sábado, 15 de noviembre de 2025

5ª Parte: La tertulia del Café Lion (1950-1960) presidida por Antonio Rodríguez-Moñino

En el periodo de posguerra en Madrid, especialmente durante las décadas de 1940 y 1950, la vida cultural sobrevivió gracias a formas de sociabilidad como las tertulias literarias. Las tertulias –reuniones informales de escritores, académicos y artistas en cafés u otros espacios– tenían una larga tradición en España, y en la posguerra adquirieron un papel esencial como refugio de intercambio intelectual al margen de la cultura oficial.
En este contexto, Madrid vio renacer algunos focos culturales. Cafés históricos como el Café Gijón o el Café Lion se mantuvieron como lugares de encuentro para escritores de distintas generaciones. Durante los años 50 surgió la llamada “Generación del medio siglo”, un grupo de narradores y dramaturgos (Ignacio Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio, Alfonso Sastre, Carmen Martín Gaite, entre otros) que buscaban retomar el pulso de la vida cultural tras los años más duros de la posguerra.
Uno de los núcleos emblemáticos de esa reactivación intelectual fue una nueva tertulia del Café Lion, organizada y presidida por el bibliógrafo extremeño Antonio Rodríguez-Moñino en la década de 1950. Este café, situado en el n.º 59 de la calle de Alcalá (cerca de la plaza de Cibeles), ya contaba con una rica historia cultural desde su inauguración en 1931. En los años de la II República, el Lion llegó a ser un “crisol ideológico” donde convivían las dos Españas –escritores de izquierdas y falangistas compartiendo espacio. Durante la posguerra inmediata, se volvieron a abrir algunos cafés y finales de los 40 y comienzos de los 50, Madrid comenzó a ver renacer estas reuniones culturales. La tertulia de Rodríguez-Moñino en el Café Lion, activa aproximadamente entre 1950 y 1960, se convirtió en un punto de encuentro clave para una nueva generación de escritores y para diversos hispanistas extranjeros de visita en España.


Breve biografía de Antonio Rodríguez-Moñino y relevancia intelectual.

Antonio Rodríguez-Moñino
Antonio Rodríguez-Moñino (1910-1970) fue un destacado erudito, bibliógrafo y filólogo español. Nacido en Calzadilla de los Barros (Badajoz) en 1910, desde muy joven mostró vocación por las letras: con apenas 14 años ya publicaba artículos en periódicos locales y a los 18 había fundado un centro cultural extremeño y escrito sus primeros estudios de bibliografía regional. Estudió Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad Central de Madrid, donde pronto se integró en círculos intelectuales y frecuentó tertulias estudiantiles (llegando incluso a organizar una propia en el café Castilla durante los años universitarios).

Durante la Segunda República y la Guerra Civil, Rodríguez-Moñino formó parte de la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico, participando en la salvaguarda de libros y obras durante el conflicto. Al terminar la guerra en 1939 fue apartado de la docencia por sus conocidas simpatías republicanas, inhabilitado para cargos educativos y pasó un breve periodo en prisión en 1939. Aunque finalmente absuelto en lo militar, administrativamente se le prohibió ejercer cualquier actividad cultural oficial.
Rodríguez-Moñino continuó trabajando en el ámbito bibliográfico. Fue bibliotecario de la Fundación Lázaro Galdiano y también trabajó en la Biblioteca de la Real Academia Española. En paralelo durante los años 40 publicó numerosos estudios sobre literatura medieval y del Siglo de Oro, así como sobre folclore extremeño, consolidándose como el principal bibliógrafo de su generación. Entre sus aportaciones se cuentan la recopilación Las fuentes del Romancero General (1957) y catálogos y ediciones facsimilares de cancioneros antiguos.
Moñino ejerció de mentor intelectual para jóvenes escritores e investigadores. Volvió a la enseñanza reglada en 1966 y fue aceptado como miembro de número de la Real Academia Española (RAE). Su valedor fue el doctor Gregorio Marañón.

Un hito fundamental en su biografía fue la creación, en 1953, de la Revista Española, una publicación bimestral de crítica y creación literaria que fundó con la intención de dar cabida a nuevas voces y estudios independientes. Rodríguez-Moñino figuraba como fundador y director oficioso, aunque en el consejo de redacción incluyó a tres jóvenes escritores entonces emergentes –Ignacio Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio y Alfonso Sastre– quienes en la práctica dirigieron la revista. 

La Revista Española (1953-1954) alcanzó a publicar solo seis números antes de desaparecer. Aun efímera, supuso un intento de renovar el panorama literario: por sus páginas pasaron miembros de la nueva generación de prosistas españoles, como los mencionados Aldecoa, Ferlosio y Sastre, junto a otros colaboradores de prestigio (José Luis López Aranguren, Juan Goyanarte, María Moliner, etc.). Esta revista fue en cierto modo el embrión de la tertulia del Café Lion, ya que el mismo grupo humano que colaboraba en ella pasó a congregarse regularmente en torno a Rodríguez-Moñino en dicho café.

Ignacio Aldecoa. menoscuarto.es
A finales de los 50, Rodríguez-Moñino comenzó a obtener reconocimiento internacional. En 1960 aceptó una invitación para enseñar Literatura Española en la Universidad de California, Berkeley. Pasó gran parte de los años 60 en Estados Unidos, dando cursos en diversas universidades (Berkeley, UCLA, etc.) y ocupando la vicepresidencia de la Hispanic Society of America. Su retorno a España era esporádico hasta que en 1966 ingresó finalmente en la RAE. En 1968 leyó allí su discurso de ingreso y apenas dos años después, en junio de 1970, falleció en Madrid a los 60 años.
En cuanto a su relevancia en el ámbito literario e intelectual, Antonio Rodríguez-Moñino es recordado como el mayor bibliógrafo español del siglo XX y un erudito incansable, pero también como un puente entre generaciones. Su tertulia del Café Lion es muestra de esa labor: Moñino fue el anfitrión que acogió, orientó y propició el encuentro entre jóvenes escritores españoles y renombrados hispanistas extranjeros. 

