domingo, 30 de noviembre de 2025

El Extraño del Tercer Piso (Stranger on the Third Floor) 1940.

Considerada el origen del cine negro: 

Director: Boris Ingster (en su debut como director). Elenco principal: John McGuire como Michael Ward (el reportero protagonista), Margaret Tallichet como Jane (su novia), Peter Lorre como El Extraño (un misterioso fugitivo), Charles Waldron como el Fiscal del Distrito, y Elisha Cook Jr. como Joe Briggs (el acusado inicial).

No recibió premios mayores en su época, ya que se trata de una producción de bajo presupuesto (B-movie) de RKO Pictures. Sin embargo, ha sido reconocida retrospectivamente como una obra seminal en la historia del cine negro, incluida en antologías y festivales dedicados al género.

La trama gira en torno a Michael Ward, un reportero que testifica en un juicio por asesinato, lo que lleva a la condena de un inocente. Pronto, Ward se ve atormentado por dudas y visiones paranoicas, culminando en un encuentro con un extraño que podría ser el verdadero culpable.


La película está influenciada fuertemente por el expresionismo alemán de directores como Fritz Lang y Robert Wiene.

El montaje es innovador, especialmente en la secuencia onírica central —una pesadilla surrealista de unos cuatro minutos que anticipa técnicas usadas por Orson Welles en Citizen Kane (1941) -. Esta secuencia, con sus sets estilizados y sombras proyectadas, evoca directamente El gabinete del Dr. Caligari (1920).

La secuencia onírica, con su silla eléctrica sombreada y barras angulares, se considera un precursor directo de Citizen Kane, posiblemente influenciando a Welles, quien admiraba el expresionismo.
El bajo presupuesto ($150,000 estimado) obligó a usar sombras para "ocultar" sets inexistentes, convirtiendo una limitación en una virtud estilística que definió el noir.


sábado, 29 de noviembre de 2025

Militares masones y poder de la masonería en el Ejército de España (siglos XVIII-XXI)

La relación entre masonería y Ejército en España ha sido, durante al menos dos siglos, tan intensa como discreta. En la historiografía y en el imaginario colectivo han captado más atención los tópicos –la identificación mecánica entre «militar, liberal y masón»– que el análisis riguroso de trayectorias concretas y contextos institucionales. 
Sin embargo, investigaciones recientes muestra que un número nada desdeñable de oficiales del Ejército y la Armada perteneció a logias desde el siglo XVIII hasta la Guerra Civil, es decir, desde los primeros indicios de la masonería especulativa en España hasta la derrota de la Segunda República, y cómo esa pertenencia influyó en su sociabilidad, redes de confianza y en su acción política.
Imagen: Joaquín Rivera Chamorro
La masonería se define a sí misma como una «institución universal, ética, filosófica e iniciática», basada en la fraternidad, la búsqueda racional de la verdad y el perfeccionamiento moral. Esa auto-definición, aparentemente apolítica, chocó en España con la temprana asociación de logias con conspiraciones liberales. De ahí que, desde muy pronto, la masonería fuera percibida como una amenaza para el poder político instaurado en cada periodo histórico.
La presencia de militares del Ejército y la Armada españoles en logias masónicas, y las interacciones que se generan entre la institución castrense y la Orden, en sus dimensiones ideológicas, sociales y represivas, plantea estas preguntas:
  • ¿Qué usos políticos, corporativos o de sociabilidad tienen las logias con militares en cada etapa?.
  • ¿Hasta qué punto la pertenencia masónica condiciona carreras, lealtades y alineamientos en conflictos como los pronunciamientos del XIX, las crisis coloniales o la Guerra Civil?.
  • ¿Qué distingue el caso español de otras experiencias de masonería militar (Francia, Estados Unidos, América Latina)?
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Masonería especulativa: La masonería especulativa se diferencia de la masonería operativa en que esta última se dedicaba a la construcción física de edificios, mientras que la primera utiliza la simbología de los constructores para la "construcción" moral, intelectual y espiritual del individuo. Se considera el nacimiento de la masonería moderna a partir de la unión de cuatro logias en Londres en 1717.



1. Historiografía sobre masonería en España.

La historiografía sobre masonería en España ha avanzado de manera muy significativa desde los años setenta del siglo XX. José Antonio Ferrer Benimeli y el equipo de la UNED son referencias ineludibles en la reconstrucción de la cronología, las obediencias y la implantación territorial de la Orden, incluyendo su estudio de la relación a través de logias y militares a partir de 1801 y durante la Guerra de la Independencia.
Otros autores, como Manuel de Paz Sánchez o Julio de Paz, han analizado el papel de la masonería en la pérdida de las colonias y en el ámbito atlántico, matizando el papel de la masonería en determinados momentos.

Imagen: El Castillo de San Fernando noticias.
En relación específica con los militares, destacan:
  • Ezequiel Ignacio García-Municio de Lucas, «Militares y masonería» (tesis doctoral, UCM), donde se estudian decenas de oficiales masones entre 1728 y 1936, combinando hojas de servicio y expedientes masónicos.
  • Artículos de Alberto Valín Fernández sobre masonería y militares en la historia de España, que abordan el imaginario del «militar, liberal y masón».
  • Estudios recientes sobre logias coloniales y norteafricanas, como la logia «Hijos de la Africana» en Melilla o los talleres de Ceuta, que muestran la función de la masonería como red de apoyo mutuo en campañas de ultramar.
  • Sobre la Segunda República y la Guerra Civil, trabajos de Rivero, Busquets o Cardona han analizado el peso simbólico y real de la masonería en el Ejército republicano y su relación con organizaciones como la Asociación Militar Republicana (AMR) y la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA).
  • En cuanto al régimen de Franco, la Ley y el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo (TERMC) han sido estudiados por Guillermo Portilla y otros especialistas en derecho penal.
Las logias se entienden como espacios de sociabilidad ritualizada donde se construyen redes de confianza, se comparten valores éticos y se generan capitales simbólicos (honor, prestigio) que pueden proyectarse sobre la carrera profesional.
Los militares formaban ya parte de un grupo estatal con cultura política propia. La pertenencia masónica se superpone a ese habitus castrense sin sustituirlo, generando lo que algunos autores han descrito como «élites solapadas» (militar y masónica).
El militar masón se debe simultáneamente al juramento a la Bandera y al compromiso fraternal masónico. La tensión entre ambas lealtades se hace crítica en momentos de crisis política extrema (pronunciamientos, guerras civiles, dictaduras).

2. Orígenes de la masonería militar (siglo XVIII – 1814): Primeras logias y reacción del Antiguo Régimen

Los primeros indicios documentados de masonería en España se sitúan en 1728, con la fundación en Madrid de una logia impulsada por el duque de Wharton, noble inglés y coronel al servicio de la Corona española. Sin embargo, tanto esta logia como las de Gibraltar o Menorca fueron esencialmente iniciativas británicas y no pueden considerarse todavía masonería española en sentido pleno.
El giro decisivo se produce cuando la monarquía borbónica percibe la masonería como un cuerpo extraño, sospechoso para el Estado. El Real Decreto de 2 de julio de 1751, de Fernando VI, prohíbe explícitamente las reuniones de francmasones por considerarlas «sospechosas a la Religión y al Estado» y ordena a los mandos militares privar de sus empleos «con ignominia» a los oficiales que pertenecieran a la Orden.
El mensaje es contundente: la disciplina castrense y la obediencia al soberano son incompatibles con la pertenencia a sociedades secretas.
Imagen: BNE.
Pese a las prohibiciones, la masonería siguió presente de manera clandestina y, en ocasiones, en el extranjero. Un hito fundacional de la masonería militar española es la logia «La Reunión Española», creada en el puerto francés de Brest en 1801. Estaba integrada por una treintena de militares españoles de la escuadra bloqueada (oficiales de la Armada), y trabajó bajo la obediencia del Gran Oriente de Francia hasta su disolución en 1802.
«La Reunión Española» es significativa por tres motivos:
  • Es el primer taller propiamente español constituido casi exclusivamente por militares.
  • Su función principal fue el auxilio fraternal y la cohesión de una comunidad de oficiales aislados, más que la conspiración política.
  • Sus miembros regresaron después a puertos como Cádiz o A Coruña, llevando consigo el «espíritu masónico» e impulsando la fundación de nuevas logias en territorio español.



