frecuencia esa fuerza descriptiva descansa sobre una cierta distancia. El mundo marroquí comparece muchas veces como superficie de color, como rareza, como extrañeza. No siempre hay voluntad de entenderlo desde dentro.


Ese rasgo no debe despacharse con un juicio rápido y moralizante. Conviene situarlo en un marco histórico e intelectual más amplio. La España del primer tercio del siglo XX no se acercó a Marruecos de manera inocente. Existía ya una tradición de orientalismo, de arabismo institucional y de producción cultural vinculada, de un modo u otro, al proyecto colonial. Es decir, no hablamos solo de prejuicios personales del autor, sino de un sistema de saberes, imágenes y jerarquías que condicionaba la forma de ver y de escribir. Desde ese punto de vista, Notas marruecas interesa tanto por lo que observa como por el modo en que su mirada está históricamente construida.

Quizá por eso el libro resulta más complejo de lo que su título sugiere. Porque no es solo una obra sobre Marruecos: también es una obra sobre España. Entre sus páginas aflora una crítica, a veces implícita y otras más visible, a la incompetencia administrativa, a la organización colonial y a ciertas miserias del dispositivo español en África. En ese sentido, el soldado que escribe no es únicamente testigo del exotismo circundante; es también testigo de un Estado que se muestra torpe, desigual y mal preparado. La guerra, más que como epopeya, aparece muchas veces como atmósfera, como desgaste, como escenario de fricciones entre jerarquías, rutinas y discursos nacionales.

Hay además un aspecto especialmente sugerente: la presencia de lo sefardí y de la judería en el universo del libro. Ese submundo, que en otros autores del ciclo marroquí aparece de forma marginal, adquiere aquí un interés singular porque permite observar cómo se articulan varios mundos a la vez: marroquí, judío, militar, y urbano. No es un detalle menor porque revela que la frontera colonial no era solo una línea entre España y Marruecos, sino un espacio de mediaciones, memorias y convivencias complejas.

Todo esto obliga a leer Notas marruecas con una doble cautela. La primera consiste en no minimizar el peso de la trayectoria posterior de Giménez Caballero. La historiografía ha mostrado de forma sólida que fue una figura clave en la evolución de ciertas sensibilidades vanguardistas hacia posiciones fascistizantes y autoritarias durante la segunda mitad de los años veinte y los treinta. Ignorar ese recorrido sería ingenuo.

La segunda cautela, sin embargo, es la inversa: no convertir ese destino ideológico posterior en explicación automática del libro de 1923. Sería demasiado fácil leer Notas marruecas como si en cada página estuviera ya escrito, de manera transparente, todo el futuro político del autor. Lo honesto es algo más exigente: examinar qué huellas están realmente ahí y cuáles son fruto de una lectura retrospectiva. El valor del libro reside precisamente en esa zona ambigua donde una modernidad de estilo convive con una mirada colonial todavía no resuelta del todo en programa político.


De hecho, una de las aportaciones más útiles de la bibliografía académica reciente ha sido sacar la obra del rincón de las curiosidades y devolverla a varios círculos a la vez: 

  • Por un lado, al de la literatura española sobre la guerra de Marruecos, donde tesis doctorales y estudios comparativos la sitúan junto a diarios, memorias y novelas del ciclo del Rif. 
  • Por otro, al de la historia intelectual española, en la medida en que permite observar una fase temprana de la escritura de quien luego sería un nombre decisivo en la politización estética de entreguerras. 
  • Por último, al de los estudios sobre orientalismo y colonialidad en el ámbito hispánico, donde el texto sirve para estudiar cómo se fabrica literariamente una alteridad africana y norteafricana desde España.

Hay otro elemento que no conviene perder de vista: la recepción. Notas marruecas no cayó en el vacío. La obra tuvo eco en la prensa y en el mundo intelectual. No fue simplemente el cuaderno privado de un joven con ambiciones literarias, sino una intervención en un debate que España estaba viviendo con intensidad.

La reedición de 1983 añade, además, una segunda vida al texto. No solo porque permitiera volver a poner en circulación una obra prácticamente inencontrable, sino porque toda reedición es también una reinterpretación. El libro reaparecía entonces en una España democrática, bajo otro clima cultural y con un autor cuya imagen pública estaba ya inseparablemente unida a su deriva ideológica. Esa distancia temporal hace aún más interesante la obra: obliga a preguntarse qué sobrevive en ella como literatura y qué permanece como documento de una sensibilidad histórica.

En definitiva, Notas marruecas de un soldado no fue solo el estreno literario de Ernesto Giménez Caballero, sino el primer síntoma visible de una personalidad intelectual tan brillante como incómoda. En ese libro temprano ya conviven la vivacidad del cronista, la ambición del escritor moderno, la fascinación por Marruecos como escenario de extrañeza y, al mismo tiempo, algunas de las tensiones ideológicas que marcarían después su trayectoria. Que provocara un proceso militar, que despertara el interés de Unamuno y que hoy siga leyéndose entre la literatura de campaña, la crítica colonial y la historia intelectual española demuestra que no estamos ante una simple rareza bibliográfica, sino ante un texto revelador. Quizá ahí resida su mayor interés: en mostrar cómo, a veces, un primer libro contiene ya no una respuesta cerrada, sino todas las contradicciones de un autor y de una época.