Rafael Sánchez Ferlosio
Esa red intelectual tejida por Moñino –tanto en su propio domicilio madrileño como en la tertulia del Lion– incluyó figuras de enorme calibre: desde el hispanista francés Marcel Bataillon hasta el crítico norteamericano Hayward Keniston, pasando por académicos de diversos países (María Rosa Lida, Elías L. Rivers, Juan B. Avalle-Arce, Edward M. Wilson, Noël Salomon, Arthur L.-F. Askins, Georges Demerson, F. J. Norton, entre otros). La impronta de Rodríguez-Moñino en el campo de los estudios hispánicos trasciende fronteras y épocas, consolidándose como referente obligatorio en bibliografía, filología y como dinamizador cultural en la España de posguerra.


El Café Lion: espacio de sociabilidad cultural madrileña

El Café Lion de Madrid fue uno de los escenarios urbanos más vibrantes para la vida cultural del siglo XX español. Inaugurado el 10 de octubre de 1931, en plenos albores de la Segunda República, el Lion se ubicaba en los números 57-59 de la calle de Alcalá, muy cerca de la Cibeles. Sus propietarios, la familia Gallardo, eran también dueños de otro café homónimo más antiguo, el Lion d’Or, situado unas manzanas más abajo en la misma calle. Para distinguirlos, al nuevo establecimiento se le conoció simplemente como Café Lion (sin acento, y a veces escrito Lyon en crónicas de la época). El local pronto destacó por su amplitud, decoración moderna y ambiente elegante. De hecho, una de sus señas de identidad era el sótano conocido como “La Ballena Alegre” –nombre traducido al español de Zum Lustigen Walfisch, “La ballena jocosa” en alemán–, un refinado salón subterráneo con estética germánica decorado con murales del pintor Hipólito Hidalgo de Caviedes. Este salón íntimo, apartado del bullicio de la planta calle, tendría un papel singular al alojar algunas tertulias.

A lo largo de la década de 1930, antes de la Guerra Civil, en sus mesas se gestaron proyectos literarios y se congregaron personalidades de todos los signos ideológicos. Por ejemplo, el ensayista católico José Bergamín frecuentaba el Lion con su círculo, llegando a fundar allí la influyente revista literaria Cruz y Raya en 1933. En torno a Bergamín acudían escritores de la talla de Miguel Hernández, Ramón Sijé o incluso poetas latinoamericanos como Pablo Neruda, quienes colaboraron en dicha revista. Al mismo tiempo, en otra mesa, podía uno encontrar a artistas vanguardistas: el legendario novelista Ramón María del Valle-Inclán pasó por el Lion en sus últimos años, instalado en un rincón donde “recibía” a sus amigos, entre ellos pintores como Rafael Penagos y Anselmo Miguel Nieto. También se sabe que Guillermo de Torre (crítico literario del ultraísmo) y Esteban Salazar Chapela organizaban allí otra tertulia literaria con músicos como Gustavo Pittaluga y escritores como Francisco Ayala.
Lo más llamativo es que, simultáneamente, el Lion albergó reuniones de signo opuesto: en los sótanos de La Ballena Alegre se dieron cita miembros de la Falange. El propio fundador falangista José Antonio Primo de Rivera estableció allí en 1935 un círculo denominado su «corte literaria». Según testimonios, en esos años convulsos era posible ver en el Lion a grupos de izquierdas y derechas “juntos pero no revueltos”. Aquella insólita convivencia de las “dos Españas” bajo el mismo techo, que el Lion simbolizó en la República, se quebró abruptamente con el estallido de la Guerra Civil en 1936. Durante la contienda, como la mayoría de cafés, el Lion cesó su actividad normal.

Tras la guerra el Café Lion reabrió sus puertas en 1939 y trató de retomar la tradición tertuliana. La primera gran tertulia de postguerra que se instaló en el Lion fue “Ocio atento”, fundada en 1939 bajo la presidencia de José María de Cossío y con Manuel Machado como secretario. Esta tertulia reunía sobre todo a poetas y escritores falangistas de la llamada Generación del 36 –Dionisio Ridruejo, Luis Rosales, Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco– junto a algún veterano del 27 como Gerardo Diego. La tertulia se desarrollaba en el Lion pero, según las crónicas, apenas duró unos ocho meses antes de trasladarse a la Biblioteca Nacional, transformándose en la Academia menor “Musa Musae”.

Pese a ello, el Café Lion siguió albergando encuentros culturales más o menos espontáneos. Durante los años 40 y 50, otras peñas mantuvieron vivo el ambiente. Por ejemplo, en los 40 se menciona la presencia ocasional de miembros de la Real Academia, o incluso conciertos improvisados como el del guitarrista Regino Sáinz de la Maza acompañando lecturas de poemas de Antonio Machado por su hermano Manuel Machado en el Lion. En la década de 1950, el Lion vivió un nuevo esplendor tertuliano. Numerosos escritores jóvenes comenzaban a reunirse allí en sobremesas literarias. El café siguió siendo propiedad de la familia Gallardo, conservando su esencia castiza a pesar del paso del tiempo. Un cronista resalta que entre los años 50 y 80 “se siguieron haciendo tertulias de escritores, intelectuales, artistas, médicos…, incluso conciertos y presentaciones de libros” en el Lion. En ese periodo destacaron dos tertulias concretas: por un lado, la protagonizada por Rodríguez-Moñino y los narradores de la Generación del medio siglo (objeto central de este trabajo); y más adelante, hacia finales de los 60, otra tertulia en la que participaba el profesor Enrique Tierno Galván (futuro alcalde socialista de Madrid) entre otros jóvenes políticos e intelectuales.

