jueves, 26 de febrero de 2026

La primera logia masónica militar española: «La Reunión Española». Brest, (1801–1802).

La logia «La Reunión Española» se localiza en Brest entre agosto de 1801 y abril de 1802 como un taller masónico compuesto por oficiales del Ejército y de la Armada, pertenecientes a la escuadra española estacionada en el puerto bretón desde 1799, bloqueada y prácticamente inmovilizada por circunstancias militares y diplomáticas. 

Su singularidad historiográfica reside en que constituye una de las primeras logias “españolas” (por composición nacional y lengua de trabajo) con carácter militar; además, se organiza antes de la ocupación napoleónica efectiva de buena parte del territorio peninsular, lo que obliga a matizar relatos clásicos que sitúan el “renacer” masónico español exclusivamente a partir de 1808.

La reconstrucción más densa y “de archivo” del funcionamiento interno del taller procede del estudio clásico de Georges Demerson, basado en la lectura de un “cuaderno de tenidas” (cahier de séances) localizado en una biblioteca privada del Finistère, con 53 reuniones fechadas entre el 20 de agosto de 1801 y el 23 de abril de 1802, y con abundante información ritual, administrativa y relacional.

En términos de constitución, el taller aparece como una escisión no conflictiva respecto a dos logias brestoises (L’Heureuse Rencontre y Les Élus de Sully), con las que mantiene un intercambio constante de visitas, préstamos de material y ayuda económica. Se adscribió al Grand Orient de France y culminó su “regularización” con una ceremonia de instalación solemne el 31 de diciembre de 1801, en la que recibe cartas/estatutos y es instalada por comisarios de Les Élus de Sully, en presencia de delegaciones francesas.

La composición identificable del taller en Brest asciende a 26 miembros (según Demerson), predominantemente oficiales subalternos (Armada, artillería, infantería) y “asimilados” administrativos o sanitarios; destaca la presencia de cinco clérigos (capellanes/ministros de culto, incluidos franciscanos), un dato crucial para leer la compleja relación entre cultura católica, sociabilidad ilustrada y prácticas masónicas.


Contexto histórico

Entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, Brest es un gran enclave naval atlántico en el que confluyen guerra marítima, bloqueo, administración militar y sociabilidades portuarias. La escuadra española destinada a cooperar con Francia llegó a Brest el 8 de agosto de 1799 y permaneció allí —bloqueada por fuerzas inglesas— hasta el 29 de abril de 1802. La composición citada para esa fuerza es significativa: 15 navíos, 4 fragatas y 4 corbetas; y, en mayo de 1800, 12.546 hombres.

Puerto Brest 1794 (Wikipedia)

En España, el marco de legalidad y moralidad oficial sobre la masonería estaba formalmente marcado por prohibiciones desde mediados del XVIII. El ejemplo más citado en la literatura es el decreto de 1751 de Fernando VI, que prohíbe la congregación de francmasones en sus reinos y ordena a jefes militares y de armada vigilar su cumplimiento, con sanciones de pérdida de empleo. Demerson y la historiografía posterior recuerdan, sin embargo, que el grado de aplicación práctica fue variable, y que bajo Carlos III la represión no operó siempre con rigidez uniforme.

En Brest, el ecosistema masónico local tiene profundidad temporal y pluralidad ritual. Según Jean-Yves Guengant, la ciudad es foco masónico desde el XVIII; la logia L’Heureuse Rencontre se remonta a 1745 y mantiene una tradición “escocesa” compleja, con patentes y afiliaciones cambiantes, mientras que Les Élus de Sully (nacida en 1783) se sitúa de forma más nítida en el Rito Francés en sus grados simbólicos, con un capítulo propio en el marco de las reformas rituales del periodo.


Origen y constitución de la logia Brest «La Reunión Española»

Del ingreso en logias francesas a la decisión de fundar un taller “nacional”

El paso previo decisivo es la entrada de oficiales españoles en logias brestoises. Demerson identifica (con fechas) admisiones españolas en L’Heureuse Rencontre desde el 2 de diciembre de 1799 (caso de Pizarro) y el 12 de diciembre del mismo año (caso de Rivera), continuando durante 1800 y 1801. En el momento de la primera tenida registrada del nuevo taller (20 de agosto de 1801), estima que había 20 españoles frecuentando las logias de Brest (15 en L’Heureuse Rencontre y 5 en Les Élus de Sully).





En ese contexto, la motivación inmediata para fundar un nuevo taller no se presenta como “cisma político” ni como conflicto con franceses, sino como necesidad práctica: disponer de un espacio propio, trabajar en lengua española y estructurar una sociabilidad estable ante un “sine die” del retorno. El acta inicial citada por Demerson es funcional: crear una comisión para acordar con los talleres franceses el procedimiento de fundación.


Fases de constitución y días clave

El cuaderno de tenidas permite recomponer la secuencia institucional:

  • 20 de agosto de 1801: primera reunión registrada (“Au nom de l’Amitié”), lectura y firma de reglamentos, y nombramiento de una comisión para negociar con los talleres franceses.

  • 25 de agosto de 1801: elección del venerable (Rivera) y del “bureau” (nueve cargos), adopción del nombre «Reunión Española» y petición del local a Les Élus de Sully.

  • 30 de agosto de 1801: la reunión adquiere tono más “oficial”; se invoca explícitamente el Grand Architecte de l'Univers (como fórmula de apertura) y aparece la referencia “Au nom du Grand Orient de France”, anticipando la voluntad de regularidad.

  • 29 de septiembre–13 de diciembre de 1801: se decide solicitar “constituciones” al Grand Orient; se nombra intermediario a Antoine Guillaume Ghereau (venerable de La Constance Éprouvée y miembro del Grand Orient), y se siguen trámites y envíos hasta recibir estatutos.

  • 31 de diciembre de 1801: tenida solemne de instalación. Se incorpora una delegación francesa; los comisarios instaladores designados por Les Élus de Sully leen poderes del Grand Orient, se da lectura a las cartas/constituciones, se abre “al modo acostumbrado” y se culmina con banquete.

  • 23 de abril de 1802: última tenida registrada; se decide suspender trabajos para abrirlos en España y se fija una reunión en Cádiz; se dispone sobre destrucción/depósito de papeles y custodia de archivo.




Miembros: rangos, procedencias y perfil sociológico

Demerson identifica 26 miembros “indiscutibles” de la logia en Brest. Su lectura sociológica es clara: todos son oficiales o “asimilados” (capellanes/ministros de culto, contadores, boticario), no se aprecian oficiales superiores, y la logia recluta sobre todo entre subalternos jóvenes; además, cinco miembros son clérigos que pasan por formalidades rituales y participan en trabajos.

Cronología de eventos clave

Fecha

Evento

Relevancia analítica

Fuente

08/08/1799

Arribo de la escuadra española a Brest

Condición material para la sociabilidad prolongada y el contacto transnacional

Demerson (1955) y Carlan (1951).


02/12/1799

Primeras admisiones españolas documentadas en logias brestoises


Prehistoria social del taller: “capital relacional” previo a la fundación

Demerson (1955).

20/08/1801

Primera tenida registrada del grupo español

Inicio operativo del taller (fase preparatoria)


Demerson (1955).

25/08/1801

Elección del venerable y adopción del nombre


Formalización interna: gobierno, cargos y denominación

Demerson (1955).

29/09/1801

Decisión de solicitar constituciones al Grand Orient


Búsqueda de regularidad obediencial y legitimidad ritual

Demerson (1955).

13/12/1801

Comunicación del envío de estatutos


Cierre de trámites para instalación/regularidad

Demerson (1955).

31/12/1801

Ceremonia solemne de instalación

Recepción de constituciones; instalación por comisarios franceses; banquete


Demerson (1955) y Guengant (2015).

23/04/1802

Última tenida y “suspensión” por regreso

Cierre del ciclo bretón; plan explícito de continuación en España


Demerson (1955).

29/04/1802

Salida de Brest

Fin del contexto portuario que hacía viable el taller


Demerson (1955).

10/11/1808

Referencia institucional a “sumaria” por “contagio” de Brest


Brest como argumento en el discurso represivo contra masones en guerra

Demerson (1955), con cita a AHN-Estado.



Actividades y redes: sociabilidad, correspondencia y circulación transnacional

El patrón de actividad observado en el cuaderno combina tres capas: (a) ritualidad y administración masónica, (b) ayuda mutua interna y (c) conectividad externa con logias francesas y con el Grand Orient.

En la vida relacional inmediata, el taller mantiene intercambio constante con las logias francesas: visitas recíprocas, presencia de venerables franceses “bajo la bóveda de acero”, préstamos de material (por ejemplo, nueve “lampiones”) y participación protocolaria en festividades (San Juan). La lógica no es de aislamiento nacional, sino de creación de un espacio propio sin romper el tejido fraternal local.

La ayuda mutua es el componente más denso. Demerson describe la circulación de la “caja de los pobres” en cada sesión, la entrega de pequeñas cantidades a necesitados y, sobre todo, la gestión colectiva de deudas y emergencias económicas. El caso paradigmático es la deuda de Marcoleta (noviembre de 1801): la logia decide hacerse cargo, organiza aportaciones, establece garantías sobre sueldo futuro y declara responsabilidad solidaria; además, solicita un préstamo a las logias brestoises y recibe 216 unidades de cada una (Heureuse Rencontre y Élus de Sully), celebrándolo con “triple hourrah”. Este episodio muestra, con microdetalle, cómo la masonería opera como dispositivo crediticio y de reputación entre oficiales.



En la dimensión de seguridad y reconocimiento, el taller acuerda normas de comunicación: usar el “tercer apellido” en asuntos de logia y notificarlo al Grand Orient y a logias afiliadas; imprimir “diplomas” (brevets) con cintas rojas, cobrarlos a quien los solicite y visar los diplomas de visitantes como forma de autentificación. Todo ello apunta a una sociabilidad que combina secreto relativo y burocracia documental, especialmente relevante para militares en tránsito.

La actividad “intelectual” aparece, pero menos consistente: discursos (incluidos los de instalación), alocuciones filosóficas no conservadas en su título y un tono cercano a sociedades ilustradas de utilidad pública. Demerson propone, con cautela, la analogía con las Sociedades Económicas de Amigos del País por la densidad oratoria y el horizonte de “bien de la humanidad”, aunque reconoce que el taller funciona ante todo como sociedad de apoyo mutuo.