Fuentes primarias

  1. Giménez Caballero, Ernesto. Notas marruecas de un soldado. Edición original de 1923.

  2. Giménez Caballero, Ernesto. Notas marruecas de un soldado. Reedición de 1983.

Estudios académicos y universitarios sobre la obra, el autor y su contexto

  1. Prestigiacomo, Carla. Estudio retórico e ideológico sobre Notas marruecas de un soldado y su representación del mundo marroquí. Publicado en ámbito académico del Cervantes / AISPI.

  2. Tesis doctoral sobre la narrativa española en torno a la guerra de Marruecos, con inclusión de Notas marruecas dentro del corpus de diarios, memorias y literatura del conflicto. Universidad de Oviedo / Dialnet.

  3. Tesis doctoral sobre Marruecos en escritores del 27, útil para situar a Giménez Caballero en un marco generacional e intelectual más amplio. Universidad Autónoma de Madrid / Dialnet.

  4. Estudio biográfico e intelectual sobre Ernesto Giménez Caballero en la Revista Universitaria de Historia Militar. Muy útil para contextualizar su trayectoria y su evolución ideológica.

  5. Trabajos sobre fascismo, vanguardia y politización cultural en España, usados para encuadrar la deriva posterior del autor y evitar lecturas ingenuas del texto.

  6. Artículo sobre literatura prefascista y guerra de Marruecos, útil para conectar el libro con imaginarios políticos de entreguerras.

  7. Estudio sobre orientalismo en España, estudios árabes y acción colonial en Marruecos, fundamental para interpretar la mirada colonial del libro.

  8. Investigación doctoral sobre orientalismo y nacionalismo español, muy útil para el marco teórico.

  9. Estudio teórico sobre orientalismo, empleado como apoyo conceptual para la lectura crítica de la representación del «otro».

  10. Trabajo sobre el español sefardí y el universo sefardí, útil para la lectura de los pasajes vinculados a juderías y sefardismo en el texto.

domingo, 12 de abril de 2026

Rashōmon 1950 de Akira Kurosawa

Drama, misterio, elementos psicológicos... y la obra cumbre de Kurosawa, según muchos expertos: «La mejor película japonesa jamás mostrada en Occidente. Introdujo el cine japonés a Occidente de forma definitiva

Elenco principal: Toshirō Mifune (Tajōmaru, el bandido), Machiko Kyō (Masako, la esposa), Masayuki Mori (Takehiro, el samurai), Takashi Shimura (el leñador), Minoru Chiaki (el sacerdote) y Kichijirō Ueda (el hombre común)  

Guion: Akira Kurosawa y Shinobu Hashimoto, basado en los relatos cortos: En un bosque (In a Grove, 1922) y Rashōmon (1915) de Ryūnosuke Akutagawa.

Premios: Gran Premio del Festival Internacional de Cine de Venecia (1951, primer filme japonés en ganar el máximo galardón); Oscar Honorífico de la Academia de Hollywood a la Mejor Película Extranjera (1952); nominación al Oscar a la Mejor Dirección Artística (Blanco y Negro, 1952). 


Kurosawa construye la narración mediante una estructura innovadora de cuatro testimonios contradictorios sobre un mismo crimen (una violación y un asesinato) en el bosque de Kioto durante la era Heian. 

La cinematografía de Kazuo Miyagawa es magistral: utiliza movimientos de cámara dinámicos, composiciones asimétricas y un juego de luces y sombras naturalistas (rodado en gran parte con luz solar real) que subraya la subjetividad de cada versión. 

El montaje, realizado por el propio Kurosawa, distingue formalmente cada relato mediante variaciones en la duración de planos, escalas de plano y ángulos de cámara, creando una experiencia casi documental de la memoria falible. 

Opiniones Críticas

Es considerada la obra cumbre de Kurosawa y un hito en la historia del cine mundial. Una de las películas más aclamadas del legendario director.

La revista Sight & Sound la describió como “una obra genuinamente original de arte” que podría enriquecer la técnica del cine occidental. 

La Criterion Collection la define como “la mejor película japonesa jamás mostrada en Occidente”, que transforma un sórdido crimen en una meditación sobre la verdad y la naturaleza humana. 

Críticos como David Bordwell y André Bazin han destacado su influencia, colocándola entre las obras que reinventaron el lenguaje cinematográfico del siglo XX.  


Curiosidades, Anécdotas y Elementos Poco Conocidos

Kurosawa empleó múltiples cámaras simultáneas en algunas secuencias del bosque para capturar reacciones auténticas sin repetir tomas, un método experimental que influyó en su técnica posterior. 

Toshirō Mifune improvisó parte de la ferocidad de Tajōmaru basándose en observaciones reales de un delincuente, y Machiko Kyō rodó las escenas más intensas bajo un calor extremo que reforzó la visceralidad de su interpretación. 

El filme introdujo el cine japonés a Occidente de forma definitiva, pero pocos saben que su estreno internacional casi se cancela por la reticencia de los distribuidores occidentales ante una obra “demasiado experimental”.

De Brest a Cádiz: masones militares antes de la Guerra de la Independencia

La historia de la masonería militar española entre Brest y Cádiz, antes de la Guerra de la Independencia no es una historia de certezas abso...