El propio nombre “Lion” evocaba esa mezcla de sofisticación cosmopolita (un café con nombre francés y salón alemán) y madrileñismo castizo (punto de encuentro “de toda la vida” en la calle Alcalá). Hacia 1993, el vetusto café cerró definitivamente, víctima de deudas y sanciones administrativas, y poco después reabrió transformado en pub-restaurante irlandés (rebautizado en algún momento como “James Joyce Irish Pub”). No obstante, los elementos históricos, como los murales de La Ballena Alegre, se conservaron como testigos mudos de aquel glorioso pasado tertuliano. Así, el Café Lion pervive en la memoria cultural madrileña.

La tertulia del Café Lion (1950-1960): participantes, desarrollo y temas

La tertulia de Antonio Rodríguez-Moñino en el Café Lion, activa principalmente durante la década de 1950, fue uno de los núcleos intelectuales más fecundos de la posguerra española. Aunque no existe una fecha exacta de fundación, puede situarse su origen alrededor de 1953, coincidiendo con el lanzamiento de la Revista Española y la reunión en Madrid de un grupo de jóvenes escritores que colaboraban con Rodríguez-Moñino. La tertulia no tenía un nombre formal, se la conocía simplemente por el lugar (“la tertulia del Lion”) o se sobreentendía al citar a sus integrantes. Tenía lugar al mediodía, típicamente como tertulia de sobremesa tras el almuerzo, aprovechando la franja horaria en que muchos podían escaparse del trabajo o la universidad. De hecho, las fuentes la denominan la tertulia de sobremesa del Lion presidida por Rodríguez-Moñino. El día concreto de reunión variaba; algunos testimonios la sitúan en fines de semana o varios días por semana. Dado que Rodríguez-Moñino por entonces trabajaba como bibliotecario y los escritores jóvenes tenían rutinas flexibles, es posible que el encuentro fuera frecuente, incluso diario en ciertos periodos.

La tertulia contaba con un núcleo fijo de asistentes liderado por el propio Antonio Rodríguez-Moñino. Junto a él se encontraban los tres escritores que formaban el consejo de Revista Española, representativos de la Generación del 50: Ignacio Aldecoa (1925-1969): narrador y cuentista vitoriano. Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019): novelista madrileño (hijo del escritor Rafael Sánchez Mazas), autor de El Jarama (1955), obra cumbre del realismo social. Su esposa, Carmen Martín Gaite, también escritora de la misma generación, habría asistido ocasionalmente; de hecho, Martín Gaite colaboró en la Revista Española. Alfonso Sastre (1926-2021): dramaturgo y ensayista, figura clave del teatro social de posguerra. Sastre aportaba a la tertulia una perspectiva comprometida políticamente (era marxista).

Además de este cuarteto central (Rodríguez-Moñino + Aldecoa, Ferlosio, Sastre), por la tertulia pasaron otros miembros de la generación literaria de medio siglo: Dionisio Gamallo Fierros, José María de Cossío, Pablo Ortiz García “Gaya” y Juan Antonio Gaya Nuño, Josefina Rodríguez “Finn” y algunos más.

Un rasgo distintivo de la tertulia del Lion fue la presencia regular de hispanistas extranjeros invitados, algo poco común en otras tertulias madrileñas de la época. Gracias a la hospitalidad de Rodríguez-Moñino, cuando algún académico extranjero visitaba Madrid para investigar, era llevado al Lion a conocer a los escritores locales. Entre los visitantes ilustres se cuentan: Marcel Bataillon: prominente hispanista francés, Hayward Keniston: profesor norteamericano especializado en literatura española del Siglo de Oro, María Rosa Lida de Malkiel, filóloga argentina, Elías L. Rivers: joven académico estadounidense (más tarde reconocido cervantista), Juan Bautista Avalle-Arce: crítico literario argentino, Edward M. Wilson: hispanista británico de Cambridge, especialista en teatro del Siglo de Oro, Noël Salomon: hispanista francés interesado en la novela picaresca, Georges Demerson: hispanista francés centrado en literatura medieval, F. J. Norton: bibliógrafo británico experto en imprenta española antigua.

Un factor que contribuyó a la longevidad de la tertulia (casi toda la década) fue la relativa estabilidad personal de sus miembros en esos años. Salvo viajes ocasionales (Aldecoa a EE.UU. en 1958, Moñino mismo viajó algún verano invitado al extranjero) y el servicio militar de algunos jóvenes, todos residían en Madrid y tenían disponibilidad. La tertulia debió decaer a partir de 1960, cuando Antonio Rodríguez-Moñino partió a California. Su ausencia, sumada a la muerte prematura de Aldecoa en 1969 fue cerrando el ciclo. No obstante, otros veteranos siguieron frecuentando el Lion en los 60, enlazando con nuevas generaciones (como la de Tierno Galván mencionada). Podemos considerar que la tertulia “clásica” del Lion concluyó a finales de los 50, pero su legado intelectual perduró en la amistad y colaboración entre quienes la integraron.