3. Guerra de la Independencia y politización inicial

La Guerra de la Independencia (1808-1814) actúa como auténtico catalizador de la masonería militar. La invasión napoleónica trae consigo logias militares francesas en diversas ciudades (Figueras, Sevilla, etc.) y una Gran Logia Nacional bajo la monarquía de José I, mientras que en la España «juntista» de Cádiz la masonería es prohibida y asociada a la «francesada».
Wikipedia

En este contexto, la Orden se vincula de manera creciente a las corrientes liberales y constitucionales: muchos militares con inquietudes ilustradas ven en las logias un espacio de debate y organización frente a la monarquía, al tiempo que la jerarquía eclesiástica y monárquica la considera un foco de subversión. Ese relato identificando la masonería y el liberalismo, forjado en la guerra y consolidado con la Constitución de Cádiz de 1812, condicionará todo el siglo XIX.






4. El siglo de los pronunciamientos (1814 – 1874)

La restauración absolutista de Fernando VII (1814) inaugura la etapa de máxima simbiosis entre liberalismo, ejército y masonería. El pronunciamiento de Rafael del Riego en 1820, que fuerza al rey a jurar la Constitución de 1812 y abre el Trienio Liberal, está estrechamente ligado a redes masónicas y a otras sociedades secretas como los Comuneros. Las logias funcionan entonces como lugares de conspiración clandestina contra el régimen absolutista.


Figuras como Evaristo San Miguel, Antonio Quiroga o el infante Francisco de Paula de Borbón, citado en algunas fuentes como Gran Maestre, encarnan esa relación entre militares masones contra Fernando VII. Se consolida así el relato del «militar, liberal y masón» que tanta fortuna tendrá en la historiografía posterior.
 

5. Isabel II, Sexenio y «espadones» liberales

Durante el reinado de Isabel II y el Sexenio Democrático (1868-1874), la participación de altos mandos en política y logias continúa. El general Baldomero Espartero, regente del Reino, aparece en varias fuentes como iniciado en América; el general Juan Prim, líder de la Revolución de 1868, fue considerado masón por muchos contemporáneos aunque su pertenencia formal no esté probada de manera concluyente.


En este periodo, las logias siguen siendo núcleos de sociabilidad liberal y espacios de reclutamiento político. Se relacionan con la prensa y los clubes políticos, reforzando el papel como actor público.
Contribuyen a la elaboración de proyectos de reforma (monarquía constitucional, federalismo, republicanismo). La Primera República (1873-1874) culmina este ciclo de politización. Tras su fracaso y la restauración borbónica, la masonería entra en una fase de mayor discreción, aunque no desaparece.

6. Masonería, Restauración y crisis coloniales (1875 – 1923)

La Restauración (1875-1923) trae consigo estabilidad política relativa y alternancia bipartidista, pero también un proceso de repliegue aparente de la masonería en la península. Mientras el sistema turnista integra a las élites, las logias dejan de ser, salvo excepciones, el principal instrumento de conspiración y pasan a funcionar sobre todo como redes de sociabilidad política y profesional.
Alejandro Lerroux García.
Imagen: Personajes clave masonería.
La masonería militar no desaparece: se transforma. El foco se desplaza hacia las guarniciones de ultramar y el Protectorado.

En las campañas de Cuba, Filipinas y Marruecos, la presencia de militares masones es apreciable. La investigación sobre masonería colonial muestra que las logias de obediencia española en estos territorios se distanciaron, en general, de talleres independentistas o de obediencias extranjeras.

La logia «Hijos de la Africana», fundada en Melilla en 1922, ejemplifica la función de estas logias norteafricanas: reunir a oficiales y civiles en un entorno bélico para brindarse ayuda mutua, apoyo moral y redes de confianza. El acta de fundación y los estudios posteriores muestran una clara «preeminencia militar» en su composición.

A partir de los expedientes y hojas de servicios de oficiales de logias como «Hijos de la Africana» o talleres similares, puede delinearse un perfil tipo del militar masón de esta etapa:
  • Empleo: predominio de tenientes y capitanes, con presencia también de comandantes y algunos jefes superiores.
  • Armas y cuerpos: transversalidad, con fuerte peso de Infantería (arma más sacrificada en campaña), pero también de Ingenieros y oficiales de la Armada.
  • Experiencia: veteranos con amplia hoja de servicios en campañas coloniales; su pertenencia a logias coexiste con una intensa carrera operacional.
  • Ideología: liberalismo o republicanismo moderado.
El período también presencia profundas tensiones corporativas: conflictos entre oficiales «peninsulares» y «africanistas», el debate sobre los ascensos por méritos de guerra y la crisis del modelo de oficialidad tras el Desastre del 98 y, más tarde, Annual. Las Juntas de Defensa de 1917 cristalizan este malestar corporativo, cuestionando el poder político civil.


El dato relevante para nuestro objeto es que la militancia masónica y el corporativismo militar conviven. Muchos oficiales que participan en Juntas o en redes africanistas son –o han sido– masones, sin que eso implique necesariamente una cohesión política homogénea dentro de la Orden. La fraternidad masónica se superpone a otras identidades (cuerpo, arma, promoción, africanismo) en una compleja red de lealtades cruzadas.

7. Polarización y conflicto: de la Dictadura a la Guerra Civil (1923 – 1939)

Fermín Galán. Biografías y Vidas.
La dictadura de Miguel Primo de Rivera (1923-1930) endurece el clima político y reduce los espacios de participación legal. Muchos oficiales con simpatías liberales o republicanas –a menudo masones– se desplazan hacia la oposición clandestina. En este contexto aparece la Asociación Militar Republicana (AMR), organización semiclandestina de oficiales con ideología heterogénea pero con tendencia republicana, que se convierte en referente de protesta interna.

Entre sus filas y círculos próximos se encuentran militares como Fermín Galán, protagonista de la sublevación de Jaca (1930), cuya ejecución lo convierte en mártir del republicanismo. Diversas fuentes apuntan a la pertenencia masónica de Galán, aunque el dato ha generado debate historiográfico.

La proclamación de la Segunda República (1931) marca el momento de máxima visibilidad e influencia política de la masonería en la historia de España. El nuevo régimen representa, para muchos, la cristalización de ideales masónicos: laicismo moderado, soberanía popular, reforma social y militar. No sorprende que se produzca un auge notable en afiliación y actividad de logias, incluidas aquellas con fuerte presencia de oficiales.
Eleuterio Díaz-Tendero. Imagen Db.
La fundación de la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA) en 1934, impulsada por el capitán Eleuterio Díaz-Tendero junto a otros oficiales de izquierdas, ejemplifica esta identificación entre sectores del Ejército y redes masónicas. UMRA surge como réplica a la derechista Unión Militar Española (UME), y agrupa a oficiales y suboficiales próximos al socialismo y al comunismo; varios de sus dirigentes o simpatizantes tienen vínculos con logias.