Finalmente, la red de legitimación no es sólo informal. Guengant aporta un dato contextual clave: los masones españoles (muchos iniciados en L’Heureuse Rencontre) obtienen autorización para crear su logia y ritos, y la instalación se confía a Les Élus de Sully, en un momento (1801) en que Brest vive tensiones entre ritos y obediencias. Este contexto ayuda a explicar por qué el taller español se integra en una arquitectura ritual francesa preexistente en vez de operar como “logia flotante” completamente autónoma.

 

Repercusiones políticas y militares en España y Francia

En el plano inmediato, la logia en Brest finaliza con una clausura formal: quema selectiva de papeles considerados inútiles o peligrosos, depósito del resto (incluido el “libro de arquitectura”) en una logia francesa (Élus de Sully) y anuncio de suspensión para reabrir en España. El taller fija incluso una fecha y lugar de reencuentro: tres días después de llegar a Cádiz, en un café concreto. Esa explicitud evidencia intencionalidad de continuidad, pero no constituye por sí sola prueba de que llegara a operar de forma estable en España con actas equivalentes.

Cádiz en el XVIII. 
estoespasionporcadiz.blogspot.com

La mayor huella política documentada es retrospectiva y represiva. Demerson afirma haber localizado en el Archivo Histórico Nacional (sección Estado) una referencia de 1808 en la que la autoridad declara existir “sumaria pendiente” contra oficiales delatados por haber contraído el “contagio” masónico como resultado de la detención de la Armada en Brest, y cita patentes y divisas recogidas y conservadas en archivo. Desde el punto de vista del análisis del discurso estatal, lo sustantivo es doble: (1) Brest aparece como vector de “infección” ideológica y (2) la masonería se conceptualiza como secta clandestina con capacidad de minar la unión política en guerra.

Esa huella encaja con un marco más amplio: la literatura académica insiste en que el ciclo 1808–1814 intensifica un antimasonismo que se alimenta de la asociación entre “afrancesamiento”, secreto y conspiración. En paralelo, sin embargo, la evidencia sobre la masonería en ámbitos constitucionales gaditanos es más débil de lo que sostiene el imaginario popular. En una síntesis influyente, José Antonio Ferrer Benimeli subraya la ausencia de denuncias concretas sobre logias gaditanas y el carácter antimasónico de medidas legales y discursos vinculados al entorno de Cádiz en la época, recordando la centralidad del aparato represivo (policía e inquisición) en el reinado posterior de Fernando VII.

Para la dimensión estrictamente militar, conviene evitar un salto causal automático (“logia en Brest” → “conspiración liberal militar”). Lo que sí puede afirmarse con seguridad documental, a partir del cuaderno, es que el taller funciona como una red de confianza, crédito y circulación de credenciales dentro de un cuerpo armado en condiciones de bloqueo. Ese tipo de infraestructura social puede —en otros contextos y momentos— servir de sustrato para redes políticas, pero la demostración requiere rastrear trayectorias individuales de los miembros tras 1802 (destinos, expedientes, sociabilidad posterior) y localizar documentación en archivos de personal de la Armada y del Estado.

Un indicio de la relevancia del componente “marítimo” en la masonería del periodo es que repertorios prosopográficos franceses sobre marinos masones incluyen entradas específicas de miembros de la escuadra española en Brest y su pertenencia/visitas a logias locales, reforzando la idea de Brest como nodo de transferencia masónica a través de personal naval.


Evaluación crítica de la historiografía: consensos, riesgos y vacíos

Consensos fuertes (bien sustentados):
Demerson establece con claridad la existencia del taller, su calendario (53 tenidas), su vinculación con logias brestoises, y su adscripción al Grand Orient, aportando además transcripción parcial de actas (incluida la instalación) y un apéndice prosopográfico mínimo. Esa contribución sigue siendo el pilar empírico.
Guengant, desde la historia masónica local bretona, contextualiza la autorización de creación del taller español y la atribución de la instalación a Les Élus de Sully, integrándolo en las tensiones obedienciales y rituales del Brest de 1801–1802.

Riesgos metodológicos:
La dependencia de un manuscrito en biblioteca privada introduce un “punto único de fallo”: mientras el documento no sea localizado, digitalizado o contrastado con un fondo público, la historiografía queda expuesta a errores de transmisión (copias, transcripciones, OCR) y a interpretaciones no verificables. Demerson mismo muestra que repertorios secundarios del siglo XIX (nomenclaturas) contienen errores severos al leer firmas españolas y abreviaturas, llegando a convertir expresiones como “por ynterin” en un supuesto nombre propio; esa lección debe extenderse a toda explotación prosopográfica posterior.

Vacíos decisivos:
La gran laguna es demostrar documentalmente la fase “española” tras el retorno: el cuaderno termina con la intención de reunirse en Cádiz, pero no aporta actas en España. El indicio de represión en 1808 sugiere continuidad o, al menos, circulación de insignias y patentes, pero falta reconstruir la red concreta: ¿Quiénes fueron los “varios oficiales” procesados?, ¿pertenecían al elenco de 26?, ¿Qué unidades/destinos tenían en 1808?, ¿hubo talleres estables o sólo reuniones?.

domingo, 22 de febrero de 2026

Frankenstein (1931)

Dirigida por James Whale, es una obra fundacional del cine de horror sonoro y uno de los pilares del ciclo de monstruos de Universal. Adaptada libremente de la novela de Mary Shelley a través de la versión teatral de Peggy Webling, esta producción consolidó el arquetipo del "científico loco" y del monstruo trágico en la cultura popular.
Fue el momento exacto en que el expresionismo alemán cruzó el Atlántico para casarse con el pragmatismo de Hollywood.



Elenco principal: Colin Clive (Dr. Henry Frankenstein), Boris Karloff (El Monstruo), Mae Clarke (Elizabeth), John Boles (Victor Moritz), Edward Van Sloan (Dr. Waldman), Dwight Frye (Fritz).

La película bebe directamente de El gabinete del Dr. Caligari. La cinematografía de Arthur Edeson emplea ángulos inclinados que evocan el cine alemán de los años 20 (influencia clara en las secuencias de la torre y el cementerio).

Bela Lugosi fue la primera elección para el Monstruo, pero rechazó el papel (lo consideró degradante). Karloff, un actor británico poco conocido entonces, fue elegido por su presencia física y voz; ni siquiera lo invitaron al estreno por su anonimato.

La línea "Now I know what it feels like to be God!" fue censurada en muchos países por blasfemia y restaurada décadas después. La escena de la niña ahogada también fue cortada en varias jurisdicciones (Suecia, Italia, Irlanda la prohibieron outright).

El film fue un éxito masivo ($12 millones en taquilla), impulsando el ciclo Universal Monsters y consolidando el horror como género rentable. La versión restaurada (incluyendo escenas eliminadas) está disponible en ediciones Criterion y Universal Legacy Collections.

Sigue siendo la piedra angular del horror porque, a diferencia de Drácula (estrenada el mismo año), esta no depende tanto de la palabra, sino del poder de la imagen pura.

Publicaciones como Sight & Sound y Criterion Collection la incluyen entre las obras esenciales del horror clásico.

domingo, 15 de febrero de 2026

Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, 1930)

Representa uno de los hitos más significativos del cine antibélico y de la historia del séptimo arte en su conjunto. Estrenada solo doce años después del armisticio, la película capturó un trauma que aún estaba fresco. Fue una de las primeras grandes producciones sonoras, y Milestone utilizó esa nueva tecnología no para diálogos vacíos, sino para que el público escuchara, por primera vez, el silbido aterrador de los proyectiles y el caos de las trincheras.

  • Director: Lewis Milestone  
  • Guion: Adaptación de Maxwell Anderson, George Abbott y Del Andrews, basada en la novela homónima de Erich Maria Remarque (1929)  
  • Elenco principal: Lew Ayres (Paul Bäumer), Louis Wolheim (Katczinsky), John Wray, Arnold Lucy, Ben Alexander, Scott Kolk, Owen Davis Jr., Walter Rogers, William Bakewell, Russell Gleason  
  • Premios: Ganadora del Oscar a la Mejor Película y al Mejor Director en la 3.ª ceremonia de los Premios de la Academia (1930/31). También recibió nominaciones en otras categorías técnicas.

La película destaca por su montaje dinámico y su uso pionero de la cámara en movimiento para transmitir el caos y la deshumanización del frente. Milestone emplea travelling largos, tomas subjetivas y ángulos bajos que sitúan al espectador en la trinchera junto a los soldados. La secuencia del asalto inicial al campo de batalla —con miles de extras y explosiones reales— constituye una de las piezas de dirección más influyentes del cine temprano sonoro.

En 1930, ver la cámara moverse a esa velocidad por la tierra de nadie era algo nunca antes visto; daba al espectador la sensación de estar corriendo hacia una muerte segura.

La escena final —la mano de Paul alcanzando la mariposa— es posiblemente el plano más poético y devastador de la historia del cine bélico. Representa la belleza que sobrevive en un mundo que ha decidido suicidarse.

El guion mantiene una fidelidad notable al espíritu de la novela de Remarque, centrándose en la progresiva desilusión de los jóvenes reclutas alemanes, desde el idealismo patriótico inculcado por su profesor hasta la brutal realidad de la guerra de trincheras.


Variety (1930) la calificaron como "la mejor película de guerra jamás filmada". Metacritic la sitúa entre las obras maestras indiscutibles del período.

El estreno en Alemania (diciembre de 1930) provocó disturbios en el Mozartsaal de Berlín, llevaron a la prohibición del filme por el gobierno de Weimar "para preservar el orden público". La cinta no volvió a proyectarse legalmente en Alemania hasta 1956.

Lew Ayres, protagonista, quedó tan impactado por el mensaje antibélico que se declaró objetor de conciencia durante la Segunda Guerra Mundial, lo que le costó su carrera temporalmente en Hollywood.

¿Por qué el escudo municipal de Bailén (Jaén) exhibe un cántaro de cerámica agujereado por una bala como símbolo central de uno de sus cuarteles?

Es en alusión directa a la Batalla de Bailén (19 de julio de 1808). Según la tradición local recogida por la Real Academia de la Historia en 1927, durante aquella jornada bélica una mujer bailenense –identificada posteriormente como María Bellido– ofreció agua con un cántaro a los combatientes españoles (en particular al General Reding) en medio del combate, cuando un disparo enemigo rompió la vasija. 
Imagen: Wikipedia.

