domingo, 17 de mayo de 2026

King Kong (1933)

Dirigida por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, no es solo un hito del cine de aventuras, sino una piedra angular en la evolución de los efectos especiales. Representa el culmen de la técnica de animación fotograma a fotograma (stop-motion) de la época y una de las piezas más influyentes en la historia del séptimo arte.

  • Elenco: Fay Wray (Ann Darrow), Robert Armstrong (Carl Denham), Bruce Cabot (Jack Driscoll).

  • Premios: En 1933 no recibió nominaciones de la Academia (la categoría de efectos visuales no existía entonces).

El trabajo de Willis O'Brien en la animación fotograma a fotograma (stop-motion) supuso una revolución. La integración de los modelos de Kong con la acción real se logró mediante técnicas pioneras de retroproyección y el uso de miniaturas detalladas. La escala se manipulaba mediante la construcción de diversas maquetas de Kong: una de apenas 45 centímetros para planos generales y bustos a escala real para los planos detalle con Fay Wray.

Max Steiner compuso una de las primeras bandas sonoras originales completas de la era sonora.




La crítica especializada coincide en que «King Kong» es una obra maestra de la imaginación técnica.

El crítico Roger Ebert señaló que, a pesar de los avances tecnológicos posteriores, la versión de 1933 mantiene una «extraña cualidad onírica» que las versiones de mayor presupuesto no han logrado replicar, debido en parte a la textura visual del blanco y negro y del stop-motion.


Algunas curiosidades

  • La escena perdida de las arañas: Existe una secuencia legendaria conocida como el «Spider Pit Sequence», donde los marineros caídos por el barranco son devorados por insectos gigantes. Cooper la eliminó tras un pase previo en 1933 porque el público quedó tan horrorizado que «dejaron de prestar atención al resto de la película».

  • Cualidad antropomórfica: Para dar expresividad a Kong, Willis O'Brien utilizó piel de conejo para cubrir las maquetas. En algunos planos, se puede ver cómo el pelaje se mueve de forma irregular; esto se debe a que los dedos de los animadores tocaban la piel entre toma y toma, un error técnico que acabó otorgando a la criatura una vitalidad orgánica única.

  • Autores en pantalla: Los pilotos de los biplanos que abaten a Kong al final de la película son interpretados por los propios directores, Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack. Cooper bromeó diciendo: «Debemos matarlo nosotros mismos».

viernes, 15 de mayo de 2026

A vueltas con Ernesto Giménez Caballero

A vueltas con Ernesto Giménez Caballero y su libro «Memorias de un dictador» 1979. Lo tituló así —nota para quienes no pasan de leer un post de Facebook— porque se lo «dictó» a la persona que le envió la editorial Planeta para poner por escrito sus recuerdos. Pero también un doble sentido muy propio de Giménez Caballero.

Hablamos en esta entrada del blog de la parte de las memorias de Gecé, donde detalla cómo se conformó «La Gaceta Literaria» y del ambiente cultural en torno a la Generación del 27. Y es abrumador. No sé si por su ego, que debía de ser estratosférico y que, por supuesto, se plasmaba en sus letras, pero la cantidad de literatos, intelectuales, artistas y relaciones que nombra, llega a marear.

Sigue pesado con su superlativa admiración por Europa y por Estrasburgo, donde habla de todo lo grande de Europa y, en contraste, de todo lo que considera pobre, atrasado o defectuoso en España y en África. Esa Europa que tanto le impresiona. Claro que fue alumno de Ortega.

Volviendo a «Memorias de un dictador», en la parte en que describe cómo se configura «La Gaceta Literaria», con quién habla, con quién se relaciona y a quién atrae para levantar aquel proyecto, el resultado apabulla. En dos o tres páginas impresiona cómo escribe, cómo se expresa con nombres, influencias y afinidades. Y estamos hablando de una edición de 1979: párrafos densos llenos de palabras que tienes que buscar su significado. Hay páginas en las que un lector tan mediocre como yo puede no entender diez o quince palabras. No sé si eso nace de su ego desmedido, para impresionar o, creo realmente, de una cultura literaria poco común.

La formación de «La Gaceta Literaria», sus relaciones personales, el Cine-Club Español —que también impulsó él—, Larra, el 98, Guillermo de Torre, Alberti, Miguel Hernández, Lorca, Bergamín, Dalí, Buñuel, Ramón Gómez de la Serna... «gaceteros»...































Y una curiosidad: en la parte final de la página que comento, escribe sobre Rafael Alberti: «... Fue el primero de mis camaradas que entró un día en la imprenta con la mano abierta y el brazo en alto…». Y añade, «rival de Federico en inspiración y gracia…». Giménez Caballero dixit.