Las logias y organizaciones afines desempeñan funciones de:
  • Defensa del régimen republicano desde dentro del estamento militar.
  • Socialización política de oficiales jóvenes en clave republicana y de izquierda.
En este clima de polarización, el diputado José Antonio Cano López en febrero de 1935, denuncia una supuesta «infiltración tentacular» de logias en el Ejército y proporciona listas de generales masones. Entre los nombres mencionados figuran Miguel Cabanellas, Sebastián Pozas, Miguel Núñez de Prado, José Riquelme y José Fernández de Villa-Abrille, entre otros.
La investigación posterior ha demostrado que parte de esa lista era errónea: algunos acusados nunca fueron masones o tenían expedientes negativos en Salamanca.

8. Guerra Civil: lealtades cruzadas y masones

Al estallar la Guerra Civil (1936), la mayoría de los militares masones se mantiene leal a la República. Sin embargo, la realidad es más compleja: existen masones en el bando franquista, como el el general Cabanellas, el coronel de Ingenieros Enrique Adrados Semper o el general Mariano Muñoz Castellanos, cuyas trayectorias muestran cómo la lealtad al «Movimiento Nacional» y la carrera militar pueden, en determinados casos, imponerse a los vínculos fraternales.
General Miguel Cabanellas. Wikipedia

Adrados Semper, iniciado en la logia «Constancia» n.º 16 (Zaragoza), se suma al bando sublevado, manda la 55.ª División y es condecorado por sus servicios. Tras la guerra, el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo (TERMC) abre contra él el sumario 848/1945, que acaba archivado, probablemente por su brillante hoja de servicios.

Muñoz Castellanos, iniciado en la logia «Danton» n.º 7, participa en operaciones en Marruecos y luego en la Guerra Civil como general del bando nacional; también es investigado por masonería, pero su causa se sobresee.

Estos casos confirman que la masonería militar no fue un bloque monolítico. En momentos críticos, las lealtades políticas, corporativas o personales podían pesar más que la pertenencia a la Orden.

El decreto de septiembre de 1936 declara a la francmasonería «contraria a la ley» y convierte la pertenencia a logias en delito político. Se cierran templos, se incautan archivos y se persigue a los masones, civiles y militares.

En la zona republicana, la masonería es tolerada e incluso protegida en un primer momento, pero la dinámica de guerra y el protagonismo creciente de organizaciones de masas (partidos, sindicatos) reducen su peso real en la toma de decisiones. De manera paradójica, el momento de máximo prestigio simbólico coincide con el principio del fin de la masonería en España.

9. Régimen del General Franco (1939 – 1975).

9.1. El Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo

La victoria del bando Nacional abre una etapa de acoso sistemático contra la masonería. La Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo (1940) y la creación del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo (TERMC) abren más de 64.000 expedientes tramitados hasta su supresión en 1963.
El TERMC considera la mera pertenencia masónica como delito. Impone penas de reclusión, inhabilitación absoluta y separación definitiva del servicio a centenares de militares.

Los expedientes de oficiales masones –incluidos algunos que habían combatido en el bando franquista– documentan un abanico de situaciones: desde fusilamientos y largas condenas hasta archivo de causas por «ignorado paradero» que en realidad encubrían decisiones políticas de salvar carreras valiosas para el régimen.
Se considera que la masonería habría corroído al Ejército y al Estado. La consecuencia es la práctica extinción de la masonería militar: la Orden se ve reducida a la clandestinidad o al exilio, y en el interior de las Fuerzas Armadas cualquier vínculo real o supuesto con logias supone una losa insalvable.

10. Democracia, Fuerzas Armadas actuales y memoria de la masonería militar (1975 – 2024)

Con la muerte de Franco y la Constitución de 1978, la libertad de asociación y conciencia se restablecen. La masonería se reorganiza legalmente en varias obediencias, y se multiplican estudios académicos sobre su historia, incluidos algunos centrados en la relación con el Ejército.

En las Fuerzas Armadas de la democracia no existe prohibición legal de pertenencia a logias, siempre que se respeten los principios de neutralidad política y disciplina.
Su presencia en el estamento militar parece ser testimonial, y no hay indicios de influencia organizativa significativa.


11. Comparación internacional: Francia, Estados Unidos y América Latina

Francia es, junto con Gran Bretaña, una de las matrices de la masonería militar moderna. Las logias de regimiento del ejército napoleónico desempeñan un papel fundamental en la difusión del modelo por Europa y América, incluyendo España, donde «La Reunión Española» se inspira directamente en ese patrón.
En el ejército francés del siglo XIX, la masonería goza de un grado de tolerancia mayor que en España, si bien su papel político se ve también limitado por la consolidación de las instituciones republicanas.

En Estados Unidos, la masonería se integra en la cultura de las élites desde el siglo XVIII. Numerosos padres fundadores y militares de alto rango fueron masones, y la Orden participa en ceremonias simbólicas –como la colocación de la primera piedra del Capitolio– sin ser objeto de grandes campañas represivas. La masonería estadounidense se caracteriza por su pluralismo y por un fuerte énfasis filantrópico, más que conspirativo.

En América Latina la tradición de militares masones es muy marcada: figuras como San Martín, O’Higgins o Miranda participan en logias que combinan sociabilidad, conspiración independentista y redes transnacionales.


12. Conclusiones

La relación entre estamento militar y masonería evoluciona paralelamente a las transformaciones del Estado español:
  • Siglo XVIII: afinidad con ideas ilustradas, en tensión con el absolutismo borbónico.
  • Siglo XIX: identificación con el liberalismo constitucional y protagonismo en conspiraciones y pronunciamientos.
  • Crisis coloniales y Restauración: masonería militar como red de sociabilidad y apoyo patriótico en ultramar.
  • Siglo XX temprano: creciente alianza con el republicanismo y las izquierdas.
Lejos de formar un bloque monolítico, la masonería militar:
  • Agrupa a oficiales con ideologías diversas, desde liberales moderados hasta comunistas, pasando por conservadores ilustrados.
  • Presenta casos de masones en bandos opuestos: realistas e independentistas en América; republicanos y sublevados en 1936.
  • La pertenencia a la Orden es una lealtad más, que puede reforzar o entrar en conflicto con la lealtad al Estado, al cuerpo o a la propia carrera. En muchos casos, la identidad militar terminó imponiéndose cuando la supervivencia institucional o personal estuvo en juego.
Peso real e impacto histórico:
  • El número total de masones españoles fue reducido (cifras máximas por debajo de 10.000), pero la proporción de militares entre ellos fue relativamente alta.
  • Pese a ello, su influencia institucional sobre las decisiones del Ejército fue limitada: la mayor parte de los oficiales masones tuvieron carreras acordes a los patrones de su época, sin ocupar necesariamente posiciones de control «masónico» sobre el estamento.

12. Bibliografía

  • Álvaro Dueñas, Manuel (1999): «El decoro de nuestro aire de familia. Perfil político e ideológico de los presidentes del Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas», Revista de Estudios Políticos, n.º 105.Academia
  • Busquets Bragulat, Julio (1996): «La Asociación Militar Republicana (AMR) y la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA) y su relación con la masonería (1929-36)», en J. A. Ferrer Benimeli (coord.), La masonería en la España del siglo XX, t. II, Zaragoza.Dialnet+1
  • Ferrer Benimeli, José Antonio (1996): La masonería española: La historia en sus textos, Madrid.UNED+1
  • Ferrer Benimeli, José Antonio (1998): «La masonería española y la crisis colonial del 98», Revista del Cabildo de Gran Canaria.revistas.grancanaria.com
  • García-Municio de Lucas, Ezequiel Ignacio (2018): Militares ilustrados, liberales y masones de 1728 a 1936, Oviedo, Masónica.es.asehismi.es+1
  • Morales Ruiz, Juan José (2020): «La Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo (1940)», Revista Estudios, Universidad de Costa Rica.SciELO Costa Rica
  • Paz Sánchez, Manuel de (2006): «Masonería española y emancipación colonial», Revista de Indias, CSIC.revistadeindias.revistas.csic.es+1
  • Portilla Contreras, Guillermo (2009): La consagración del Derecho penal de autor en el franquismo: El Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo, Granada, Comares.vLex+1
  • Valín Fernández, Alberto (2004): «La masonería y los militares en la historia de España», Anuario Brigantino, n.º 27.anuariobrigantino.betanzos.net+1
  • Varios autores (UNED): Museo Virtual de Historia de la Masonería (especialmente «La masonería en España (1728-1979)» y los apartados dedicados a logias del norte de África).archivofsierrapambley.wordpress.com+3UNED+3UNED+3