Lejos de amedrentarse, la aguadora continuó su labor con otro cántaro para aliviar la sed de las tropas, gesto que se convirtió en emblema del coraje colectivo del pueblo de Bailén. Este hecho, junto con la primera victoria sobre el ejército napoleónico, quedó inmortalizado en la heráldica municipal: el cántaro agujereado representa la heroica aportación de la población bailenense (famosa además por su alfarería tradicional) al esfuerzo bélico, mientras que el proyectil que lo atraviesa evoca el fuego enemigo afrontado en aquel episodio. El escudo actual se completa con símbolos militares de la Medalla de Bailén (un águila napoleónica derrotada colgando de sables cruzados, rodeados por la fecha y una corona de laurel de la victoria) en el otro cuartel. Este diseño, originado tras un riguroso dictamen académico en 1927-28, fue adoptado oficialmente por el Ayuntamiento y ratificado por la Junta de Andalucía en 2004, consolidando un blasón único que aúna la memoria histórica local con la tradición heráldica española.


Estado de la cuestión

Las primeras interpretaciones autorizadas provienen de la Real Academia de la Historia (RAH): en 1927 el erudito Vicente Castañeda emitió un informe (publicado en 1928) a petición del Ayuntamiento de Bailén para definir un escudo acorde a la gesta de 1808. Dicho dictamen de la RAH sentó las bases heráldicas actuales, vinculando explícitamente el cántaro roto con la figura tradicional de María Bellido y la heroica labor de las mujeres aguadoras durante la batalla. 

A nivel local, ya en el siglo XIX la hazaña del cántaro había empezado a figurar en la memoria colectiva: el testigo presencial Antonio J. Carrero relató en 1815 cómo “algunas heroicas mujeres” de Bailén, desafiando el fuego, llevaban agua con barriles y cántaros a los soldados, e incluso narra el caso de una que vio su cántaro “quebrado por una bala” y regresó con otro para proseguir su tarea. Sin embargo, el nombre de María (Inés Juliana) Bellido no aparece documentado hasta décadas más tarde; fue durante la visita de Isabel II a Bailén en 1862 cuando se populariza por primera vez el nombre de “Luisa Bellido” vinculado a dicha heroicidad, según crónicas ofrecidas a la reina (posiblemente basadas en la identidad real de una vecina fallecida en 1809).

Monumento María Bellido ubicado en Bailén

A lo largo del siglo XX, investigadores jiennenses profundizaron en el tema separando hechos de leyendas. El Boletín del Instituto de Estudios Giennenses (BIEG) publicó varios estudios clave: en 1978 y 1980 el historiador y cronista militar Manuel López Pérez analizó la biografía de María Bellido y el desarrollo de su mito, confirmando la existencia histórica de una mujer con ese nombre (nacida en Porcuna, casada en Bailén) y su muerte pocos meses después de la batalla, a la par que señalaba la ausencia de recompensas documentadas que la tradición le atribuyó. 

López Pérez distinguió entre la verdadera intervención de las aguadoras (corroborada por fuentes de la época) y la construcción posterior de la figura heroica de María Bellido para equipararla a otras heroínas populares de la Guerra de la Independencia (como Agustina de Aragón). Otro aporte notable fue el de Antonio Aranda Castro (1988), quien identificó en los registros parroquiales el nombre completo María Inés Juliana Bellido Vallejos, corrigiendo confusiones previas sobre su identidad y parentesco. Estos trabajos académicos concluyen que, si bien la “heroína de Bailén” adquirió tintes legendarios en la historiografía local, el núcleo del relato (mujeres bailenenses abasteciendo de agua bajo el fuego enemigo, con al menos un cántaro hecho añicos por una bala) está respaldado por testimonios contemporáneos y, por tanto, se basa en un hecho verídico exaltado posteriormente como símbolo patriótico.

En el campo de la heráldica municipal, la inclusión del cántaro perforado en el blasón de Bailén ha sido documentada por autores como Andrés Nicás Moreno (2011) en su monografía Heráldica municipal de la provincia de Jaén, donde describe el escudo actual, sus colores y elementos, y cita la resolución autonómica que lo oficializó definitivamente. Asimismo, catálogos institucionales (e.g. Registro Andaluz de Entidades Locales) y repertorios históricos del CSIC/RAH han recogido el escudo bailenense, avalando su diseño conforme a las normas heráldicas vigentes. A nivel divulgativo, el Museo de la Batalla de Bailén ha publicado un estudio resumido (Sola-Isidro, 2021) que recorre la evolución histórica del escudo con apoyo de fuentes de archivo y bibliografía académica. En contraste, es frecuente encontrar en la web explicaciones más anecdóticas o poco fundamentadas (blogs, webs turísticas) que repiten la leyenda sin aportar referencias sólidas. 

En resumen, el estado de la cuestión revela un consenso académico sobre el significado del cántaro con bala (vinculado a la gesta de 1808) a la vez que matiza cuánto de ese relato es documental y cuánto es legendario, siendo un caso paradigmático de cómo la memoria histórica local se integra en la simbología cívica.


Evidencia documental y cronología del escudo

La trayectoria del escudo de Bailén refleja las transformaciones políticas desde el Antiguo Régimen hasta la época contemporánea. Antes del siglo XIX, la entonces villa de Bailén carecía de armas propias distintivas y utilizaba las del linaje señorial que la gobernaba: los Ponce de León, Condes de Bailén y Duques de Arcos. Durante siglos, el blasón señorial (un escudo partido con las armas de León y Aragón, más una bordura con escudetes navarros de la casa Vidaurre) figuró en el castillo local y en sellos oficiales, indicando la dependencia jurisdiccional de Bailén bajo esa casa nobiliaria. Esta situación cambió tras la abolición del régimen señorial en el siglo XIX. En 1850, Bailén obtuvo el título de Ciudad por concesión de Isabel II, y comenzó a afirmarse su identidad municipal independiente. Documentos del Archivo Histórico Nacional muestran que hacia 1869 (tras la Revolución Gloriosa) el Ayuntamiento adoptó provisionalmente un escudo propio: aún usaba el escudo ducal de los Ponce de León, pero rodeado de una bordura con la inscripción “Muy Noble y Leal Ciudad de Bailén”, señal de su nuevo estatus constitucional. Este escudo en realidad era un vestigio del pasado señorial, y los tratadistas lo consideraban inapropiado por ser las armas de un linaje particular y no de la ciudad misma.

Imagen: Wikipedia

Durante la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX, Bailén experimentó varias tentativas de dotarse de un escudo más representativo de su historia patriótica. Con motivo del I Centenario de la Batalla de Bailén (1908), se acuñó una medalla conmemorativa que en su reverso mostraba un escudo cuartelado especial, considerado el primer diseño heráldico incorporando el cántaro: en dicho escudo de 1908 (usado luego por el Ayuntamiento hasta 1927) figuraban en el primer cuartel un león rojo en campo de plata y en el segundo los palos de gules en oro –ambos elementos heredados de los Ponce de León–, mientras que el tercer cuartel presentaba un cántaro agujereado en campo de gules y el cuarto un castillo de oro sobre gules. Esta curiosa amalgama unía símbolos señoriales tradicionales (león y palos) con elementos autóctonos alusivos a Bailén: el cántaro roto –que recordaba ya la gesta de 1808– y una torre o castillo, quizá por la fortaleza local o por su condición de ciudad (aunque su significado exacto es impreciso). El escudo se mostraba adornado con ramas de laurel y timbrado con corona real cerrada, reflejando la exaltación patriótica del centenario. A pesar de su valor simbólico, heráldicamente este diseño resultaba recargado y confuso, por mezclar muebles heterogéneos sin un orden lógico definido.

En 1927, el Ayuntamiento de Bailén inició gestiones para normalizar su escudo conforme a las reglas heráldicas y a su historia bélica. La propuesta municipal elevada al Ministerio de la Gobernación pretendía entonces usar, en un escudo ovalado, nada menos que las armas del Reino de España (cuartelado de Castilla, León, Aragón, Navarra, etc.) con una granada en punta, cargando en el centro el cántaro roto, todo ello timbrado de corona real. Esta idea de incorporar las armas nacionales –algo común en la época para ciudades “ilustres”– fue rechazada por la Real Academia de la Historia, encargada de dictaminar sobre la solicitud. En un informe fechado el 7 de enero de 1928, la RAH (a través de Vicente Castañeda) argumentó con claridad que los municipios deben usar símbolos de su propia historia, máxime teniendo Bailén “tan sobrados hechos gloriosos” en su haber, y no apropiarse de escudos reales que inducirían a “confusión histórica”. En consecuencia, la Academia propuso un nuevo blasón centrado en la batalla de 1808: un escudo partido en forma cuadrilonga (no oval, puesto que la forma oval se reservaba tradicionalmente a entidades eclesiásticas), con los atributos de la Medalla de Bailén en un cuartel y el cántaro legendario en el otro. En detalle, la descripción heráldica recomendada fue: en el campo diestro, sobre oro, dos sables de plata enlazados por una cinta roja de la que pende un águila negra (símbolo del águila imperial napoleónica capturada), todo sumado de una corona de laurel y acompañado de una cinta plata con la leyenda “Bailén, 19 de julio de 1808”; en el campo siniestro, sobre gules (rojo), un cantarillo roto de su color natural. Como timbre, se especificó la corona mural de ciudad, en lugar de la corona real, dado que Bailén no perteneció nunca directamente a la Corona como ciudad de realengo (la corona mural, con torres, es además distintivo habitual de los municipios). Este dictamen de la RAH fue aprobado oficialmente y sirvió de base al escudo que el Ayuntamiento adoptó a finales de la década de 1920. De hecho, ya en programas municipales de 1929 aparece en portada el nuevo escudo diseñado según la Academia, en sustitución del anterior cuartelado que aún se veía en publicaciones de 1926.

Cabe señalar una pequeña discrepancia en la implementación: la RAH indicó ubicar los atributos de la medalla en el campo derecho (derecha del escudo, que es izquierda desde el punto de vista del observador) y el cántaro en el campo izquierdo; sin embargo, el escudo finalmente usado por Bailén invirtió estos campos, colocando el cántaro en la diestra del escudo (izquierda del observador) y el águila con sables en la siniestra. Se desconoce si fue por una interpretación literal errónea del informe o una decisión deliberada, pero el resultado heráldico sigue siendo válido y reconocible. Desde entonces, el diseño del escudo de Bailén se ha mantenido esencialmente igual, con ligeros ajustes artísticos.