Papel de la tertulia en el mundo académico, editorial, literario y político.

La influencia de la tertulia del Café Lion trascendió las conversaciones entre sus cuatro paredes y se proyectó en el mundo académico, editorial y literario de la España de mediados de siglo. Puede afirmarse que este grupo actuó como un catalizador cultural, cuyos efectos se percibieron en varias dimensiones.

Desde un punto de vista más amplio, la tertulia del Lion jugó un papel crucial en la gestación y consolidación de la Generación del 50 o “del medio siglo”. Este término generacional incluye a escritores nacidos en la década de 1920 que comenzaron a publicar en los 50, caracterizados por un enfoque realista, preocupaciones éticas y estilo sobrio.

Hay que señalar, que la tertulia del Lion no era un foco organizado de oposición política. Ninguno de sus miembros, en los años 50, militaba en partidos clandestinos. Esto la distingue de otras reuniones de intelectuales marxistas que sí se daban en la época (por ejemplo, las tertulias de Rafael Alberti o Pablo Neruda en el exilio, o las de comunistas ocultos en Madrid). En el Lion había simpatías progresistas, pero también un respeto a ciertas formas: todos compartían un amor por la alta cultura española que los alejaba de la propaganda soviética y marxista.


Bibliografía

  • Rodríguez-Moñino, Antonio – Papers and Correspondence. Diversos documentos personales (cartas, diarios, apuntes) conservados en la Real Academia Española y en la Bancroft Library, University of California, Berkeley (consultados indirectamente a través de la bibliografía secundaria citada).
  • Revista Española (1953-1954) – Colección completa de los 6 números publicados. Madrid-Valencia: Editorial Castalia. (Recurso hemerográfico fundamental, con artículos de los propios contertulios del Café Lion.).
  • Ignacio Aldecoa, entrevista de 1955 (publicada en Ínsula, n.º 111, 1956).
  • Alfonso Sastre, declaraciones recopiladas en Torres Nebrera, G. Teatro y sociedad en Alfonso Sastre. Madrid: Fundamentos, 1974.
  • Josefina R. Aldecoa, memorias Historia de una maestra (Barcelona: Anagrama, 1990) – alusiones a las tertulias literarias de los 50.
  • Bataillon, Marcel. Correspondencia con A. Rodríguez-Moñino (1952-1964). [En Ortiz Romero, P. (ed.), Epistolario de Antonio Rodríguez-Moñino, Córdoba: Universidad de Córdoba, 2020].
  • Lida, María Rosa. Carta a Enrique Anderson Imbert (1954), citada en Lida, E. María Rosa Lida: correspondencia, Buenos Aires, 2007.
  • Tudela, Mariano. Aquellas tertulias de Madrid. Madrid: El Avapiés, 1984. – Obra clave que dedica capítulos a las tertulias del Café Lion (incluyendo la de Rodríguez-Moñino) y a otras reuniones literarias madrileñas del siglo XX. Basada en recuerdos personales y documentación de la época.
  • Ortiz Romero, Pablo. Antonio Rodríguez-Moñino: luces y sombras del mayor bibliógrafo español del siglo XX. Córdoba: Editorial Almuzara, 2022. – Reciente biografía académica de Rodríguez-Moñino, muy completa (445 páginas). Incluye capítulos sobre su tertulia y relaciones con escritores jóvenes.
  • Real Academia de la Historia (RAH) – Diccionario Biográfico Electrónico, entrada “Antonio Rodríguez-Moñino Rodríguez”. – Síntesis biográfica autorizada, consultada online. Aporta datos verificados sobre su depuración, cargos y fundación de Revista Española, así como su tertulia con hispanistas en el Café Lyon.
  • Jurado Morales, José. Las razones éticas del realismo: "Revista Española" (1953-1954) en la literatura del medio siglo. Cádiz: Universidad de Cádiz, 2018. – Monografía que estudia en detalle la revista promovida por Rodríguez-Moñino, su contenido y su cierre, contextualizándola en la generación de los 50 y la censura. Incluye análisis del círculo del Café Lion como consejo de redacción de la revista.
  • Brotons Peñasco, Joaquín. “El Café Lion, donde convivieron las dos Españas”, en Lanza Digital, 13 agosto 2017. – Artículo periodístico de divulgación que repasa la historia del Café Lion desde 1931 hasta su cierre. Ofrece detalles jugosos (anécdotas de Primo de Rivera con Lorca, el himno falangista en La Ballena Alegre, etc.) y menciona las tertulias de los 50-60 (Generación del 50 y la de Tierno Galván). Útil como recurso hemerográfico de síntesis.
  • AntiguosCafesdeMadrid.com (blog de M.R. Giménez). Entrada: “El Café Lion y su Ballena Alegre” (23 marzo 2013). – Blog histórico que documenta cafés desaparecidos de Madrid. La entrada del Lion aporta datos sobre fechas, decoración, y repasa las tertulias relevantes del local (Bergamín, Valle-Inclán, Ocio atento, etc.). Aunque no profundiza en la tertulia de Moñino, es valiosa por la ambientación y las fotos del lugar (fachada, interior).

Drácula (1931) de Tod Browning con Bela Lugosi.

Producción estadounidense de Universal Pictures, dirigida por Tod Browning y coproducida por Carl Laemmle Jr. El guion, escrito por Garrett Fort, se basa en la novela homónima de Bram Stoker (1897) y, más directamente, en la adaptación teatral de Hamilton Deane y John L. Balderston (1924/1927). La película pertenece al género de horror gótico, con elementos de fantasía y drama sobrenatural.