Monografías y obras de síntesis

  • Ferrer Benimeli, José Antonio. La masonería española: la historia en sus textos. Madrid: Istmo, 1996. traperiadeklaus.es+1
  • Ferrer Benimeli, José Antonio (coord.). La masonería en la España del siglo XX. VII Symposium Internacional de Historia de la Masonería Española (Toledo, 17-20 de abril de 1995), 2 vols. Cuenca–Toledo: Universidad de Castilla-La Mancha, 1996. Dialnet+1
  • Ferrer Benimeli, José Antonio (ed.). La masonería española y la crisis colonial del 98. VIII Symposium Internacional de Historia de la Masonería Española (Barcelona, 3-6 de diciembre de 1997). Zaragoza: Centro de Estudios Históricos de la Masonería Española / Universidad de Zaragoza, 1999. Dialnet+2Puz+2
  • García-Municio de Lucas, Ezequiel Ignacio. Militares ilustrados, liberales y masones (de 1728 a 1936). Madrid: Masónica.es, Ediciones del Arte Real, 1.ª ed. 2018 (reed. 2023). Uniliber+2Librería Canaima+2
  • Morales Ruiz, Juan José. La publicación de la Ley de represión de la masonería en la prensa de la España de postguerra (1940). Zaragoza: Diputación de Zaragoza, Institución «Fernando el Católico», 1992. revistas.ucr.ac.cr+1
  • Morales Ruiz, Juan José. Palabras asesinas: el discurso antimasónico en la Guerra Civil española. Oviedo: Masónica.es, 2017. revistas.ucr.ac.cr+1
  • Morales Ruiz, Juan José. Franco y la masonería. Un terrible enemigo que no se rinde jamás. Oviedo: Masónica.es, 2022. revistas.ucr.ac.cr+1
  • Portilla Contreras, Guillermo. La consagración del derecho penal de autor durante el franquismo: el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. Granada: Comares, 2009 (ed. comercial 2010). Dialnet+2Marcial Pons+2
  • Álvaro Dueñas, Manuel. Por ministerio de la ley y voluntad del Caudillo: la jurisdicción especial de responsabilidades políticas (1939–1945). Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2006. Wikipedia

Artículos en revistas científicas

  • Paz Sánchez, Manuel de. «Masonería española y emancipación colonial». Revista de Indias 66, n.º 238 (2006), pp. 737-760. revistadeindias.revistas.csic.es+2Dialnet+2
  • Valín Fernández, Alberto J. «Botas y espadas en la secreta sociedad de la escuadra y el compás: la masonería y los militares en la historia de España». Anuario Brigantino 27 (2004), pp. 223-242. anuariobrigantino.betanzos.net+2Dialnet+2
  • Morales Ruiz, Juan José. «La Ley de Represión de la Masonería y el Comunismo (1 de marzo de 1940). Un estudio de algunos aspectos histórico-jurídicos». Revista de Estudios Históricos de la Masonería Latinoamericana y Caribeña (REHMLAC+) 12, n.º 1-2 (2020), pp. 160-197. SciELO Costa Rica+1
  • Feron, Delphine G. «Francisco Ferrari Billoch y la represión antimasónica en la España de posguerra». Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea 27 (2023). Pasado y Memoria+1
  • Álvaro Dueñas, Manuel. «El decoro de nuestro aire de familia. Perfil político e ideológico de los presidentes del Tribunal Nacional de Responsabilidades Políticas». Revista de Estudios Políticos 105 (1999). CEPC+2Recyt+2

Capítulos en obras colectivas y actas

  • Busquets Bragulat, Julio. «La Asociación Militar Republicana (AMR) y la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA) y su relación con la masonería (1929-36)». En: José Antonio Ferrer Benimeli (coord.), La masonería en la España del siglo XX, vol. 2, pp. 871-890. Toledo: Universidad de Castilla-La Mancha, 1996. Dialnet+2Dialnet+2
  • Ferrer Benimeli, José Antonio. «La masonería española y la crisis colonial del 98». En: La masonería española y la crisis colonial del 98. VIII Symposium Internacional de Historia de la Masonería Española. Zaragoza: CEHME / Universidad de Zaragoza, 1999 (y versión ponencia, Casa de Colón, Las Palmas, 1998). revistas.grancanaria.com+2revistas.grancanaria.com+2

Recursos académicos específicos y estudios de caso

  • «La masonería en Ciudad Rodrigo: Logia “La Mirobrigense”» (estudio histórico local disponible en Academia.edu), utilizado puntualmente para confirmar datos de contexto y referencias cruzadas a Valín Fernández. Academia

domingo, 23 de noviembre de 2025

La Règle du jeu (1939), dirigida por Jean Renoir.

Estrenada en 1939, es una película dirigida por Jean Renoir, hijo del pintor impresionista Pierre-Auguste Renoir. Se enmarca en los géneros de comedia satírica, drama y comedia de costumbres. Producida en Francia bajo la compañía Nouvelle Édition Française (NEF), fundada por el propio Renoir, cuenta con un elenco coral que incluye a Nora Gregor como Christine de la Chesnaye, Marcel Dalio como el marqués Robert de la Chesnaye, Roland Toutain como André Jurieux, Paulette Dubost como Lisette, Mila Parély como Geneviève de Marras, Julien Carette como Marceau, Gaston Modot como Schumacher, y al propio Jean Renoir en el papel de Octave. 

La película no recibió premios mayores en su estreno inicial debido a su recepción controvertida, pero fue galardonada retrospectivamente con el Bodil Award en 1966 como Mejor Película No Americana/Mejor Película Europea. Ha sido incluida en listas icónicas como las del American Film Institute (AFI) en su influencia sobre el cine mundial y en el Registro Nacional de Cine de la Biblioteca del Congreso de EE.UU. por su significancia cultural.


Se incluye como una de las "grandes películas de todos los tiempos", con ensayos que la analizan como un "triunfo de la forma y el estilo". Está repleta de mensajes ocultos que critican sutilmente la sociedad francesa en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, sin mencionarla explícitamente: la secuencia de la caza simboliza la brutalidad inminente de la guerra, con la matanza de cientos de animales (conejos y faisanes) representando la insensibilidad de la clase alta hacia la vida humana, un paralelismo profético con los eventos de 1939-1945. 

Entre las curiosidades, Renoir improvisó gran parte del guion durante el rodaje, cambiando el enfoque de una comedia ligera a una sátira profunda tras la invasión alemana de Checoslovaquia en marzo de 1939, lo que infundió a la película un tono de "danza sobre un volcán". 

Una anécdota notable es que Renoir, pacifista declarado, detestaba la caza real filmada, pero la incluyó para acentuar su crítica; durante el rodaje en Sologne, se mataron cientos de animales, lo que le causó remordimientos. 

La película fue un fracaso estrepitoso en su estreno: abucheada en París, con intentos de incendio en salas y prohibida por el gobierno francés por "influencia indeseable", reducida de 113 a 85 minutos. Su restauración en 1959, a partir de negativos recuperados tras un bombardeo en 1942, reveló escenas perdidas, como una menor que se omitió permanentemente.