Gecé fue protagonista o precursor de uno de los momentos más brillantes y decisivos de la cultura española del siglo XX.

sábado, 9 de mayo de 2026

James Bruce, John Hanning Speke, David Livingstone... no.... Pedro Páez Jaramillo, el jesuita español primer europeo documentado que llegó a las fuentes del Nilo Azul... pero el relato anglosajón es demasiado fuerte

La historia real del misionero que sobrevivió al cautiverio en Yemen, entró en Etiopía disfrazado de mercader armenio y dejó la primera gran descripción europea del nacimiento del Nilo Azul es extraordinaria. 
Imagen wikimedia
Durante siglos, Europa discutió dónde nacía el Nilo. Lo hicieron geógrafos, cronistas, cartógrafos y viajeros; lo hicieron también quienes, desde la Antigüedad clásica, convirtieron su origen en uno de los grandes enigmas del mundo conocido. Cuando el escocés James Bruce publicó en el siglo XVIII su viaje a las fuentes del Nilo Azul, consolidó para el gran público la imagen del explorador que había resuelto el misterio. 
Pero la historiografía académica lleva tiempo corrigiendo ese relato: mucho antes que Bruce, un jesuita español llamado Pedro Páez Jaramillo había llegado al manantial de Gish Abay y había dejado la primera descripción europea fiable y extensa del lugar. La fecha que hoy maneja la bibliografía más sólida es el 21 de abril de 1618. Y Bruce no llegó allí hasta 1770, es decir, 152 años después. 

Una vida novelesca

La vida de Pedro Páez, por lo demás, basta por sí sola para explicar por qué su figura terminó envuelta en una aureola casi novelesca. Nacido en 1564 en Olmeda de las Fuentes, por entonces Olmeda de la Cebolla, ingresó en la Compañía de Jesús y partió hacia Oriente a finales del siglo XVI.

En 1589, cuando intentaba llegar a Etiopía junto al también jesuita Antonio de Montserrat, fue apresado en la costa de Arabia y conducido a Yemen. Permaneció aproximadamente siete años cautivo en Saná, pasó por trabajos forzados y llegó a servir como remero en una galera turca del mar Rojo. Fue rescatado en 1596. Fue un cautiverio prolongado bajo control otomano.

Imagen generada con IA
También tiene base documental otra de las escenas que más han alimentado la leyenda: su entrada final en Etiopía disfrazado de mercader armenio. Páez logró alcanzar Massawa en 1603 ocultando su identidad, una maniobra que revela hasta qué punto su empresa exigía astucia personal, paciencia diplomática y una notable resistencia física. 
Sobrevivió a un sistema de rutas, cautiverios y controles políticos extremadamente hostil y acabó encontrando una vía de entrada.




Su período en Etiopía

La propia bibliografía sobre la misión jesuítica sitúa en la década de 1550 el arranque de una presencia católica estable en Etiopía. Páez no fue, por tanto, el primer europeo en pisar el país, sino la gran figura de la segunda fase de la misión jesuítica.

Ahí reside, en realidad, la dimensión histórica más seria de Pedro Páez. Su Historia de Etiopía, redactada entre los últimos años de su vida y hoy recuperada por la edición crítica de la Hakluyt Society, está considerada por la investigación contemporánea como un documento capital para conocer la Etiopía del siglo XVII, la misión jesuítica y la circulación de saberes entre Europa y el Cuerno de África. 
No fue sólo un misionero. Fue también un escritor de enorme capacidad descriptiva, un mediador cultural y un autor que trabajó con materiales europeos y etíopes con una densidad poco común para su tiempo.

Massawa en el s. XIX

El episodio decisivo llegó en abril de 1618. Ese día, acompañando al séquito del emperador Susenyos, Páez visitó el pequeño manantial de Gish Abay, en la cuenca del lago Tana, del que nace el gran afluente que después se convertirá en el Nilo Azul. Páez fue el primer europeo que dejó una descripción completa y fiable del lugar. 
Fue James Bruce quien, siglo y medio más tarde, se quedó con la gloria pública. Su viaje de 1770 y, sobre todo, la repercusión editorial de sus Travels fijaron en la memoria europea la imagen del escocés como gran revelador de las fuentes. Sin embargo, la literatura especializada recuerda desde hace tiempo que Bruce llegó después, y que su prioridad fue cuestionada ya en su propia época. 
Lo que ocurrió fue otra cosa: Bruce publicó para un público amplio y Páez quedó atrapado durante mucho tiempo en el circuito más restringido de los manuscritos, los archivos jesuíticos y la erudición especializada.
Nacimiento del Nilo Azul.
Pedro Páez participó en iniciativas constructivas y tuvo un peso importante en el entorno cortesano etíope. 