El elenco principal incluye a Bela Lugosi como el Conde Drácula, Helen Chandler como Mina Murray, David Manners como Jonathan Harker, Dwight Frye como Renfield, Edward Van Sloan como el Profesor Abraham Van Helsing, Herbert Bunston como el Dr. Jack Seward y Frances Dade como Lucy Weston. Entre los roles no acreditados destacan Carla Laemmle (prima del productor) como una pasajera en el carruaje y las novias de Drácula interpretadas por Geraldine Dvorak, Cornelia Thaw y Dorothy Tree.

La película se estrenó el 12 de febrero de 1931 en el Roxy Theatre de Nueva York, con lanzamiento nacional el 14 de febrero. Su presupuesto fue de aproximadamente 341.191 dólares, y generó ganancias significativas para Universal, estimadas en 700.000 dólares en Estados Unidos y 1,2 millones a nivel mundial, convirtiéndola en el mayor éxito del estudio ese año.


Desde un punto de vista técnico, Drácula representa una transición clave en la era del cine sonoro temprano, influenciada por el expresionismo alemán y las técnicas del cine mudo.

Freund, conocido por su trabajo en Metropolis (1927) de Fritz Lang, emplea close-ups hipnóticos en los ojos de Lugosi para transmitir el poder del vampiro, y utiliza niebla, telarañas gigantes y escenarios decadentes (como el castillo en Transilvania) para amplificar el sentido de lo sobrenatural. Los sets, diseñados por Charles D. Hall, incluyen escaleras imponentes y criptas polvorientas que influyeron en el canon de horror de Universal.

La ausencia de una banda sonora original (debido a costos y la novedad del sonido) genera un silencio inquietante que realza el impacto de los efectos sonoros, como los aullidos de lobos o el crujir de ataúdes, manejados por Jack Foley.

Drácula de Tod Browning es ampliamente reconocida como una piedra angular del cine de horror, que inauguró el ciclo de monstruos de Universal y definió la imagen moderna del vampiro en la cultura popular. En general, el consenso crítico consolida a Drácula como un clásico influyente, cuya fuerza reside en la interpretación hipnótica de Lugosi, que transformó al vampiro de una bestia repulsiva en un aristócrata carismático y erótico.

Una versión española fue filmada simultáneamente en los mismos sets, pero de noche, dirigida por George Melford con Carlos Villarías como Drácula; considerada superior en algunos aspectos técnicos por su uso innovador de la cámara, fue restaurada en los 90 tras hallarse una copia en Cuba. También existe una versión muda para cines sin sonido.

lunes, 10 de noviembre de 2025

La caída del Gobierno Dato y la reorganización del Ejército (1917-1918). Junteros y africanistas enfrentados.

A mediados de la segunda década del siglo XX, el Ejército español atravesaba una profunda crisis interna. Por un lado, el poder adquisitivo de los oficiales peninsulares había caído en picado debido a la inflación provocada por la Primera Guerra Mundial, mientras sus sueldos permanecían congelados. Por otro lado, reinaba un gran descontento en los oficiales peninsulares con el sistema de ascensos vigente: los oficiales destinados en Marruecos obtenían ascensos por “méritos de guerra” en las campañas coloniales. Al mismo tiempo, estos oficiales peninsulares estaban preocupados por las propuestas de reducción de efectivos: los gobiernos de Eduardo Dato (conservador) y del conde de Romanones habían intentado afrontar el exceso de oficiales planteando la amortización de unas 4.800 plazas mediante retiros anticipados. Estas medidas, sumadas a la instauración de exámenes de aptitud para el ascenso (que rompían la tradición de ascenso solo por antigüedad), encendieron los ánimos del cuerpo de oficiales de rangos medios e inferiores en la Península.

Dato. Fotografía Wikipedia.
En este contexto estalló el movimiento de las Juntas de Defensa, unas asociaciones corporativas de jefes y oficiales surgidas espontáneamente en 1916. El detonante fue, precisamente, la orden del gobierno de Romanones exigiendo pruebas de aptitud para ascender, lo que un sector del ejército consideró humillante. Los artilleros se negaron a someterse a tales pruebas y fueron secundados por la infantería; en Barcelona, el coronel Benito Márquez lideró la organización de una Junta de Defensa de la Infantería a finales de 1916, redactando incluso un primer reglamento para estas juntas. Las Juntas rápidamente se extendieron por muchas guarniciones de la Península, canalizando el malestar acumulado. Sus miembros reclamaban subidas salariales para compensar la carestía de la vida y rechazaban frontalmente los ascensos por méritos de guerra, defendiendo en cambio la “escala cerrada” (ascenso estrictamente por antigüedad) y denunciando el favoritismo en las promociones, medidas que pretendían minimizar los méritos de sus compañeros desplegados y combatiendo en África.

Ya desde sus inicios, las Juntas mostraron un marcado espíritu corporativo y pretensiones de presión política. En mayo de 1917 el conflicto alcanzó un punto crítico: el capitán general de Cataluña, general Alfau, intentó disolver las juntas y arrestó a sus principales dirigentes en Barcelona (incluido el propio coronel Márquez). La respuesta de las Juntas fue desafiante: presentaron un manifiesto con sus quejas e incluso amenazaron con quebrar la disciplina y liberar a los detenidos por la fuerza. Ante esta situación insurreccional sin precedentes, el gobierno titubeó. Inicialmente el gabinete liberal de Manuel García Prieto (que había reemplazado al caído Romanones en abril de 1917) intentó mano dura –su ministro de la Guerra, general Aguilera, ordenó la disolución de las juntas–, pero pronto se vio desbordado por la extensión del movimiento juntero. Hay que señalar que las Juntas no carecían de simpatías en la sociedad civil: cierta prensa regeneracionista de izquierda aplaudía sus denuncias contra los “vicios” de la política caciquil, y el propio rey Alfonso XIII no las condenaba abiertamente en un principio.