El conflicto entre las Juntas Militares de Defensa y el Cuerpo de Estado Mayor en el otoño de 1919.

Las Juntas Militares de Defensa.

Las Juntas Militares de Defensa fueron organizaciones corporativas de oficiales del Ejército español surgidas en 1916 y reconocidas legalmente en 1917, en un contexto de malestar militar. Nacieron con un marcado espíritu corporativo y reivindicativo por varias causas: el deterioro de los salarios debido a la inflación de la Gran Guerra, la desorganización del Ejército y, sobre todo, en oposición al sistema de ascensos vigente. 

En particular, las Juntas rechazaban la política de ascensos por méritos de guerra que permitía promociones rápidas a los oficiales africanistas (veteranos de las campañas de Marruecos) en detrimento del ascenso por antigüedad, mucho más lento y tradicional. Este choque entre africanistas y junteros marcaría el trasfondo de las tensiones internas en el estamento militar español de la época. Los oficiales africanistas veían a las Juntas como grupos de burócratas ajenos al sacrificio en África, mientras que los junteros acusaban a aquellos de gozar de ascensos inmerecidos; para 1920, estos últimos incluso denunciaban las presiones de las Juntas en todas las unidades y se sentían perjudicados por la eliminación de sus ascensos por méritos.

Tras su legalización en 1917, las Juntas alcanzaron gran influencia política dentro del Ejército. Inicialmente contaron con cierta simpatía social e incluso la ambigua aquiescencia del rey Alfonso XIII. El gobierno conservador de Eduardo Dato, con el general Primo de Rivera como ministro de la Guerra, aceptó sus demandas profesionales y reconoció oficialmente a las Juntas en 1917, a cambio del apoyo militar para sofocar la huelga general revolucionaria y la Asamblea de Parlamentarios de ese año. Sin embargo, con el paso del tiempo, las Juntas pasaron de ser un movimiento reformista a convertirse en un factor de indisciplina militar y de presión corporativa. Hacia 1918-1919 sus objetivos se radicalizaron: buscaban escalas cerradas de ascensos (promociones estrictamente por antigüedad, sin ascensos extraordinarios) y se oponían a cualquier cuerpo o sistema que otorgase privilegios a ciertos oficiales al margen del escalafón general. En este contexto, centraron sus críticas en el Cuerpo de Estado Mayor, considerado una élite separada dentro del Ejército.

El Cuerpo de Estado Mayor era un cuerpo de oficiales técnicos formado por aquellos que superaban los exigentes estudios en la Escuela Superior de Guerra. Estos oficiales, normalmente capitanes de distintas armas (Infantería, Caballería, etc.) ingresaban en el Estado Mayor tras graduarse, lo que implicaba abandonar el escalafón de su arma de origen para pasar a una carrera aparte dentro del Ejército. Dicho cuerpo proporcionaba especialistas en tácticas y administración militar, y su pertenencia confería cierto prestigio y oportunidades de ascenso diferentes a las del resto de oficiales. Para las Juntas de Defensa, que propugnaban la igualdad de oportunidades por antigüedad y la eliminación de privilegios, la existencia misma del Cuerpo de Estado Mayor resultaba inaceptable. La tensión entre las Juntas (dominadas sobre todo por oficiales de Infantería peninsulares) y los oficiales del Estado Mayor (muchos de ellos africanistas o tecnificados) fue escalando durante 1918-1919, alimentada por recelos mutuos.


La exigencia de disolución del Cuerpo de Estado Mayor (otoño de 1919)

En el otoño de 1919, esta enemistad latente estalló en un abierto enfrentamiento. Las Juntas Militares de Defensa, encabezadas por su presidente, el coronel Silverio Martínez Raposo, lanzaron un desafío directo al Ejército. A través de Martínez Raposo, las Juntas presentaron dos exigencias concretas al gobierno y al alto mando militar:

  1. Disolver el Cuerpo de Estado Mayor.

  2. Reincorporar a sus Armas de origen a todos los oficiales diplomados de Estado Mayor, impidiéndoles abandonar el escalafón de su arma original.

En esencia, las Juntas pretendían suprimir el cuerpo de Estado Mayor y forzar a esos oficiales a volver a la Infantería, Caballería, Artillería u otras ramas donde habían iniciado su carrera. Con ello buscaban acabar con lo que consideraban un privilegio corporativo: la existencia de una vía de ascenso paralela y más rápida para los diplomados del Estado Mayor. Esta postura extremista de los junteros significaba un ataque frontal al sistema establecido de formación de altos oficiales.

Alejandro Lerroux. Wikipedia.
La iniciativa de las Juntas no pasó desapercibida en la escena política. El líder republicano Alejandro Lerroux denunció públicamente las maniobras de las Juntas, acusándolas de intentar imponer la supresión del Estado Mayor mediante presiones al poder ejecutivo, sin consultar a las Cortes ni al conjunto de oficiales del Ejército. En un telegrama hecho público en esos días (octubre de 1919), Lerroux alertaba que las Juntas buscaban lograr su objetivo al margen del cauce legal parlamentario y de la opinión de muchos militares, lo que para él resultaba inadmisible en un Estado de derecho. 

La prensa de la época también reflejó la controversia: el diario El Sol publicó el 19 de octubre de 1919 el texto del telegrama de Lerroux, apoyando la idea de que la cuestión del Estado Mayor no podía resolverse por la fuerza de un lobby militar, sino mediante debate abierto. Estas críticas señalaban el peligro de que las Juntas traspasasen sus atribuciones profesionales e interfirieran en políticas militares de alcance nacional.


La reacción de los capitanes de la Escuela de Guerra: el manifiesto de octubre de 1919

La exigencia de disolver el Estado Mayor y las presiones asociadas generaron un fuerte rechazo entre los oficiales directamente afectados, en especial los que se estaban formando para integrarse en dicho cuerpo. La Escuela Superior de Guerra de Madrid era el centro donde se preparaba a los futuros oficiales de Estado Mayor (generalmente capitanes que aspiraban a ascender a comandantes y jefes). Desde 1918, las Juntas habían venido ejerciendo coacción sobre estos alumnos: exigían que antes de presentarse a las oposiciones para la Escuela, firmasen un compromiso por el cual, si no aprobaban el ingreso, abandonarían el Ejército, y que incluso si lograban diplomarse, renunciarían a ingresar en el Cuerpo de Estado Mayor, permaneciendo en su arma original como simples "diplomados". Es decir, querían que ningún oficial utilizase el diploma de Estado Mayor para cambiar de escala, obligándole a seguir en Infantería u otra arma sin ventaja de promoción. Estas condiciones pretendían desanimar a los oficiales de carrera técnica y asegurar que todos se sometieran a las reglas de ascenso por antigüedad propugnadas por las Juntas.

La imposición de tales compromisos provocó ya en 1918 roces importantes. El primer conflicto conocido ocurrió con un alumno de la Escuela, el teniente Ramón Martínez de Aragón, quien en 1918 se negó rotundamente a firmar el documento de renuncia exigido por las Juntas. Su desafío le costó caro: las Juntas lo acosaron durante todo el curso, a él y a otros dos compañeros díscolos, con expedientes, pleitos y declaraciones hostiles. Este incidente prefiguraba la confrontación mayor que vendría al año siguiente, evidenciando la creciente división dentro del cuerpo de oficiales: de un lado, los junteros decididos a imponer su programa corporativo, y del otro, oficiales dispuestos a defender su carrera técnico-militar.

Militares españoles. 