Finalmente, en la época autonómica, la Comunidad Andaluza estableció por ley (Ley 6/2003) la regularización de los símbolos locales. Bailén, que ya ostentaba su escudo por tradición, tramitó su inscripción oficial. En suma, la cronología documentada del escudo muestra una evolución desde unas armas señoriales heredadas, pasando por intentos decimonónicos y símbolos centenarios, hasta cristalizar en un escudo genuinamente histórico y parlante (por aludir a un hecho concreto) que aúna la identidad local con la gloria nacional de 1808.


Hipótesis explicativas

1. Interpretación histórica ampliada (probable)El cántaro representa, además del acto heroico individual, la importancia de la cerámica bailenense y su transformación en símbolo patriótico tras la batalla. Esta hipótesis es sostenida por algunos historiadores locales: dado que Bailén era conocido por fabricar cántaros y tinajas (industria alfarera de los siglos XVIII–XIX), no es casual que ese mismo objeto común se convirtiera en icono tras 1808. En otras palabras, el cántaro del escudo sirve de vínculo entre la vida cotidiana del pueblo y su momento histórico más glorioso

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La tradición oral indica que muchas mujeres de Bailén aportaron sus propios cántaros domésticos para acarrear agua al campo de batalla. Así, el cántaro agujereado podría interpretarse como un símbolo colectivo: no solo “el de María Bellido” sino el de todas aquellas vasijas de Bailén puestas al servicio de la causa, una especie de homenaje a la comunidad local usando el elemento que era parte de su quehacer diario. Esta lectura se infiere del informe de la RAH cuando señala que el acto del cántaro roto se “amplía a la totalidad de la población” en el auxilio al ejército. Asimismo, algunos autores han resaltado que en la memoria popular bailenense el cántaro simboliza tanto la materia local (barro, agua) como la hazaña histórica, integrando orgullos tanto industriales como patrióticos (Sempere, 1982; Nicás, 2011). Sin salirse del marco documental, esta hipótesis añade profundidad: el cántaro en el escudo sería un emblema multifacético –industrial, cultural y bélico– que los bailenenses adoptaron porque los define en varios niveles. Es una explicación muy verosímil, aunque más interpretativa, apoyada en el contexto económico-social de Bailén.

2. Origen legendario (con matices)¿Pudo ser el cántaro de María Bellido una leyenda construida a posteriori? Cabe plantear la hipótesis crítica de que la historia de la aguadora heroica hubiese sido exagerada o incluso inventada con fines épicos, especialmente al observar que no fue hasta medio siglo después (1862) cuando el nombre “Bellido” apareció ligado al cántaro en documentos conocidos. Algunos historiadores del siglo XX consideraron esta posibilidad: por ejemplo, Manuel López Pérez discutió cómo, tras la Guerra de la Independencia, se tendió a mitificar personajes locales para equipararlos a héroes nacionales (Agustina, Daoíz, etc.), sugiriendo que María Bellido pudo ser “elevada a mito” a partir de hechos más modestos. La narrativa legendaria incluye detalles no confirmados: se decía que la reina Isabel II al conocer la historia en 1862 quedó impresionada y pidió honrar a la familia de la heroína; también se le adjudicó a María el apelativo popular de “La Culiancha” y se especuló con recompensas que nunca se documentaron (como una pensión vitalicia otorgada por el rey, extremo no probado). Sin embargo, las investigaciones posteriores desmontan en parte la idea de una invención completa. Gracias a Aranda (1988) sabemos que María Inés Juliana Bellido existió realmente y estuvo casada con un bailenense, lo que coincide con la “María Bellido” de la tradición. Además, la propia crónica de 1815 de Carrero –anterior a cualquier manipulación romántica– ya recogía la anécdota central del cántaro roto y del general agradecido, lo que da un fuerte sustento factual a la leyenda. 

General Teodoro Reding von Biberegg

Por tanto, la hipótesis legendaria se matiza así: la heroicidad del cántaro no es un mito ficticio, sino un hecho real que, con el tiempo, fue adornado con nombres y detalles novelescos. En el escudo, desde luego, se plasma la versión glorificada: se menciona a María Bellido como protagonista en los textos oficiales, aunque la RAH prudentemente dijo “el cantarillo… que la tradición atribuye a María Bellido”, reconociendo que es una atribución tradicional. En conclusión, si bien hubo cierta construcción legendaria (en la identidad nominal de la heroína y su fama póstuma), la presencia del cántaro y la bala en el escudo se basa en un suceso histórico auténtico que trascendió en forma de símbolo. La leyenda añade color, pero no inventa el hecho, por lo que esta hipótesis refuerza más que contradice el sentido del escudo, aconsejando simplemente discernir entre el núcleo real y la floritura narrativa.


Bibliografía

  • Castañeda, Vicente (1928). “Escudo de armas de la ciudad de Bailén.” Boletín de la Real Academia de la Historia, Tomo XCII, Cuaderno I (enero-marzo 1928), pp. 35–36. – Informe académico publicado que recoge el dictamen emitido por la RAH en 1927 sobre el escudo de Bailén. Castañeda describe el escudo propuesto (partido con la medalla y el cántaro) y justifica la elección de símbolos locales en lugar de las armas reales. Incluye la explicación tradicional de María Bellido y enfatiza los honores concedidos a la ciudad. Es una fuente primaria fundamental, pues sienta la base oficial del blasón municipal. Disponible en archivos digitalizados de la RAH (p. ej. Archive.org).

  • Sola-Isidro Olmo, Francisco Luis (2021). “El escudo de Bailén: Breve recorrido por su historia.” Locvber: Revista de Estudios Locales, Nº 5, pp. 101–107. – Artículo de revista local (museo de la Batalla de Bailén) con rigor histórico, que resume la evolución del escudo desde el siglo XIX hasta hoy. Aporta datos de archivo (sellos municipales de 1876 en AHN) y menciona los distintos diseños usados: escudo señorial Ponce de León, escudo del centenario 1908, informe de 1927, etc. Destaca la simbología del cántaro roto vinculado a María Bellido y a la industria alfarera, así como la composición de la Medalla de Bailén en el escudo. Incluye fotografías de sellos y escudos antiguos. Es de acceso abierto vía la web del Museo (PDF).

  • Nicás Moreno, Andrés (2011). Heráldica municipal de la provincia de Jaén. Jaén: Fundación Caja Rural de Jaén, pp. 77–78. – Compendio monográfico que recoge y describe los escudos de todos los municipios jiennenses. La entrada sobre Bailén (p. 77) ofrece el blasonamiento oficial completo del escudo en términos heráldicos (coincidente con la descripción del BOJA 2004), e informa de la resolución de inscripción en 2004. También resume brevemente la interpretación: menciona la hazaña de María Bellido (aunque sin detallar fuentes) y la medalla de Bailén como origen de los símbolos. Es útil como referencia normalizada y confirmación de la oficialidad del escudo; sin embargo, su contenido interpretativo es limitado.

  • López Pérez, Manuel (1978, 1980). “María Luisa Bellido, la heroína de Bailén.” Publicado en dos versiones: Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, nº 96 (1978), y Revista de Historia Militar, nº 49 (1980), pp. 59–80. – Investigación académica extensa sobre la figura de María (Luisa) Bellido y la veracidad de su leyenda. El coronel e historiador Manuel López recopila documentos históricos (partidas bautismales, registros militares, crónicas de época) para trazar la biografía de Bellido y contextualizar su participación en la batalla. Concluye que María Bellido existió y estuvo presente en Bailén, pero matiza que su fama fue amplificada posteriormente. Por ejemplo, señala que ninguna mención nominal aparece en 1808-1809, aunque Reding sí atendió a una aguadora anónima. También explora cómo se fue incorporando su nombre en la tradición local (incluyendo la visita real de 1862). Esta obra, en sus dos versiones, aporta la base historiográfica para distinguir historia y mito, algo crucial para interpretar correctamente el cántaro del escudo. No contiene mucho sobre el escudo en sí, pero sí sobre el suceso que lo inspira. Disponible en Dialnet; el texto de RHM 1980 puede obtenerse en la Biblioteca Virtual de Defensa.

  • Aranda Castro, Antonio (1988). “María Inés Juliana Bellido Vallejos: La heroína de Bailén.” Boletín del I.E. Giennenses, nº 134, pp. 25–30. – Breve pero importante artículo donde un investigador (sacerdote e historiador local) identifica documentalmente a la verdadera María Bellido. Aranda localiza la partida de matrimonio de “María Inés Bellido” con un bailenense, descubriendo que en realidad se llamaba así y no María Luisa (corrigiendo a López Pérez). Presenta datos genealógicos de sus padres y hermanos, clarificando la identidad de la “heroína”. El autor explícitamente no entra a discutir la leyenda bélica –da por hecho su rol– sino que aporta certeza sobre quién fue, nacida en Porcuna en 1755. Esta pieza complementa a López Pérez y juntos solidifican la base factual. Relevante para nuestra investigación porque ancla el símbolo (cántaro) a una persona histórica identificable, dando más peso al carácter real del evento tras el emblema.

  • Carrero, Antonio José (1815, reimp. 1897). Baylén. Descripción de la batalla y auxilios que en ella dieron los vecinos. Jaén: Imprenta de Ramón Rodríguez (1815); edición facsimilar con notas de Alfredo Cazabán (Ayto. de Bailén, 1897). – Folleto contemporáneo a la guerra, escrito por un testigo presencial bailenense. Es la fuente primaria clave que narra la actuación de los vecinos en la batalla. En sus páginas, Carrero elogia a los habitantes por su abnegación y describe la escena de las mujeres llevando agua, incluyendo la célebre anécdota del cántaro roto por una bala y remplazado rápidamente. Este relato se publicó solo siete años después de la batalla, lo que lo hace muy fiable. La edición original es rarísima; afortunadamente fue reeditada en 1897 con comentarios. Citas de esta obra aparecen en estudios posteriores (Cazabán, 1915; López, 1980). Para nuestra investigación, confirma que el símbolo del escudo se basa en un hecho contado de primera mano.

