Dirección: Billy Wilder
Reparto principal: Charles Laughton, Marlene Dietrich y Tyrone Power.
Sin embargo, lo verdaderamente interesante no es el crimen en sí, sino el modo en que Wilder transforma el juicio en una batalla de inteligencia, credibilidad y manipulación psicológica.
El mayor triunfo de la película está en sus actores. No se limitan a interpretar un guion brillante: consiguen que el espectador dude continuamente de sus intenciones.
Charles Laughton es el auténtico protagonista. Su sir Wilfrid Robarts es un abogado veterano, inteligente, mordaz, orgulloso y dotado de una ironía formidable. Su estado de salud, sus enfrentamientos con su enfermera y sus pequeños hábitos cotidianos aportan humor y humanidad a una historia que podría resultar excesivamente solemne.
La adaptación de la obra de Agatha Christie, con un guion en el que también participaron Wilder y otros colaboradores, es uno de los grandes logros de la película. La historia avanza mediante declaraciones, contradicciones, testimonios y revelaciones que obligan a reconsiderar constantemente lo que creíamos saber.
Wilder demuestra que no siempre es necesario recurrir a una puesta en escena espectacular para mantener la atención del público. La película se apoya en gran medida en los espacios cerrados, los rostros y el lenguaje. La sala del tribunal se convierte en el escenario de una batalla psicológica.
La película pertenece a esa clase de historias en las que el final obliga a reconsiderar buena parte de lo visto anteriormente. El desenlace no funciona únicamente como una sorpresa: también modifica nuestra percepción de los personajes y de sus motivaciones.
La película fue nominada a seis premios Óscar, entre ellos mejor película, mejor dirección y mejor actor para Charles Laughton, aunque no ganó ninguno. Su reconocimiento posterior como uno de los grandes dramas judiciales del cine está más que justificado.
Es una de las grandes películas judiciales de la historia del cine y una de las mejores adaptaciones de Agatha Christie.
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