Finalmente, al inicio del nuevo curso en octubre de 1919, un grupo numeroso de capitanes alumnos de la Escuela Superior de Guerra tomó una decisión sin precedentes: darse de baja de las Juntas de Defensa en señal de protesta. Estos oficiales, hartos de la presión y viendo traicionados los fines originales de las Juntas, redactaron un manifiesto colectivo anunciando su ruptura con el movimiento juntero. El manifiesto, fechado el 16 de octubre de 1919, exponía sus motivos con claridad y mesura. En él declaraban que las Juntas ya no realizaban “los actos que su primitiva orientación hacía esperar” y, siguiendo los dictados de su conciencia, resolvían separarse de dicha organización. Asimismo, aclaraban que no pretendían juzgar ni censurar por el momento la conducta de las Juntas, pero que se apartaban manteniéndose dispuestos a formar en todo momento al lado de sus compañeros para el logro del ideal de justicia.

Este Manifiesto de los Capitanes de la Escuela Superior de Guerra fue firmado inicialmente por veintitrés capitanes alumnos. Entre los firmantes figuraban oficiales de brillante hoja de servicios como Joaquín Alonso García, Antonio Roca, Fernando Gárate, Manuel de Quesada, Joaquín Boneta, José Díaz de Villegas, Juan Priego, Fernando Arniches, Ramón Martínez de Aragón (el mismo teniente hostigado en 1918, ahora ascendido a capitán) y muchos otros. Al día siguiente se sumaron públicamente dos tenientes adheridos al manifiesto, Manuel García Baquero y Luis Carranza de la Torre. Esta lista de nombres, publicada en la prensa, evidenciaba que la élite joven del Estado Mayor estaba dispuesta a enfrentarse a las Juntas por principios. Era un desafío explícito a la autoridad informal que las Juntas habían ejercido entre la oficialidad.

La prensa liberal saludó la valentía de estos oficiales disidentes. El diario El Sol, en su edición del 21 de octubre de 1919, informó que los alumnos de la Escuela, “hartos de las presiones”, se habían dado de baja de las Juntas. En un duro editorial titulado "El fracaso de las Juntas Militares de Defensa. El propio Ejército las condena", El Sol llegó a afirmar que las Juntas se habían convertido, “después de tanto estruendo vano, en organismos que sólo sirven a la vanidad o a los deseos de mando de unos cuantos, sin que la colectividad [de oficiales] haya jamás advertido que de su actuación se derive el más pequeño beneficio”. Este juicio demoledor reflejaba cómo una parte de la opinión pública y del Ejército percibía ya a las Juntas en 1919: como un grupo de mandos ambiciosos cuyo inicial impulso regenerador se había desvirtuado. El propio título del artículo señalaba que el Ejército las condena, subrayando que la iniciativa de los capitanes de Estado Mayor era vista como un pronunciamiento moral del cuerpo de oficiales contra las Juntas.


El Sol (Madrid. 1917). 21/10/1919 https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/viewer?id=f3675291-6d73-47cc-b233-73a513daa572


La respuesta de las Juntas: el Tribunal de Honor y las expulsiones internas

La reacción de las Juntas Militares de Defensa ante lo que consideraban una deserción y desafío en sus filas fue rápida y contundente. Dolidas por el manifiesto de los capitanes de la Escuela de Guerra, las Juntas decidieron tomar represalias para escarmentar a los rebeldes y disuadir a otros de seguir su ejemplo. Para ello, el órgano supremo juntero (la Junta Central presidida por Martínez Raposo) estableció un Tribunal de Honor interno de las Juntas, al margen de la jurisdicción militar ordinaria, con el encargo de juzgar la conducta de los oficiales díscolos. Este Tribunal de Honor encausó a 25 capitanes alumnos de la Escuela Superior de Guerra (básicamente todos los firmantes del manifiesto y adheridos) y, tras una somera "investigación" de su actuación, procedió a expulsarlos de las Juntas. En octubre de 1919, por tanto, las Juntas Militares expulsaron de su organización a unos veinticinco capitanes por “falta de lealtad” al movimiento, eliminándolos de sus registros como miembros.

Cabe señalar que esta expulsión tenía sobre todo un carácter honorífico y corporativo (quedaban expulsados de la asociación de Juntas), puesto que las Juntas carecían de atribuciones legales para apartar a oficiales del servicio activo por sí mismas. No obstante, la medida suponía una grave mancha en la carrera de esos oficiales y una señal de enfrentamiento abierto. El asunto trascendió rápidamente y provocó un nuevo conflicto, esta vez entre las Juntas y el propio Ministerio de la Guerra, pues las autoridades militares reglamentarias se vieron obligadas a reaccionar ante un “fallo” disciplinario dictado por un organismo paralelo. El Consejo Supremo de Guerra y Marina, máximo tribunal militar oficial, apoyado por el entonces ministro de la Guerra general Tovar, decidió no reconocer la validez de las expulsiones decretadas por las Juntas. En la práctica, esto significaba que, pese a la sanción impuesta por el Tribunal de Honor juntero, aquellos capitanes conservaban su situación militar oficial intacta (seguían siendo alumnos de la Escuela de Guerra y oficiales en activo). Esta negativa a convalidar el castigo indignó a las Juntas, que veían cómo el estamento militar tradicional les desautorizaba.

Joaquín Sánchez de Toca.

La tensión subió otro grado cuando el gobierno civil intentó aprovechar la coyuntura para deshacerse del incómodo poder de las Juntas. El presidente del Consejo de Ministros, Joaquín Sánchez de Toca, considerado cercano al rey y de talante reformista, llegó a la conclusión de que las Juntas se habían convertido en un elemento perturbador de la disciplina. A finales de 1919 Sánchez de Toca preparó dos decretos para disolver las Juntas de Defensa definitivamente. Esta era una decisión de gran calado: implicaba suprimir de un plumazo el primer “sindicato” militar que había surgido en España. Sin embargo, a última hora el gobierno no se atrevió a promulgar esos decretos. La enorme influencia y capacidad de agitación de las Juntas, extendidas por todas las guarniciones, hacían temer que su disolución forzosa desatara una rebelión militar abierta. El gabinete de Sánchez de Toca, débil por otras presiones (conflictividad social, terrorismo anarquista, protestas patronales), optó por no echar ese pulso frontal a los oficiales junteros.


La intervención del Ministerio: expulsión oficial de los capitanes y crisis gubernamental

Frustrado el intento de una solución negociada o legal, las Juntas redoblaron su presión hasta torcer la voluntad del Ministerio de la Guerra. Finalmente, el ministro Luis Tovar cedió ante las exigencias junteras y aceptó legitimar la purga de los capitanes de Estado Mayor, pero esta vez mediante los cauces reglamentarios. A instancias suyas se convocó un nuevo Tribunal de Honor oficial del Ejército (es decir, ya no interno de las Juntas, sino bajo la jurisdicción militar establecida) para reexaminar la conducta de los oficiales implicados. El resultado fue que este tribunal castrense confirmó la expulsión del Ejército de 23 capitanes de la Escuela Superior de Guerra, incluyendo a los 16 principales que habían encabezado el manifiesto de octubre. En otras palabras, se hizo efectiva la separación de estos oficiales no solo de las Juntas, sino de las filas del Ejército español, perdiendo sus destinos y empleos. La purga, consumada a finales de 1919, satisfacía en gran medida las demandas originales de las Juntas: los capitanes diplomados del Estado Mayor que habían osado desafiarles quedaban apartados de la institución militar (al menos temporalmente), y con ello se escenificaba la supremacía del movimiento juntero sobre sus detractores dentro del Ejército.