Esa cautela vale todavía más para el célebre puente del Nilo Azul. La versión divulgativa suele afirmar que Páez diseñó o construyó el primer puente de piedra sobre el río. Pero el estudio de Fernández sobre los llamados «puentes portugueses» del Nilo Azul precisa que el puente de Tis Abbay fue atribuido por las fuentes jesuíticas a un técnico indio llegado con el patriarca Mendes desde Diu.
Tampoco se sostiene bien otra afirmación muy repetida: que Pedro Páez escribió «la primera gramática del amárico». Lo que sí puede sostenerse es que dominó lenguas fundamentales del ámbito etíope, que tradujo textos, que participó en una intensa producción intelectual misionera y que su obra constituye un testimonio excepcional sobre la interacción entre cultura escrita europea y etíope. Pero la bibliografía lingüística especializada sitúa la primera gramática impresa del amárico en 1698, la Grammatica linguae Amharicae de Hiob Ludolf. Por tanto, incluso aunque la misión jesuítica manejara materiales lingüísticos hoy perdidos o parcialmente reconstruibles, no hay base sólida para adjudicar a Páez, en singular y con certeza, «la primera gramática del amárico».

Entonces, ¿por qué un personaje así quedó en segundo plano? Influyeron varios factores: desde la fuerza del relato británico hasta la escasa proyección editorial de la obra de Páez y la tendencia española a no poner en valor a sus figuras históricas. A ello se suma el peso de inercias historiográficas que en España suelen resumirse bajo la expresión «leyenda negra». Además, la historia de Etiopía no fue publicada íntegramente hasta el siglo XX, aunque su contenido circulara antes de forma parcial. Pennec ha recordado que esos escritos permanecieron largo tiempo «enterrados en los archivos», mientras que Fernández explica que la información de Páez fue reutilizada y difundida a veces sin convertirlo necesariamente en héroe visible del relato. 

En resumen: una combinación muy eficaz de manuscrito tardíamente editado, circulación erudita restringida y posterior eclipsamiento por un viajero del siglo XVIII mucho más visible editorialmente.

Conclusión

La historia real de Pedro Páez no necesita adornos. Fue un jesuita español que sobrevivió a años de cautiverio en Yemen, regresó a Oriente, alcanzó Etiopía en 1603, se convirtió en un testigo excepcional de aquel reino cristiano africano y dejó en 1618 la primera descripción europea fiable de las fuentes del Nilo Azul. 
¡Pedro Páez sí merece un gran artículo histórico!

Fuentes

  • Víctor M. Fernández, «“What the great Alexander and the famous Julius Caesar wanted so much to see”. A commemoration of the fourth centenary of the Blue Nile Sources discovery by the Spanish Jesuit Pedro Páez Xaramillo (April 21th, 1618)», Culture & History Digital Journal (CSIC), 2019. Fue la fuente principal para la fecha del 21 de abril de 1618, para el matiz clave de que Páez fue el primer europeo que describió de forma completa las fuentes del Nilo Azul.
  • Pedro Páez, Pedro Paez’s History of Ethiopia, 1622, edición crítica y traducción inglesa de Isabel Boavida, Hervé Pennec y Manuel João Ramos, Hakluyt Society, 2011.
  • Montserrat Mañé Rodríguez, «El padre Pedro Páez. El primer viajero europeo conocido que cruzó el sur de Arabia», Arbor (CSIC), 2005.
  • Hervé Pennec, An Ethiopian Mille-feuille: Unearthing the history of the Jesuit mission to Ethiopia (21st–16th centuries), CEI-Iscte, 2022.
  • Andreu Martínez d’Alòs-Moner, «In the Company of Iyäsus: the Jesuit Mission in Ethiopia, 1557–1632», Aethiopica (resumen de tesis doctoral), 2009/2012.
  • Oxford Research Encyclopedia of African History (Oxford University Press).
  • Hiob Ludolf, Grammatica linguae amharicae, 1698, en registro bibliográfico de Google Books.
  • Manuel João Ramos, «Pedro Paez 1564–1622», capítulo/entrada biográfica en repositorio académico de Iscte.
  • Boavida, Pennec y Ramos, The Indigenous and the Foreign: The Jesuit Presence in 17th Century Ethiopia, SOAS / repositorio Iscte. Contexto material, artístico y arquitectónico de la presencia jesuítica en Etiopía. (Repositório Iscte).

domingo, 3 de mayo de 2026

«Los cuatrocientos golpes» — François Truffaut, Francia, 1959

Reparto principal: Jean-Pierre Léaud, Claire Maurier, Albert Rémy, Guy Decomble y Patrick Auffay. Criterion recoge estos créditos principales y técnicos en su ficha de la película.