Alfonso XIII interviene: la caída del gobierno y el ascenso de Dato (junio de 1917)

La semana decisiva llegó a finales de mayo de 1917. Con decenas de juntas militares organizadas en toda España y oficiales dispuestos a desafiar la cadena de mando, Alfonso XIII siguió el conflicto con enorme preocupación. El rey temía un enfrentamiento abierto dentro del Ejército y temía perder el respaldo de la oficialidad intermedia, vital para la estabilidad del trono. Puesto en la balanza, Alfonso XIII optó por ceder ante las demandas de las Juntas: buscó “una solución que no le restara prestigio en el interior del Ejército” y decidió ponerse del lado de los oficiales junteros para mantener la unidad castrense. Esto implicó desautorizar a su propio gobierno liberal –que hasta entonces contaba con su respaldo en la postura de contener a las Juntas– y sacrificar a su ministro de la Guerra, alineándose finalmente con las exigencias militares. ¿Este apoyo a las juntas en contra de los africanistas tuvo consecuencias posteriores?

Romanones. Fotografía Wikipedia.
El resultado fue que el gobierno de García Prieto cayó. En junio de 1917, a instancias del monarca, se formó un nuevo gabinete de corte conservador encabezado por Eduardo Dato, con el claro cometido de aplacar a los militares sublevados y reconducir la situación. Como resume el historiador Javier Moreno Luzón, “el rey, puesto en la disyuntiva de elegir entre la afirmación del poder civil y la simpatía de los estratos intermedios del Ejército, inclinó la balanza en pro de estos últimos”. Alfonso XIII obligó al gabinete a dimitir y confió el poder a Dato, quien se apresuró a claudicar ante las demandas junteras: legalizó las Juntas de Defensa, aprobando el reglamento juntero que hasta entonces era clandestino.

El Gobierno de Dato (1917), nacido de este pacto con los militares, inicialmente cosechó el apoyo de las Juntas gracias a las concesiones otorgadas. De hecho, hubo una suerte de intercambio de favores: a cambio de la legalización y reconocimiento oficial de sus reclamaciones corporativas, los militares junteros respaldaron al gobierno en mantener el orden público durante la crisis revolucionaria de agosto de 1917. Cuando en ese mes se declaró una huelga general insurreccional, coincidiendo con la Asamblea de Parlamentarios en Barcelona (un desafío político de la oposición al régimen), las Juntas de Defensa se alinearon con el gobierno y contribuyeron a reprimir el movimiento revolucionario. Los oficiales junteros –muy lejos de cualquier tentación “sovietizante” al estilo ruso– se emplearon a fondo en sofocar la huelga y en frenar las demandas de los parlamentarios disidentes. Este hecho demostraba que su insubordinación tenía un carácter corporativo, no revolucionario: no pretendían derribar el orden social existente, sino proteger sus propios intereses profesionales dentro de él.



Sin embargo, la estabilidad lograda fue precaria. El triunfo táctico de las Juntas sobre el poder civil en junio inauguró un periodo de inestabilidad crónica en el régimen. Paradójicamente, el propio Dato –beneficiario inmediato de la intervención del rey– no se mantuvo mucho tiempo en el poder. Las mismas fuerzas que lo aupaban terminaron por minar su posición: tras unas semanas de respiro, nuevas presiones militares precipitaron la caída del gabinete Dato en octubre de 1917. Las Juntas, envalentonadas por su victoria, continuaron interfiriendo en la política: exigieron más cambios y vetaron a ministros incómodos. Dato, incapaz de conciliar las demandas castrenses con las de los partidos, presentó su dimisión ese otoño, abriendo la puerta a un breve gobierno de concentración presidido de nuevo por García Prieto. En menos de un año, pues, España había atravesado tres gobiernos (Romanones, García Prieto, Dato), evidenciando la fragilidad del sistema político. Como apuntaría un observador, “junio de 1917 significó un punto de no retorno”: desde entonces y hasta el golpe de Primo de Rivera en 1923, varios presidentes del Consejo cayeron y ninguna solución de gobierno fue estable.

La ley de 1918: reorganización del Ejército y enfrentamiento entre africanistas y junteros

Alfonso XIII. Fotografía Wikipedia.
Tras sofocar la crisis inmediata, el Gobierno y las Cortes se vieron obligados a abordar de raíz las demandas militares mediante una reforma legislativa del Ejército. Fruto de las negociaciones con las Juntas, en 1918 se aprobó una Ley de Bases para la reorganización militar (19 de junio de 1918) destinada a satisfacer, al menos en parte, las reivindicaciones de los oficiales peninsulares. Esta reforma no buscó la modernización del Ejército acorde a las exigencias de la Gran Guerra, como cabría esperar, sino aplacar al colectivo descontento en la Península, incluso a costa de sacrificar los intereses y la moral de los militares que combatían en Marruecos. De hecho, como señala el historiador Gabriel Cardona, la ley “no buscó la renovación militar que imponía la guerra mundial, sino la satisfacción de los oficiales de la Península, contra el interés de los destinados en Marruecos. (…) Era el triunfo del ejército burocrático contra el ejército colonial destacado en África”. En esencia, el poder político madrileño pactó con el más fuerte: cedió ante las Juntas (compuestas por los oficiales “peninsulares” de cuartel) en detrimento de los oficiales “africanistas” que se jugaban el tipo en las campañas del Rif.
El punto central de la ley de 1918 fue la cuestión de los ascensos. La legislación consagró la postura juntera de limitar drásticamente las promociones por méritos de guerra y otros sistemas rápidos. Se impusieron duras restricciones a los ascensos por mérito y por elección, que en adelante solo podrían concederse mediante ley especial y en casos extraordinarios. En la práctica, esto congeló las promociones por hechos de armas: los oficiales destacados en África perdieron la posibilidad de ascender rápidamente por sus victorias o heroicidades, viéndose obligados a esperar el lento turno de antigüedad igual que sus colegas peninsulares. 