Este desenlace representó una clara victoria de las Juntas frente al cuerpo de Estado Mayor y frente al propio gobierno, pero tuvo altos costos. Por un lado, puso en evidencia la debilidad del poder civil: el gabinete de Sánchez de Toca apareció ante la opinión pública como doblegado por la presión de los militares junteros. De hecho, la autoridad del presidente del Consejo quedó tan menoscabara que poco después su gobierno colapsó. Diversos factores contribuyeron a la caída de Sánchez de Toca en enero de 1920, pero entre ellos no fue menor la pérdida de apoyo del estamento militar: tras reprochar al capitán general de Cataluña, Milans del Bosch, por su dureza en la represión de una huelga, Sánchez de Toca fue vetado por las Juntas Militares. Las Juntas habían acumulado tal poder que podían decidir la suerte de ministros e influir decisivamente en la política nacional. En suma, el episodio de la expulsión de los capitanes de Estado Mayor mostró que en 1919-1920 el gobierno efectivo de España estaba condicionado por los militares junteros, socavando gravemente la subordinación del Ejército al poder civil.

El Cuerpo de Estado Mayor luchó por su supervivencia durante esos años, resistiendo a la hostilidad sistemática de las Juntas. Aunque las Juntas lograron expulsar a los oficiales diplomados más identificados con el cuerpo, no consiguieron su objetivo máximo de disolver por completo el Estado Mayor. Muchos mandos superiores del Ejército, así como sectores políticos, se dieron cuenta de que había que encauzar la situación para evitar nuevos choques. Ya en agosto de 1919 (antes del clímax del conflicto) el general Arsenio Martínez Campos había presentado en las Cortes un proyecto de ley para disolver las Juntas de Defensa, reconociendo el peligro que suponían, pero dicha iniciativa parlamentaria no pasó de la Comisión y no llegó a votarse. Tras la caída de Sánchez de Toca, en diciembre de 1919 asumió la presidencia Manuel Allendesalazar, quien nombró ministro de la Guerra al general José Villalba Riquelme

General José Villalba Riquelme

El general Villalba optó por una solución intermedia: no se atrevió a disolver de golpe las Juntas, pero promulgó el Real Decreto de 30 de diciembre de 1919 que creaba las llamadas Comisiones Informativas en el Ejército. Estas comisiones, una por cada arma o cuerpo, tenían la misión de canalizar las consultas y quejas del personal y “auxiliar al mando en el mantenimiento de la dignidad profesional”. En la práctica, las Comisiones Informativas supusieron institucionalizar algunas funciones de las Juntas bajo control ministerial, restándoles protagonismo. Las Juntas quedaron así debilitadas pero no disueltas de inmediato.

Entretanto, los 23 capitanes expulsados sufrieron las consecuencias en sus carreras profesionales. Durante más de dos años pelearon por su readmisión en el Ejército, presentando recursos y peticiones. Todas sus solicitudes de reingreso fueron sucesivamente denegadas, en gran medida por la presión política de las Juntas, que vetaron cualquier rehabilitación temprana. Recién en julio de 1922, con un panorama político diferente, aquellos oficiales pudieron ser reincorporados al Ejército español. Para entonces, las Juntas Militares de Defensa habían perdido gran parte de su poder.


Consecuencias y legado del enfrentamiento

El enfrentamiento de 1919 entre las Juntas de Defensa y el Cuerpo de Estado Mayor marcó el principio del fin de las Juntas como actor político-militar dominante. Si bien en el corto plazo las Juntas impusieron su voluntad (expulsando a los capitanes de Estado Mayor y haciendo ceder a un ministro), a la larga este episodio evidenció el riesgo que representaban para la cadena de mando y la institucionalidad. En 1922, bajo el gobierno constitucional de José Sánchez Guerra (ministro de la Guerra en ese momento), el movimiento juntero fue finalmente disuelto mediante orden gubernamental. Las Juntas habían ya decaído en influencia y prestigio, erosionadas por las divisiones internas y por la oposición frontal de los oficiales africanistas. Estos últimos no les perdonaban haber frenado los ascensos por mérito ni las acusaban de “cobardes, burócratas e insolidarios” con quienes combatían en Marruecos. El descrédito de las Juntas se había acentuado tras el escándalo de 1919: la opinión pública vio cómo habían antepuesto sus intereses corporativos a la modernización del Ejército y al principio de legalidad.

En perspectiva histórica, la crisis de 1919 mostró el difícil equilibrio entre profesionalización militar y corporativismo en la España de la Restauración. Las Juntas de Defensa nacieron con el afán de regenerar el Ejército y proteger a los oficiales peninsulares de agravios comparativos, pero derivaron en un poder factico que minó la disciplina y la subordinación al poder civil. Su enfrentamiento con el Cuerpo de Estado Mayor –institución creada precisamente para mejorar la eficacia y preparación del Ejército– simboliza esa contradicción. El Cuerpo de Estado Mayor sobrevivió a la intentona de abolición, consolidándose finalmente durante los años 20 tras la desaparición de las Juntas. Muchos de los oficiales expulsados en 1919 fueron reincorporados y algunos continuaron luego carreras distinguidas (por ejemplo, varios de ellos retomaron servicio en 1922 y ascenderían en décadas posteriores). Por su parte, las Juntas Militares de Defensa dejaron como legado inmediato las Comisiones Informativas instauradas por Villalba en 1919, y en general sirvieron de lección sobre la necesidad de encauzar institucionalmente las legítimas reivindicaciones militares sin caer en la indisciplina.

En conclusión, el episodio de otoño de 1919 –cuando las Juntas forzaron la disolución (fallida) del Estado Mayor y la expulsión de los capitanes de la Escuela de Guerra– fue el clímax de la influencia política de las Juntas y a la vez el inicio de su declive. Demostró que, por un momento, un colectivo de militares unidos podían desafiar con éxito al Ministerio e imponer cambios drásticos, lo que supuso un serio aviso para el régimen de la Restauración. No obstante, también quedó de manifiesto que dicho poder no podía sostenerse sin romper la estructura militar: a la larga, el Ejército optó por preservar su cuerpo técnico-profesional (el Estado Mayor) y el Estado restauró la disciplina disolviendo las Juntas. Este conflicto dejó una huella profunda en la historia contemporánea de España, anticipando las tensiones entre militares africanistas y peninsulares que seguirían latentes hasta el golpe de Estado de Primo de Rivera en 1923 y aun después. En palabras de un historiador, las Juntas de Defensa fueron “el primer sindicato militar de masas” y su fracaso final evidenció que el poder militar no podía subsistir al margen de la jerarquía tradicional y del poder civil. Así, el otoño de 1919 representó el punto de inflexión en el que el propio Ejército español condenó a sus Juntas de Defensa, cerrando un turbulento capítulo de militarismo corporativo.


Fuentes 

Esta entrada del blog se ha elaborado con fuentes periodísticas y bibliográficas de la época y de la historiografía posterior. Se han consultado, entre otros, los diarios El Sol y La Correspondencia Militar de octubre de 1919, que documentan el manifiesto de los capitanes y las reacciones públicas al conflicto. 

Asimismo, se han utilizado estudios históricos como El poder militar en la España contemporánea hasta la Guerra Civil de Gabriel Cardona dspace.ceu.es, la obra clásica Páginas de Historia Contemporánea: Las Juntas Militares de Defensa (1923) de G. Martínez de Aragón y Urbiztondo dspace.ceu.es, y trabajos más recientes como la tesis doctoral Africanistas y Junteros: El Ejército Español en África y el oficial José Enrique Varela Iglesias de Antonio Atienza Peñarrocha dspace.ceu.esdspace.ceu.es. Estos estudios proporcionan un marco académico que ha permitido enmarcar el hecho concreto de 1919 en la evolución general de las Juntas Militares de Defensa en España. 