  • Maldonado Galindo, Antonio J. (2021). “19 de julio de 1808: Población Bailén (Provincia: Sevilla)”. Locvber, Vol. 5, pp. 75–90. – Artículo reciente que explora la mitificación de la batalla de Bailén, incluyendo cómo Sevilla intentó atribuirse parte de la gloria. Interesa aquí porque menciona la “sevillanización del mito de Bailén” y cómo finalmente Jaén y Bailén reivindicaron su propia narrativa. Trae a colación la reedición de Carrero en 1897 por Alfredo Cazabán. Aunque se centra en la rivalidad entre Juntas, proporciona contexto sobre la conciencia provincial de la gesta. Es útil en nuestro estudio para entender por qué tardó medio siglo en consolidarse el relato local (Sevilla inicialmente eclipsó la contribución bailenense). Esta fuente complementa la comprensión del trasfondo socio-político que influyó en la construcción del símbolo del cántaro.

  • Pardo de Guevara y Valdés, Eduardo (2020). “Criterios heráldicos y vexilológicos para la heráldica territorial española.” En Actas de las V Jornadas de Heráldica y Vexilología Territoriales, Madrid: Ed. Hidalguía, pp. 17–34. – Ponencia teórica de un reconocido heraldista (miembro de la RAH) que expone principios generales para la creación y aprobación de escudos municipales en España. Si bien no habla de Bailén específicamente, ilumina las reglas y prácticas que también se aplicaron en nuestro caso: por ejemplo, la preferencia por hechos propios de la localidad en la elección de figuras del escudo, o el uso de la corona mural vs. corona real según la historia municipal. Pardo de Guevara enfatiza la necesidad de fundamentación histórica en la heráldica territorial, lo que respalda metodológicamente el proceso seguido en Bailén. Lo citamos para dar marco conceptual a la actuación de la RAH en 1927 y a la conformidad del escudo con dichos criterios académicos.

  • López Arandia, Mª Ángeles (2016). “En tierra de señores: Los Ponce de León y el condado de Bailén en la Edad Moderna.” Chronica Nova, nº 42, pp. 313–341. – Artículo de historia moderna que estudia la posesión señorial de Bailén por los Ponce de León. Aunque anterior cronológicamente a nuestros eventos, resulta pertinente porque explica la herencia heráldica inicial de Bailén (escudo de los duques de Arcos) y cómo la identidad local estaba supeditada al régimen nobiliario hasta el siglo XIX. Comprender la relación feudo-vasallática es clave para apreciar por qué tras la independencia y las reformas liberales Bailén necesitó forjar nuevos símbolos propios. La autora detalla la evolución jurisdiccional y los privilegios del condado de Bailén, proporcionando trasfondo para la transición de escudo señorial a escudo constitucional. Se incluye en la bibliografía para completar la perspectiva histórica de largo plazo de la ciudad.

  • VV.AA. (2004). Boletín Oficial de la Junta de Andalucía, nº 208 (25/10/2004), p. 24150. – Publicación oficial que contiene la Resolución 28-9-2004 de inscripción del escudo y bandera de Bailén. Es la fuente legal definitiva donde aparece la descripción literal del escudo (ya citada íntegramente en la sección de cronología). Su valor principal radica en confirmar la validez jurídica y vigencia del blasón tal como se venía usando por tradición. Además, menciona la base legal (Ley 6/2003 de Símbolos de Entidades Locales) y el expediente histórico aportado por el Ayuntamiento, asegurando que el escudo se fundamente en el uso continuado y en un estudio histórico. Este documento, aunque administrativo, es prueba de cómo se preservó la fidelidad al diseño de 1927 en el siglo XXI, y sirve como referencia para verificar datos técnicos (colores, proporciones) del escudo.

Enlaces de repositorios y acceso: La mayoría de las obras citadas están disponibles en repositorios digitales abiertos. Por ejemplo, el Boletín de la RAH de 1928 puede consultarse en Archive.org; el artículo de Sola-Isidro (2021) está accesible en línea vía Museo de Bailén; los trabajos de López Pérez y Aranda se hallan en Dialnet (algunos con descarga PDF); el BOJA 2004 es público en la web de la Junta de Andalucía. Las citas incorporadas en el texto remiten a la página exacta o fragmento donde se aborda el cántaro y la bala, garantizando la trazabilidad de cada afirmación. De este modo, la bibliografía no solo documenta las fuentes utilizadas sino que permite al lector corroborar fácilmente la información clave sobre el escudo de Bailén y su singular símbolo del cántaro atravesado.

domingo, 8 de febrero de 2026

No mires arriba (Don't Look Up, 2021)

Nominada al Óscar a Mejor Montaje y Mejor Banda Sonora Original (2022); nominada a Mejor Película en los Globos de Oro, Critics' Choice y otras ceremonias; una de las películas más vistas en la historia de Netflix (más de 260 millones de horas vistas en sus primeras semanas).

  • Director y guionista: Adam McKay (coescrito con David Sirota)  
  • Género: Comedia negra satírica / Drama apocalíptico / Farsa política  
  • Elenco principal: Leonardo DiCaprio (Dr. Randall Mindy), Jennifer Lawrence (Kate Dibiasky), Meryl Streep (Presidenta Janie Orlean), Jonah Hill (Jason Orlean), Mark Rylance (Peter Isherwell), Cate Blanchett (Brie Evantee), Tyler Perry (Jack Bremmer), Timothée Chalamet (Yule), Ariana Grande (Riley Bina).


Una satírica de la sociedad moderna. Ya no somos capaces de gestionar la realidad si no viene en un clip de 15 segundos o en un titular de noticias matutino con colores brillantes.

Lo que somos: incapaces para priorizar lo importante frente a lo urgente (o lo banal).

El guion construye un acumulación de detalles realistas y exageraciones calculadas, inspirándose en el periodismo político contemporáneo y en la cobertura mediática de crisis científicas.

A pesar de las divisiones críticas, retrospectivamente se considera una de las sátiras políticas más influyentes y vistas de la década de 2020, especialmente por su paralelismo con la respuesta global a crisis científicas y climáticas.

El título “Don't Look Up” no solo alude al eslogan negacionista dentro de la ficción, sino que también evoca el mecanismo psicológico de la disociación: mirar hacia abajo (teléfonos, redes, entretenimiento) para no enfrentar la realidad catastrófica. 

martes, 3 de febrero de 2026

La expedición española a Camboya de 1596: la Jornada de Camboya Un episodio olvidado de la expansión hispánica en Asia

La Jornada de Camboya de 1596 es uno de los episodios más fascinantes y, a la vez, menos conocidos de la expansión española en Asia. Se trató de un intento de la Monarquía Hispánica por conquistar el reino de Camboya en apoyo del rey local Satha I y su heredero legítimo. Esta expedición, concebida como una empresa militar y diplomática, tuvo lugar en el contexto más amplio de la presencia española en el sudeste asiático a finales del siglo XVI, cuando Filipinas servía de base de operaciones para la proyección hispánica en la región. La aventura en Camboya ha permanecido relativamente al margen de la historiografía tradicional, eclipsada por campañas más conocidas en América o incluso en otras partes de Asia.

Filipinas y las ambiciones españolas en el sudeste asiático

Imagen: Gestas de España (Facebook).
Para comprender la expedición a Camboya es necesario situarla en el contexto de la expansión española en Asia tras la conquista de Filipinas. En 1565 se había logrado establecer una ruta de galeones entre Acapulco y Manila, consolidando la presencia española en Filipinas y asegurando comunicaciones regulares con América. Esta estabilidad alentó el ímpetu de algunos conquistadores y gobernadores para soñar con crear un imperio asiático paralelo al americano, llevando la fe y el poder español a nuevos territorios más allá de las islas filipinas. Sin embargo, esos proyectos enfrentaron numerosos desafíos: por un lado, las tensiones con los portugueses (que hasta 1580 controlaban la mayor parte de las rutas asiáticas) y, por otro, la aparición de nuevas amenazas en la región, como los piratas chinos, las primeras incursiones de holandeses e ingleses, y las ambiciones expansionistas de Japón.

Felipe II mantenía una política oficial de cautela en Asia, privilegiando las alianzas comerciales y la evangelización pacífica sobre la conquista militar abierta. De hecho, el monarca llegó a instar a sus gobernadores coloniales a mantener buenas relaciones con los reinos vecinos siempre que fuera posible. No obstante, en el terreno, varios gobernadores españoles actuaron por iniciativa propia para extender los dominios hispanos. Un ejemplo temprano fue la campaña de 1578 contra Borneo: Francisco de Sande, entonces gobernador de Filipinas, ocupó brevemente la capital de Brunéi por la fuerza. Aquella victoria resultó efímera (los españoles se retiraron y el sultán retomó el poder poco después).

Hacia finales del siglo XVI, tras la unión dinástica de España y Portugal (1580-1640), se facilitó que proyectos de expansión hispana en Indochina se plantearan con mayor seriedad, al ya no existir una rivalidad directa con Portugal en Asia. Diversos planes se discutieron en esos años: algunos proponían atacar el poderoso reino de Siam (Tailandia) para desde allí avanzar sobre Camboya, Cochinchina (sur de Vietnam) e incluso abrir ruta hacia China. El obispo Domingo de Salazar, por ejemplo, llegó a sugerir en la década de 1580 que la conquista de Siam podía servir de “punta de lanza” para cristianizar buena parte de Asia continental. Aunque muchas de estas ideas nunca pasaron del papel, revelan el clima de ambición que se vivía en Filipinas. La llegada de tropas castellanas hasta Camboya en 1596, por exótica que pareciera, fue fruto de una serie de circunstancias y planes gestados en Manila tanto por motivos religiosos como estratégicos. Como apuntan los historiadores modernos, la Jornada de Camboya no fue un episodio aislado, sino que se inserta dentro de un conjunto de proyectos expansionistas que los españoles concebían para afianzarse en el continente asiático a finales del siglo XVI.