Además, la reorganización mantuvo estructuras tradicionales poco eficientes –como las Capitanías Generales en cada región militar con nutridas guarniciones en las principales ciudades– básicamente para no suprimir destinos ni cargos (lo cual contentaba a las oligarquías locales y a la oficialidad que ocupaba puestos burocráticos). Esta continuidad estructural fue criticada incluso por figuras como el conde de Romanones, quien denunció que se conservaban organismos militares obsoletos por mera conveniencia política y económica local, cargando de gasto al Erario sin mejora efectiva de la defensa. 
Se trató, por tanto, de una reforma conservadora en lo organizativo y corporativista en lo profesional, que satisfacía a la masa de oficiales de la Península asegurándoles sus escalafones, aunque a costa de desanimar a quienes habían apostado su carrera (y su vida) al servicio activo en las colonias.
Los efectos de esta reforma en el ejército colonial fueron profundamente negativos. Como apunta Seco Serrano, el decreto de 1918 desmoralizó a los militares que luchaban en Marruecos: esos oficiales de campaña –que soportaban la dureza del combate en el Rif confiando en obtener recompensa profesional– vieron truncadas sus expectativas de ascenso, sumiendo al cuerpo expedicionario en el desencanto. Se exacerbó así la división interna entre los llamados “africanistas” y “junteros”. Desde antes ya existía un resentimiento mutuo: los africanistas (oficiales que servían largo tiempo en Marruecos) acusaban a los de las Juntas de ser “burócratas cómodos”, militares de escritorio que eludían el riesgo y “no eran solidarios con el sufrimiento” de los que combatían a diario en África. Estos últimos, a su vez, se consideraban defensores de la justicia profesional frente a unos “aventureros” cuyo protagonismo en la guerra les parecía desmedido. La nueva ley vino a dar la razón a los junteros, afianzando sus posiciones, lo que aumentó el agravio y la amargura entre los oficiales africanistas. El propio Cardona recoge el sentimiento de la tropa colonial: entre los oficiales que combatían en tierras marroquíes cundía un “profundo disgusto, más aún, encono vivo contra las Juntas de Defensa (…) Aquellos bravos capitanes […] han acabado por odiar el burocratismo estéril, contraproducente y dañoso de las Juntas. Nuestro Ejército de África es una de las víctimas de las Juntas”. En resumidas cuentas, los “primeros” (africanistas) seguían jugándose la vida en el campo marroquí, mientras los “segundos” (junteros) lograban imponer sus intereses desde la seguridad de sus cuarteles en la Península.

Consecuencias para el régimen de la Restauración

Militares españoles en África 1920. Fotografía Ministerio Defensa.

La crisis de 1917-1918 marcó un hito en la España de la Restauración. La caída del gobierno constitucional ante la presión militar y la aquiescencia regia evidenció la debilidad del poder civil. A corto plazo, el sistema político sobrevivió a la tormenta gracias a ese compromiso con el estamento castrense: se logró calmar a las Juntas incorporando buena parte de sus exigencias, y las propias Juntas se moderaron tras ver colmadas sus aspiraciones corporativas. De hecho, durante algunos años mantuvieron un perfil más bajo. Finalmente, en 1922, serían oficialmente disueltas por el gobierno de concentración de José Sánchez Guerra, que las convirtió en simples “comisiones informativas” antes de abolirlas definitivamente por ley en noviembre de ese año. 
Con ello se pretendía restablecer la disciplina y la unidad dentro del cuerpo de oficiales, cerrando la brecha entre africanistas y peninsulares. Sin embargo, el daño al sistema liberal ya estaba hecho: la intervención de Alfonso XIII en favor de las Juntas minó la credibilidad de la monarquía constitucional. Entre 1917 y 1923 se sucedieron numerosos gabinetes inestables y pronunciamientos velados, hasta que el general Miguel Primo de Rivera dio un golpe de Estado en 1923 con la aquiescencia del rey, poniendo fin al régimen parlamentario.
En perspectiva histórica, la “victoria” de los junteros en 1917-18 tuvo un sabor amargo y duradero. Alimentó una fractura en el seno del Ejército: los oficiales africanistas, frustrados en su carrera, desarrollaron un resentimiento que no desapareció con la disolución de las Juntas. Muchos de aquellos jóvenes combatientes que forjaron su identidad en las duras campañas de Marruecos y nunca olvidaron el desdén con que sus sacrificios fueron tratados por la “casta” militar peninsular. Lo ocurrido en 1917-18, por tanto, no fue un simple episodio menor: fue el síntoma de un desequilibrio de poder en la España de Alfonso XIII.