  • El Sol, 19 de octubre de 1919, «Las Juntas de Defensa y el Cuerpo de Estado Mayor. Un telegrama del señor Lerroux», p. 1. dspace.ceu.es

  • El Sol, 21 de octubre de 1919, «El fracaso de las Juntas Militares de Defensa. El propio Ejército las condena», p. 1. dspace.ceu.es

  • La Correspondencia Militar, 21 de octubre de 1919, «Sobre una información del día. La verdad y la razón», p. 1. dspace.ceu.es

  • Cardona, Gabriel El poder militar en la España contemporánea hasta la Guerra Civil. Madrid, Siglo XXI de España Editores, 1983 (y reediciones posteriores). Google Books+1

  • Martínez de Aragón y Urbiztondo, Gabriel
    Páginas de historia contemporánea: las Juntas militares de defensa, los alumnos de la Escuela de Guerra, los hombres públicos de España, la soberanía de la ley.
    Madrid, Librería de Alejandro Pueyo / Tip. de Fuertes y Marquínez, 1923. Google Books+1

  • Atienza Peñarrocha, Antonio
    Africanistas y junteros: el ejército español en África y el oficial José Enrique Varela Iglesias.
    Tesis doctoral, Universidad Cardenal Herrera–CEU, Valencia, 2012. Dialnet+1

miércoles, 19 de noviembre de 2025

El Grande Oriente de Benito Pérez Galdós (1820-1823).

En 1820 el destino de España se decidía más en las logias secretas que en las Cortes (después también...🤫).

Un nuevo Episodio Nacional de Galdós. Muy interesante. No está claro que Galdós perteneciera a la masonería, pero estaba muy relacionado con ellos, se nota en la novela. Los ridiculiza muy sutilmente, pero no se si porque los veía demasiado flojos y el tiraba más por los «Comuneros» exaltados, que tenían uno de sus nidos en la «Fontana de Oro». 

Se estudia la influencia de la Iglesia, de los militares, de todos, menos de la masonería y fueron el grupo que en la oscuridad más influyó en el s. XIX e inicios del XX en la sociedad española.

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El Grande Oriente sitúa la acción en el agitado periodo del Trienio Liberal (1820-1823), que comienza con el triunfo del pronunciamiento del General Riego que fuerza a Fernando VII a jurar la Constitución de Cádiz de 1812.

La novela retoma la figura del protagonista de la Segunda Serie, Gabriel de Araceli, que ahora se ve envuelto en el bullicio político de Madrid, dominado por el fervor constitucionalista y la inminente amenaza de la reacción absolutista. La trama se centra en las divisiones internas del liberalismo entre los más cautos o moderados (a menudo identificados con la masonería) y los más impetuosos o exaltados (vinculados a la sociedad de los comuneros). Galdós utiliza las intrigas de la vida social y política para ilustrar cómo las sociedades secretas y patrióticas se convierten en los verdaderos centros de decisión y poder del momento. Es una novela sobre la fragilidad de la libertad y el peso de las fuerzas ocultas en la política.

Parece ser que Galdós no perteneció a la masonería, pero tuvo mucha relación con ellos. Este conocimiento directo y de primera mano de los ritos, estructuras y el lenguaje masónico le permitió a Galdós tratar la institución con una precisión y ambivalencia que distingue su obra. No escribe desde el desconocimiento.


Contenido Masónico en la novela.

En el Trienio Liberal, la masonería es el armazón ideológico y organizativo que permitió el triunfo de la revolución de 1820.

En El Grande Oriente, la masonería no es una sociedad puramente filosófica, sino el núcleo dirigente del poder liberal moderado. Galdós expone cómo los puestos clave en el gobierno, el ejército y la Milicia Nacional estaban ocupados por "Hermanos". La lealtad masónica, basada en el secreto y el juramento, garantizaba una cadena de mando paralela a la oficial.

La novela refleja la grave fractura que marcó el Trienio: Masones (Moderados o 'Doceañistas'): Buscan una aplicación de la Constitución más conciliadora, temerosos de la radicalización y respetando el marco monárquico. Comuneros (Exaltados o 'Veinteañistas'): De carácter más popular y radical, critican la lentitud de los masones y exigen un recorte drástico del poder real. El Grande Oriente capta la tensión y la lucha intestina entre estas dos facciones liberales.

Galdós utiliza la jerga masónica (el «Taller», el «Grande Oriente», los «Trabajos», «levantar columnas», «el Oriente», «los Hermanos») para crear una atmósfera de clandestinidad solemne que contrasta con la frivolidad o ambición de algunos de sus miembros. La ironía surge del contraste entre el noble ideal de la Fraternidad Universal y la mezquindad de las facciones políticas españolas.

«Era un lenguaje cifrado, mezcla de solemnidad y trapacería, indispensable para que los Hermanos se entendieran.» (Refleja la visión ambigua de Galdós).

El narrador, Gabriel de Araceli, actúa como observador privilegiado. Su experiencia en los entresijos de la sociedad secreta le permite a Galdós penetrar en el mecanismo de la conspiración, que es la forma dominante de la política en este periodo. La focalización interna de Gabriel es más de aventurero y patriota que de ideólogo, lo que humaniza la política y la hace más accesible al lector.


La Influencia de la masonería.

Una parte crucial del libro donde se expone la influencia de la masonería en un episodio político importante del Trienio Liberal es su papel en el control de las instituciones de orden público y la Milicia Nacional.

La novela detalla cómo las logias, mediante sus afiliados en la administración y el ejército, coordinaron la respuesta del gobierno liberal ante los primeros conatos de sublevación absolutista y las intrigas de la Corte para anular la Constitución.

Galdós muestra que la Milicia Nacional (la fuerza armada ciudadana, base del Trienio) estaba ideológicamente vertebrada por la masonería y los comuneros. La logia servía para movilizar a los batallones en defensa del régimen ante las amenazas. El juramento masónico se convierte en un juramento de lealtad, garantizando la acción rápida y coordinada.

Las reuniones en el "Taller" son decisivas para aplicar la ley y la represión contra los 'serviles'. Se planean destituciones de funcionarios y nombramientos de figuras leales. Este mecanismo es un ejemplo de doble poder: la oficialidad del gobierno y la efectividad oculta de la logia para asegurar el control del Estado.

«Si no fuera por el Grande Oriente, ni el Ministerio ni las Cortes podrían gobernar un solo día.» (Expone la función de soporte estructural de la masonería).

El Grande Oriente es una pieza esencial en la Segunda Serie porque desmitifica el proceso revolucionario de 1820. Galdós no celebra acríticamente la libertad, sino que examina los mecanismos y las miserias que hicieron posible y, a la vez, tan frágil, el Trienio. Critica su tendencia al elitismo y al secretismo que la aisló del pueblo llano, facilitando su colapso final. La novela capta la atmósfera tensa y febril de España. Su valor reside en la precisión con que Galdós documenta la sociedad de la conspiración como motor histórico.

Citas Breves Justificadas

  • «Nos reunimos para salvar la patria a espaldas de la patria misma.» (Ironía sobre el secretismo).

  • «El Templo es la cuna donde se cría la Constitución del Doce.» (Defensa del papel fundacional de la Logia).


En el Trienio Liberal (1820-1823), la Logia no era solo un club, sino el esqueleto organizativo que sostuvo el gobierno. Galdós analiza la paradoja liberal de tener que recurrir a la sociedad secreta (la Logia) para defender la Constitución y la transparencia pública. La división interna (Masones moderados vs. Comuneros exaltados) expuesta en el libro es una causa clave de la debilidad intrínseca del Trienio. La obra enseña cómo la novela realista puede utilizar el detalle de los ritos y las intrigas para ilustrar la crudeza y complejidad de la lucha por el poder.

El Extraño del Tercer Piso (Stranger on the Third Floor) 1940.

Considerada el origen del cine negro:  Director : Boris Ingster (en su debut como director). Elenco principal : John McGuire como Michael Wa...