 


 

El reino de Camboya y su llamada de auxilio (1593-1594)

Mientras en Manila se valoraban esas ansias de expansión, el escenario en el sudeste asiático continental ofreció una oportunidad inesperada. El reino de Camboya (también conocido como imperio jemer) llevaba décadas en crisis por la presión de su vecino occidental, el poderoso reino de Siam (Ayutthaya). Desde principios del siglo XVI Camboya libraba duras guerras contra Siam y había perdido territorios y población; la antigua capital Angkor fue abandonada tiempo atrás y el centro del reino se había desplazado hacia la nueva capital Longvek (cerca de la actual Phnom Penh). Hacia 1580, el rey Preah Satha I (conocido en las fuentes españolas como Aprán Lángara o simplemente Satha) gobernaba Camboya, enfrentándose tanto a la amenaza recurrente siamesa como a incursiones de piratas malayos e incluso la llegada de comerciantes occidentales. Satha, consciente de la escasa capacidad militar de su reino frente a Siam, buscó apoyo externo. Primero acudió a los portugueses de Malaca en los años 1580, pidiendo ayuda contra los siameses; esta gestión resultó infructuosa o muy limitada.




Fue finalmente en 1593 cuando Camboya lanzó un llamado desesperado a Manila. Ese año, el rey de Siam Naresuan lanzó una ofensiva final contra Camboya, aprovechando que también combatía a los birmanos en otro frente. Anticipando el ataque, el rey Satha I buscó aliarse con los únicos europeos con presencia cercana: los españoles establecidos en Filipinas. Envió embajadores a Manila con regalos (incluso dos elefantes) y cartas solicitando ayuda militar al gobernador español a cambio de amistad y vasallaje al rey Felipe II. Curiosamente, entre los enviados camboyanos se encontraba un aventurero español que ya servía como soldado al rey jemer: Blas Ruiz de Hernán González, oriundo de Ciudad Real, quien junto a un portugués llamado Diogo Veloso (o Diego Belloso, según las crónicas españolas) había entrado al servicio de Camboya poco antes. Estos hombres, junto a un tercer español, Gregorio Vargas Machuca, actuaban como asesores militares y posiblemente guardaespaldas de Satha I. La presencia de estos aventureros occidentales en la corte jemer refleja cómo Camboya “puso sus ojos” en los ibéricos en busca de apoyo.

En Manila, el entonces gobernador Gómez Pérez Dasmariñas (un veterano soldado gallego) recibió la embajada camboyana en 1593. Si bien la oferta de Satha —someterse como vasallo a Felipe II a cambio de auxilio contra Siam— era tentadora en términos de expansión territorial, Gómez Pérez actuó con prudencia. Rehusó firmar una alianza formal con Camboya y se limitó a ofrecerse como mediador entre Camboya y Siam. Según varias fuentes, Dasmariñas estaba más preocupado por su inminente expedición contra los holandeses en las Molucas (Ternate) y temía enemistarse con los poderosos reyes de Siam iniciando una guerra abierta. Esta decisión de no apoyar de inmediato a Camboya fue criticada posteriormente; décadas más tarde el cronista Hernando de los Ríos Coronel juzgaría que no aprovechar aquella oportunidad de alianza fue un grave error estratégico, pues una Camboya aliada habría sido muy provechosa para España en la región.
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Aun así, Gómez Pérez Dasmariñas no ignoró del todo la petición. Según crónicas, envió discretamente al portugués Diogo Veloso a Camboya para evaluar la situación e incluso asistir al rey Satha. Veloso zarpó antes de que la guerra estallara. En julio de 1593 las fuerzas siamesas invadieron con más de 100.000 hombres. Longvek, la capital camboyana, cayó en julio de 1594 tras feroces combates, marcando la victoria de Siam. El rey Satha I huyó hacia Laos (según algunas versiones logró escapar, según otras fue capturado y ejecutado; la suerte final de Satha es confusa). En su lugar, los siameses impusieron como nuevo monarca a Ram Mahapabitr (también mencionado como Preah Ram en cronologías locales), un príncipe camboyano vasallo de Siam que servía de títere para ocupar el trono vacío.

Durante la caída de Longvek, Veloso, Blas Ruiz y otros occidentales fueron hechos prisioneros por las fuerzas de Siam, que veían en ellos a potenciales instigadores de futuras rebeliones. Junto a Veloso y Ruiz cayeron presos sus compañeros Vargas Machuca, Pantaleón Carnero y Antonio Machado, todos atrapados por los invasores tailandeses. Sin embargo, estos aventureros demostraron ingenio y audacia para salvar sus vidas y volver a la lucha. 

Veloso y Vargas Machuca lograron ganarse la confianza del rey siamés alegando que podían conseguir más armas de fuego para Camboya: convencieron a Naresuan de enviarlos a Manila a comprar arcabuces y pólvora, con la promesa de regresar. Una vez liberados con ese pretexto y de camino a Manila, naturalmente se fugaron en cuanto pisaron territorio español. Por su parte, Blas Ruiz y los demás españoles aprovecharon un descuido en su custodia: se apoderaron del barco (junco) que los transportaba como prisioneros y huyeron río abajo, escapando de sus captores. De este modo novelesco, hacia fines de 1594 tanto Veloso como Blas Ruiz y los demás supervivientes lograron reunirse en Manila. Su odisea personal —escapando de una muerte casi segura— reforzó en ellos la convicción de que Camboya podía recuperarse con ayuda hispana. Y lo más importante: ahora estaban en posición de presionar al gobierno colonial español para que actuara en Camboya, presentándose como testigos de las injusticias siamesas y portavoces del legítimo rey en el exilio.

 

Preparativos de la Jornada de Camboya (1595-1596)

El panorama en Manila a finales de 1594 había cambiado notablemente. Gómez Pérez Dasmariñas murió en octubre de 1593 (asesinado durante su expedición a Ternate), dejando el mando a su joven hijo Luis Pérez Dasmariñas. Luis, de apenas 25-26 años, asumió como gobernador interino de Filipinas con el mismo espíritu militar que su padre. De hecho, Luis Pérez Dasmariñas era aún más proclive a la acción: estaba decidido a retomar los planes de expansión pendientes. Entre sus objetivos figuraba no solo Camboya, sino también los “reinos comarcanos” de Champá (Champa, en la costa del actual Vietnam) y Siam. Siguiendo esa visión ambiciosa, Luis acogió con entusiasmo las noticias traídas por Veloso y Blas Ruiz. El regreso de estos hombres con detalles de la guerra en Camboya y la promesa de que el rey Satha (o su heredero) seguía dispuesto a colaborar con España, avivó en Luis Pérez Dasmariñas el deseo de intervenir decididamente.

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Ya a inicios de 1595, Luis Dasmariñas envió un primer gesto de apoyo: comisionó al capitán Diego de Villanueva para que llevase a Camboya una pequeña fuerza adelantada. Villanueva zarpó en febrero de 1594 con algunos hombres, posiblemente con la misión de contactar a Satha o sus aliados. No obstante, al llegar encontró la situación adversa: la capital ya había caído y los camboyanos leales estaban dispersos. Villanueva terminó uniéndose a Veloso en Laos, donde el depuesto rey Satha se había refugiado, y tras constatar la imposibilidad de revertir la derrota sin mayor apoyo, regresó a Manila junto a él. Este fracaso inicial reforzó la idea de que era necesaria una expedición de mayor envergadura.

Luis Pérez Dasmariñas
Durante 1595 se hicieron los preparativos para lo que sería la gran jornada de Camboya. Luis Pérez Dasmariñas organizó una pequeña flotilla de tres navíos, compuesta por un galeón y dos juncos (embarcaciones asiáticas de vela). Al mando general puso a Juan Juárez Gallinato (también llamado Juan Suárez Gallinato en algunas fuentes). Gallinato era un experimentado militar originario de las Islas Canarias, en quien se confiaba por su valentía y cabeza fría. De hecho, Luis le otorgó amplios poderes para que decidiera libremente el curso de la misión, incluso autorizándolo a negociar directamente con el rey de Siam si fuera necesario. Oficialmente, Gallinato partía como “embajador” ante Camboya, portando cartas y obsequios, pero sus naves iban preparadas para la guerra.

La tripulación de la expedición era heterogénea, reflejo del crisol de gente en Manila. Se alistaron unos 120 soldados españoles, incluyendo tanto peninsulares (castellanos) como criollos de América. A ellos se sumaron numerosos auxiliares filipinos nativos, así como mercenarios japoneses convertidos al cristianismo (los célebres samuráis cristianos que a veces servían en las fuerzas españolas de Filipinas). También se unió a la expedición el provincial de la orden dominica en Filipinas, fray Alonso Ximénez, acompañado de algunos misioneros. Su presencia indicaba la intención evangelizadora que subyacía al proyecto: se esperaba poder introducir el cristianismo en Camboya una vez asegurada la paz. Por último, como pieza clave iban a bordo Blas Ruiz y Diogo Veloso, conocedores del terreno y verdaderos artífices de la empresa. Vale la pena señalar que las finanzas de la expedición fueron en parte cubiertas por Luis Pérez Dasmariñas de su bolsillo, usando la herencia de su padre –lo que muestra hasta qué punto este gobernador joven estaba empeñado en Camboya.

Tras meses de preparativos, la flota zarpó de Manila en enero de 1596. Comenzaba así la Jornada de Camboya propiamente dicha. Tres barcos con bandera castellana surcaron el Mar de China rumbo al oeste, cargando no solo pertrechos de guerra sino también grandes expectativas. Para los españoles, aquello significaba llevar su dominio a la “tierra firme” asiática por primera vez; para Veloso, Blas Ruiz y los camboyanos exiliados, era la oportunidad de restaurar a su rey y vengar la afrenta siamesa.

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Desarrollo de la Jornada de Camboya (1596-1597)

La travesía desde Filipinas hasta Camboya podía tomar varias semanas y estaba sujeta a los vaivenes del clima tropical. Desafortunadamente, una tormenta dispersó la pequeña flotilla poco después de salir de Manila. El galeón comandado por Gallinato se desvió de la ruta, quedando rezagado, mientras los otros dos barcos (los juncos dirigidos por Veloso y Blas Ruiz) continuaron navegando juntos. Gallinato acabó arrastrado hacia el sur, viéndose obligado a refugiarse temporalmente en las cercanías de Singapur para reparar daños. Esta separación tendría consecuencias críticas en el desarrollo de los acontecimientos, pues Veloso y Ruiz llegarían a Camboya sin su comandante y tomarían decisiones por su cuenta.