Ganó el Premio a la Mejor Dirección en Cannes 1959. También fue nominada al Óscar al mejor guion original para François Truffaut y Marcel Moussy.

Los cuatrocientos golpes es el debut de Truffaut: es una declaración de principios. La película surge en el momento en que varios críticos pasan de escribir contra el cine académico francés a demostrar, con películas, otra forma posible de hacer cine.

La película está dedicada a André Bazin, mentor intelectual de Truffaut. Esta dedicatoria tiene un peso emocional decisivo.


El título original procede de la expresión francesa «faire les quatre cents coups», que equivale a «hacer todas las trastadas» o «armarla». Criterion lo explica en relación con el sentido idiomático del título, no con una acumulación literal de castigos físicos.

La fuerza de Los cuatrocientos golpes está en que nunca convierte a Antoine Doinel en un mártir puro ni en un simple delincuente juvenil. Antoine miente, roba, se escapa, desafía, copia a Balzac y se comporta muchas veces de forma irresponsable. Pero la película no lo juzga desde la superioridad moral del adulto.

El niño no es una criatura idealizada, sino un sujeto rodeado por instituciones incapaces de leerlo: la familia, la escuela, la policía, el reformatorio. El resultado no es un melodrama lacrimógeno, sino un retrato seco, doloroso y extraordinariamente lúcido de la soledad infantil.

La mirada de Truffaut es compasiva, pero no complaciente. Esa precisión evita que la película caiga en el sentimentalismo. La puesta en escena parece ligera, casi casual, pero su estructura es implacable: cada pequeña falta de Antoine lo desplaza un poco más hacia el margen. El absentismo escolar, la mentira sobre la muerte de la madre, el robo de la máquina de escribir y el internamiento no son episodios aislados; son escalones de una expulsión progresiva.

El gran hallazgo es que Antoine no «cae» en la delincuencia: es empujado hacia ella por un ecosistema de indiferencia. El Festival de Cannes resume la premisa como el drama de un niño que busca calor humano, amistad y felicidad, y solo encuentra incomprensión en quienes deberían ayudarlo.

Fotografía y espacio: Henri Decaë fotografía París sin monumentalidad turística. La ciudad no aparece como postal, sino como territorio de fuga: calles, esquinas, cines, habitaciones pequeñas, pasillos escolares, comisarías y espacios institucionales.


1. Lectura temática

La familia como espacio administrativo: La madre es uno de los personajes más duros de la película. Truffaut no la suaviza. Es fría, contradictoria, a ratos cruel. Pero tampoco convierte al padre adoptivo en una alternativa sólida. La figura paterna es débil, intermitente, más simpática que protectora.

La escuela como maquinaria de obediencia: El aula de Los cuatrocientos golpes no es un lugar de formación, sino de domesticación. El profesor no educa: vigila. La disciplina se confunde con pedagogía. La palabra del adulto cancela la del niño.

2. El final: una de las miradas más importantes del cine moderno

El final es muy célebre. Antoine escapa del reformatorio, corre hasta el mar, alcanza una frontera simbólica y queda fijado en un congelado frontal.

Una imagen ambigua y especialmente impactante en 1959, antes de que el recurso se banalizara en publicidad y televisión. También lo relaciona con un plano anterior de la comisaría: el retrato policial que ya había fijado a Antoine como objeto del sistema.

La lectura es extraordinaria: Antoine ya no mira a sus padres, al profesor ni al juez. Mira al espectador. La película deja de ser una historia sobre él y se convierte en una acusación silenciosa contra nosotros.


3. Conclusión

Los cuatrocientos golpes es una obra maestra porque convierte un relato pequeño en una experiencia moral inmensa. Truffaut filma a un niño desobediente, pero lo que realmente retrata es una cadena de adultos negligentes, instituciones rígidas y afectos mal administrados.

Su importancia histórica es indiscutible, pero lo más impresionante es que sigue viva. No se ve como pieza de museo. Se ve como una película todavía incómoda, porque su pregunta permanece intacta: ¿Cuántos niños son castigados cuando, en realidad, están pidiendo ser escuchados?

The Invisible Man (1933)

El verdadero triunfo de la película fueron los efectos especiales de John P. Fulton. La técnica del «travelling matte» (máscara móvil) fue u...