En abril de 1596, los dos juncos hispano-camboyanos finalmente arribaron a la costa de Camboya, entrando por la desembocadura del río Mekong. Subieron por el Mekong hasta las cercanías de Phnom Penh (llamada Churdumuco o Chordemuco en las fuentes castellanas de la época). Allí se enteraron de la situación política tras la guerra: el trono estaba ocupado por Ram Mahapabitr, antiguo vasallo de Satha puesto en el poder por Siam. Veloso y Blas Ruiz se presentaron inicialmente ante las autoridades locales como aliados llegados para ayudar contra los tailandeses, intentando usar la diplomacia para ganarse la confianza del rey títere. Al comienzo fueron recibidos con cautela pero sin hostilidad abierta, por lo que los españoles se instalaron en Phnom Penh esperando la llegada de Gallinato para planear los pasos siguientes.
 



Sin embargo, la desconfianza pronto comenzó a crecer. La presencia de soldados extranjeros armados inquietó a muchos en Camboya. En particular, cierta colonia de mercaderes chinos en Phnom Penh percibió a los españoles como una amenaza. Según las crónicas, estalló un incidente violento cuando un contingente de hasta 2.000 chinos armados intentó atacar o expulsar a los recién llegados, obligando a Veloso y Ruiz a repeler la agresión por la fuerza. Este enfrentamiento dejó claro que la situación era tensa: los españoles habían llegado pretendiendo ayudar, pero para algunos locales ya parecían intrusos peligrosos. Preocupado por la imagen que proyectaban, fray Alonso Ximénez (el dominico acompañante) aconsejó a Veloso y Ruiz buscar una audiencia con el rey para explicarle sus verdaderas intenciones y disculparse por el altercado.

Atendiendo al consejo, un grupo de españoles y aliados filipinos viajó río arriba hasta la localidad de Srei Santhor, donde residía la corte de Ram Mahapabitr. No obstante, lejos de ser recibidos con honores, los enviados fueron tratados con suma frialdad. Básicamente quedaron bajo vigilancia armada, casi como rehenes, sin que el rey títere accediera a escucharlos formalmente. Temiendo por su seguridad, Veloso y Blas Ruiz (que encabezaban la misión) decidieron planear una retirada sigilosa. En la noche, aprovecharon la laxitud de los guardias para escapar discretamente de sus alojamientos en Srei Santhor.

Al huir de la corte, los españoles descubrieron algo inesperado: el palacio real apenas estaba custodiado. Esto les reveló una oportunidad audaz. Diogo Veloso propuso entonces dar un golpe de mano aprovechando la oscuridad: asaltar el palacio, capturar al rey usurpador Ram Mahapabitr y liberar Camboya de la dominación siamesa de un solo golpe. La sugerencia era extremadamente arriesgada dada la inferioridad numérica de sus fuerzas, pero Veloso y Ruiz eran hombres temerarios. Reunieron a sus soldados (seguramente un puñado de españoles, filipinos y japoneses, quizá varias decenas en total) y lanzaron un ataque sorpresa contra el recinto real en la madrugada.

El asalto fue rápido y violento. Tomando por sorpresa a la guardia, los hispano-camboyanos lograron irrumpir en el palacio real de Srei Santhor. En la refriega consiguieron herir de muerte al monarca Ram Mahapabitr, eliminando así al gobernante impuesto por Siam. No alcanzaron a capturarlo con vida –el plan era apresarlo– pero el resultado práctico fue similar: el rey títere quedó fuera de juego (murió poco después a causa de sus heridas) y el poder en Camboya entró en un vacío repentino. Tras cumplir su objetivo principal, Veloso, Blas Ruiz y sus hombres se retiraron rápidamente antes de ser rodeados, llevándose consigo algunas armas y tal vez símbolos reales. A pesar del caos causado, pudieron escapar ilesos y regresar a Phnom Penh, donde aguardaba el resto de su tropa.


 
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Esta osada acción militar cambió dramáticamente la situación. De facto, los españoles y sus aliados habían descabezado al gobierno colaboracionista de Camboya en abril-mayo de 1596. Pero ahora ¿Qué seguía? Aún no contaban con Gallinato ni con suficientes efectivos para controlar el país por sí solos. Para colmo, Juan Gallinato llegó a Camboya poco después sin saber nada de lo ocurrido. Cuando finalmente Gallinato se reunió con Veloso y Ruiz (posiblemente en Phnom Penh semanas más tarde), se encontró con un panorama inesperado: el rey al que supuestamente venían a apoyar (Satha) seguía exiliado lejos, el rey en el trono había sido eliminado por sus propios hombres, y toda la región estaría en vilo esperando la respuesta siamesa. Era, en esencia, una situación revolucionaria que ofrecía un tentador vacío de poder. Blas Ruiz y Veloso instaban a aprovechar el momento: proponían marchar de inmediato sobre la capital para reinstalar a Satha I (o a su heredero) en el trono con apoyo militar español, antes de que Siam reaccionara. Algunos nobles camboyanos favorables a Satha incluso acudieron al campamento español para ofrecer su ayuda en esa empresa, prometiendo tropas locales si los españoles actuaban. Según testimonios contemporáneos, existía la posibilidad real de que, con un golpe decisivo, Manila pudiera hacerse con el dominio no solo de Camboya sino de gran parte de Indochina a través de un gobierno títere legítimo respaldado por armas castellanas.

Sin embargo, en ese momento crucial Gallinato tomó una decisión inesperada: no continuar la campaña de conquista. Argumentando que la empresa era demasiado peligrosa con las fuerzas disponibles y que los víveres empezaban a escasear, el comandante español ordenó retirada en lugar de avanzar sobre la anárquica Camboya. Gallinato temía que toda la población se alzase contra ellos si intentaban imponerse por la fuerza, dada la fragilidad de su situación estratégica. Esta postura fue muy criticada por Blas Ruiz y otros oficiales, que querían aprovechar la oportunidad única. Pero Gallinato, investido de autoridad suprema, se mantuvo firme. En vez de conquistar Camboya directamente, decidió que lo prudente era buscar aliados regionales antes de proceder. Así, la expedición española abandonó Phnom Penh y navegó hacia la costa nuevamente.

En su repliegue, Gallinato dirigió sus barcos hacia la cercana región de Cochinchina (sur de Vietnam), con la esperanza de recabar apoyo del rey local o de comunidades cristianas allí asentadas. Lamentablemente, esos intentos diplomáticos en Vietnam fracasaron: ninguna potencia regional estaba dispuesta a involucrarse en el caos camboyano de la mano de los españoles. Tras perder tiempo valioso y con la moral mermada, la expedición de Gallinato se disolvió a finales de 1596. Gallinato resolvió regresar a Filipinas con sus hombres, dado que el objetivo inicial (ayudar al rey legítimo) no podía cumplirse inmediatamente y la temporada de monzones dificultaba permanecer más tiempo.



Antes de partir definitivamente, Gallinato decidió cumplir la misión diplomática original: establecer contacto con el rey Satha I o su familia para explicar lo sucedido. Con ese fin, se dirigió a Laos, donde las últimas noticias situaban al monarca exiliado. Al llegar, encontró que el anciano Satha I había fallecido poco tiempo atrás, debilitado por la derrota y el exilio. Gallinato entonces buscó al joven Príncipe Prauncar (también llamado Barom Reachea II en las fuentes, hijo de Satha), quien residía en Laos protegido por la corte local. En una reunión que combinaría lo diplomático y lo militar, Gallinato animó al príncipe heredero a reclamar el trono de Camboya y le aseguró que contaría con ayuda española para ello. Se acordó que Veloso y Blas Ruiz permanecerían en la región para apoyar a Prauncar, mientras Gallinato regresaría a Manila a informar y buscar refuerzos. Así, a mediados de 1597 Juan Gallinato arribó de vuelta a Manila con los restos de la expedición inicial. Llevaba consigo relatos detallados de la “jornada” para presentar al nuevo gobernador y al rey de España, incluyendo las cartas originales de Satha y los informes de la épica (y fallida) campaña. Cabe mencionar que uno de sus hombres, Miguel de Jaque de los Ríos, se ofreció voluntariamente a viajar hasta España llevando los informes de Camboya para Felipe II, viaje que realizó vía la India portuguesa y logró completar tras grandes peligros.


Nuevos intentos y trágico desenlace (1597-1599)

Aunque Gallinato consideró la misión terminada por el momento, Blas Ruiz y Diogo Veloso no estaban dispuestos a renunciar a Camboya. Estos dos aventureros, con algunos soldados españoles, filipinos y japoneses que optaron por quedarse, se mantuvieron en Laos y sus alrededores esperando una oportunidad para acometer de nuevo la conquista. Dicha oportunidad llegó pronto: con la bendición del joven príncipe Barom Reachea II (Prauncar), Veloso y Ruiz organizaron un segundo intento de restaurar el reino. En octubre de 1596, apenas unos meses después de la partida de Gallinato, escoltaron al heredero camboyano de regreso a su patria. Reunieron a su alrededor a leales jemeres que aún apoyaban a la dinastía legítima, así como a los efectivos ibéricos que quedaban. En una rápida campaña guerrillera lograron tomar fortalezas y, finalmente, en mayo de 1597 entraron en Camboya reinstaurando al príncipe Barom Reachea II como rey. Camboya, por un breve periodo, volvió a estar gobernada por la dinastía de Satha gracias al filo de las espadas de Veloso y Ruiz.

El nuevo rey, agradecido, nombró a los dos occidentales como gobernadores de provincias: Veloso fue designado gobernador de la región de Ba Phnum y Blas Ruiz de la de Treang, posiciones desde donde podían ejercer autoridad militar y civil sobre amplias zonas. Asimismo, Barom Reachea II concedió a los españoles permiso para introducir misioneros católicos libremente, lo cual se veía como el primer paso para una posible incorporación del reino a la esfera hispánica en calidad de protector o aliado subordinado. En esos momentos (1597), parecía que el sueño de una Camboya hispano-cristiana estaba cerca de realizarse. Ruiz y Veloso escribieron cartas triunfales a Manila y a Malaca pidiendo apoyo para consolidar el reino recién recuperado, seguros de que España no dejaría pasar la ocasión.


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No obstante, el panorama interno de Camboya seguía siendo precario. La guerra civil y la invasión reciente habían dejado al país sumido en el caos, con facciones enfrentadas y ciudades arruinadas. Muchos nobles camboyanos veían con recelo a los extranjeros que ahora ocupaban puestos de poder. Entre quienes se mostraban hostiles destacaba Okhna Laksamana, un almirante malayo musulmán que lideraba un contingente mercenario. Curiosamente, Laksamana había apoyado inicialmente a Barom Reachea II contra los siameses, pero pronto entró en rivalidad con Veloso y Ruiz por la influencia en la corte. Algunas fuentes insinúan que este líder malayo incluso tenía lazos con la familia real (se decía amante de la madrastra del joven rey) y ambiciones propias. Laksamana representaba a una facción poderosa (compuesta de mercenarios malayos musulmanes, soldados cham de Champa e incluso camboyanos descontentos) que no estaba dispuesta a dejar Camboya en manos de los españoles.

En Manila, entretanto, las súplicas de ayuda de Ruiz y Veloso sí fueron atendidas, aunque con retraso. Luis Pérez Dasmariñas, todavía apasionado con Camboya, ya había entregado el gobierno a Francisco de Tello en 1596 pero decidió organizar por cuenta propia una fuerza de socorro. Invirtió su fortuna personal (20.000 ducados) en fletar cuatro barcos con tropas que zarparon en 1598 rumbo a Camboya. Irónicamente, esta segunda expedición oficial fracasó antes de llegar: una tormenta hundió una de las naves y dispersó las demás, las cuales terminaron recalando en la costa de China (en el puerto de El Piñal, provincia de Cantón) sin lograr reunirse para entrar a Camboya. Luis Pérez Dasmariñas mismo, que encabezaba la flota, quedó varado en China por más de un año tratando en vano de conseguir apoyo portugués en Macao para reemprender la marcha. Al final, esta fuerza de socorro nunca alcanzó Camboya a tiempo.

 


Los únicos refuerzos europeos que llegaron efectivamente a Camboya en ese periodo fueron de carácter oficioso: un grupo de piratas portugueses mestizos al mando de un tal Gouvea, y un pequeño contingente de soldados españoles renegados liderados por Luis Ortiz, que se unieron por su cuenta a Ruiz y Veloso. Pero estos hombres eran pocos y no bastaban para disuadir a los enemigos locales. Okhna Laksamana aprovechó la ausencia de refuerzos sustanciales para lanzar su jugada: mediante intrigas en la corte consiguió exacerbar las tensiones con los españoles. En un momento dado, fuerzas leales a Laksamana atacaron al capitán Luis Ortiz y sus hombres, provocando la ira de los españoles. En respuesta, tropas hispano-camboyanas bajo mando de Luis de Villafaña (otro oficial español que estaba en Camboya) atacaron el campamento de los mercenarios malayos para escarmentarlos. Este choque desencadenó una reacción en cadena: Laksamana movilizó a todas las fuerzas opuestas a los españoles (malayos, cham y camboyanos descontentos) y cercó la guarnición española en la capital.

Veloso y Blas Ruiz, alarmados, marcharon con todas sus fuerzas disponibles para socorrer a sus compatriotas sitiados. Pero ya era tarde. Cuando llegaron al área de combate, encontraron que sus aliados habían sido prácticamente diezmados por el enemigo. Se libró entonces la batalla final por tierra y agua entre las huestes de Laksamana y lo que quedaba del contingente hispano-camboyano. El resultado fue desastroso para estos últimos: Blas Ruiz y Diogo Veloso cayeron muertos en combate, junto con la gran mayoría de sus soldados y partidarios. La masacre fue tal que solo unos pocos sobrevivientes (españoles y filipinos) lograron escapar remontando el Mekong; entre ellos se menciona a un tal Juan de Mendoza que guio a los restos de la tropa fuera de Camboya. Era el verano de 1599. La aventura española en Camboya terminaba en sangre y fracaso.
 

Conclusiones: Significado histórico de la Jornada de Camboya

La expedición española a Camboya de 1596-1599, o Guerra hispano-camboyana como también se la denomina, terminó en un rotundo fracaso militar y político para los intereses hispánicos. Ninguno de los objetivos iniciales se cumplió: ni se estableció un protectorado español en Camboya, ni se logró contener la influencia de Siam en Indochina, ni prosperó la evangelización en la zona (la incipiente cristianización de Camboya fracasó con la caída de Barom Reachea II). Por el contrario, la campaña costó numerosas vidas, incluyendo las de los propios promotores Blas Ruiz y Diogo Veloso, así como la dilapidación de recursos económicos considerables (Luis Pérez Dasmariñas gastó su fortuna personal en vano). La “jornada” se convirtió en tragedia, y a ojos de Manila fue una empresa maldita que no debía repetirse.




¿Por qué fracasó la expedición? Los análisis históricos señalan varios factores. En primer lugar, hubo una falta de apoyo sostenido de la metrópoli: la Corona española nunca dio pleno respaldo a estas conquistas asiáticas, consideradas extraoficiales o “prohibidas” por distraer de objetivos prioritarios. Felipe II, aunque autorizó a Luis Pérez Dasmariñas a actuar en auxilio de Camboya, siempre mostró reticencia a expandir demasiado las fronteras en Asia, prefiriendo consolidar Filipinas y el comercio. 
En segundo lugar, la distancia y la logística jugaron en contra: coordinar refuerzos desde Manila resultó lentísimo (tomó un año armar la flota de 1596, y la de 1598 ni siquiera llegó). Mientras tanto, en el terreno, los españoles estaban aislados en un entorno hostil, superados ampliamente en número por enemigos locales. Además, la postura conservadora de Gallinato al no aprovechar la coyuntura de 1596 para tomar el poder dejó pasar quizás la única ventana de éxito; si bien su prudencia buscaba evitar un desastre, paradójicamente condujo a uno mayor al dar tiempo a que facciones locales se reagruparan. 
Por último, la complejidad política interna de Camboya significó que incluso restaurar al legítimo rey no garantizaba estabilidad ni lealtad hacia los extranjeros; de hecho, los españoles terminaron siendo vistos “más como invasores que como aliados”, y su presencia provocó coaliciones en contra.

Con todo, la Jornada de Camboya dejó algunas lecciones importantes. Demostró el extraordinario alcance global de los aventureros españoles en el Siglo de Oro: con base en Filipinas, unos pocos centenares de hombres se atrevieron a intervenir en los conflictos dinásticos de la lejana Indochina. Es un testimonio de la conexión entre mundos que propició la primera globalización ibérica. Asimismo, revela el progresivo cambio de época hacia finales del XVI: mientras en décadas anteriores los conquistadores habían forjado imperios en América casi sin oposición europea, en Asia a fines de 1500 ya encontramos un entorno geopolítico más complejo, con potencias locales fuertes (Siam), europeos divididos y el surgimiento del comercio global por encima de la conquista. Tras la debacle de Camboya y experiencias similares, se fue imponiendo la idea de que el modelo del conquistador daba paso al del comerciante: el propio Juan Gil señala que a finales del siglo XVI “el mercader sustituyó al conquistador” en las prioridades hispanas. En efecto, España concentraría sus energías asiáticas en el comercio del galeón de Manila y en frenar a los holandeses, más que en conquistas territoriales extravagantes.

Pese a su fracaso, la aventura de Camboya no cayó totalmente en el olvido. En 1604, de regreso en España, el fraile Gabriel Quiroga de San Antonio publicó en Valladolid una obra titulada Breve y verdadera relación de los sucesos del reino de Camboya, donde narró los antecedentes del reino y detalló la expedición de Gallinato y “la infeliz jornada de don Luis Pérez Dasmariñas”. Paradójicamente, fray Gabriel nunca estuvo en Camboya; recopiló testimonios de otros (quizá del propio Gallinato o de soldados supervivientes). Su relación, junto con las crónicas de Antonio de Morga (Sucesos de las Islas Filipinas, 1609) y de otros historiadores como Colin o Aduarte, permiten conocer hoy los pormenores de aquella gesta. En años recientes, académicos han vuelto la mirada hacia esta expedición, reconociéndola como parte integral de la historia global hispánica. La Jornada de Camboya de 1596, aunque fallida, destaca por la audacia de situar a España momentáneamente en las riberas del Mekong. Es un recordatorio de hasta dónde llegaban las ambiciones y aventuras del siglo XVI, y un capítulo que enriquece la comprensión de la presencia española en Asia y Oceanía.


Fuentes y Bibliografía

  • Paulina Machuca Chávez, “El sueño de un gran Pacífico en el ‘tercer y Nuevo Mundo’: la jornada de Camboya de 1596”, en A 500 años del hallazgo del Pacífico. La presencia novohispana en el Mar del Sur, coord. Carmen Yuste & Guadalupe Pinzón, UNAM, 2016, pp. 163-188.
  • José Miguel Herrera Reviriego, “La jornada de Camboya: contextualización del proyecto expansionista filipino sobre Indochina en el marco hispánico de finales del siglo XVI”, en Tiempos Modernos, nº 47 (2023), pp. 39-58.
  • Juan Gil (ed.), Conquistas prohibidas: Españoles en Borneo y Camboya durante el siglo XVI, Biblioteca Castro, 2023. (Prólogo y documentos, incluyendo la relación de fray Gabriel Quiroga de San Antonio de 1604).
  • Lawrence Palmer Briggs, “Spanish Intervention in Cambodia 1593-1603”, T’oung Pao, vol. 39 (1950), pp. 132-160.
  • Entrada “Guerra hispano-camboyana”, Wikipedia en español (consultada en 2025).
  • Entrada “Luis Pérez Dasmariñas”, Wikipedia en español (consultada en 2025).
  • Archivo General de Indias (AGI), Filipinas, varios legajos (cartas de Gómez Pérez Dasmariñas de 1593, carta de Luis Pérez Dasmariñas de 1597, relación de Miguel de Jaque, etc., citados en Herrera Reviriego 2023).
  • Fray Gabriel Quiroga de San Antonio, Breve y verdadera relación de los sucessos del Reyno de Camboxa, Valladolid, 1604.
  • C. R. Boxer, “Portuguese and Spanish Projects for the Conquest of Southeast Asia, 1580–1600”, en Journal of Asian History, 3(2), 1969 (contexto de planes ibéricos en Indochina).
  • Sanjay Subrahmanyam, “Unión ibérica y proyectos en Asia”, en The Portuguese Empire in Asia, 1500-1700, Longman, 1993 (análisis de la fase de las Dos Coronas).

Citas

La primera logia masónica militar española: «La Reunión Española». Brest, (1801–1802).

La logia «La Reunión Española» se localiza en Brest entre agosto de 1801 y abril de 1802 como un taller masónico compuesto por oficiales del...