Fuentes

  • «Gaceta de Madrid» (BOE histórico), Ley aprobando las Bases para la reorganización del Ejército, 30 de junio de 1918 (ref. BOE-A-1918-3451). BOE.es
  • Hernández Mir, F. Del desastre al fracaso. Un mando funesto. Madrid: Editorial Pueyo, 1922, p. 103.
  • Romanones, C. de. El Ejército y la política. (Citas sobre Capitanías, Gobiernos militares y costes, pp. 116-129).
  • Cardona, G. El poder militar en la España contemporánea hasta la Guerra Civil. Madrid: Siglo XXI, 1983, p. 3. WorldCat+2Google Books+2
  • Seco Serrano, C. Militarismo y civilismo en la España contemporánea. Madrid: Instituto de Estudios Económicos, 1984, p. 276. Google Books+1
  • Alonso, J. R. Historia política del Ejército español. Madrid: Editora Nacional, 1974, p. 474. Google Books
  • Moreno Luzón, J. El rey patriota. Alfonso XIII y la nación. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2023. (Análisis del papel del rey en 1917 y su relación con las Juntas). Dialnet+2asphs.net+2
  • «El Partido Liberal Español y la Crisis de la Restauración (1917-1923)», en Elites e Poder, Publicações do CIDEHUS (OpenEdition). (Capítulo que documenta la presión de las Juntas, el papel de Alfonso XIII y la inestabilidad gubernamental 1917-1923). OpenEdition Books
  • Alonso Ibáñez, A. I. Las Juntas de Defensa Militares (1916/1917-1922): el sindicalismo en el ejército y su repercusión política durante el reinado de Alfonso XIII. Tesis doctoral, UCM, 1999. (Panorama general y documentación sobre la génesis, legalización y disolución de las Juntas). Producción Científica UCM
  • Smith, A. «Cataluña y la Gran Guerra», Hispania Nova (UC3M), 2017. (Contexto catalán, contactos políticos y papel del coronel Márquez). Revistas UC3M
  • Real Academia de la Historia (DB-e): «Benito Márquez Martínez». (Detenciones de mayo-junio de 1917 en Barcelona y liderazgo juntero). DB-e
  • Zaguán (Univ. Zaragoza): Romero Salvador, C., La crisis española de 1917 (TFG). (Resumen de las tres crisis: militar, política y social; actitud del rey). Zaguan+1
  • «Juntas de Defensa». (Recoge bibliografía académica y resume: legalización en junio de 1917, suspensión de garantías, cierre de Cortes y trayectoria 1917-1922). Útil como guía de citas canónicas (Suárez Cortina, Moreno Luzón, Tusell, etc.). Wikipedia+1

domingo, 9 de noviembre de 2025

Fausto (1926) de F.W. Murnau

Faust – eine deutsche Volkssage* (1926), dirigida por F.W. Murnau, es una adaptación cinematográfica de la leyenda folclórica alemana de Fausto, inspirada principalmente en la versión de Johann Wolfgang von Goethe (1808), aunque incorpora elementos de Christopher Marlowe y tradiciones populares. 

Producida por Ufa (Universum Film AG) en Alemania, la película representa el pináculo del expresionismo alemán. Ha sido reconocida retrospectivamente como una obra maestra del cine mudo, incluida en listas como las de los 10 grandes films expresionistas alemanes.


Destaca por su maestría en el uso de efectos especiales y la cinematografía expresionista. Carl Hoffmann emplea técnicas innovadoras como superposiciones, miniaturas y trucos ópticos para crear secuencias memorables, como la plaga descendiendo sobre la ciudad o el vuelo de Mefisto y Fausto sobre el mundo.

jueves, 6 de noviembre de 2025

¡Pedazo de serie! Drama histórico y el terror psicológico sobre la expedición del HMS Erebus y HMS Terror en busca del Paso del Noroeste en la década de 1840. Se inspira en la expedición real de Franklin, cuya suerte permaneció desconocida hasta el descubrimiento de los restos de los barcos en 2014 (Erebus) y 2016 (Terror)...


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The Terror (2018) es una miniserie de televisión estadounidense que forma parte de una antología de horror sobrenatural, producida por AMC y Scott Free Productions, con Ridley Scott como productor ejecutivo. Creada por David Kajganich, se basa en la novela homónima de Dan Simmons publicada en 2007, que ficcionaliza la expedición perdida de Sir John Franklin en el Ártico entre 1845 y 1848.

La primera temporada consta de 10 episodios de aproximadamente 60 minutos cada uno, con un género que combina aventuras, drama histórico, horror y supervivencia. El elenco principal incluye a Jared Harris como el Capitán Francis Crozier, Tobias Menzies como James Fitzjames, Ciarán Hinds como Sir John Franklin, y Adam Nagaitis en un papel destacado. La dirección corre a cargo de múltiples realizadores, como Tim Mielants y Edward Berger, con fotografía de Florian Hoffmeister y Kolja Brandt, y música compuesta por Marcus Fjellström.



The Terror se inspira en la expedición real de Franklin, cuya suerte permaneció desconocida hasta el descubrimiento de los restos de los barcos en 2014 (Erebus) y 2016 (Terror).

Durante el rodaje, los actores enfrentaron sets fríos simulados en estudios de Vancouver y Croacia, con temperaturas controladas para replicar el Ártico, aunque no se filmó en locaciones polares reales por logística.

Buenas pintas me metí en el Lauders de Inverness... tampoco es tan antiguo de 1852, la Fontana de Oro en Madrid se fundó en 1782...

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Lauders Bar es un pub tradicional emblemático en el centro de Inverness, Escocia.

Parece datar al menos de mediados del siglo XIX, aunque las afirmaciones de ser el pub más antiguo de la ciudad son debatidas entre locales e historiadores.

Situado en el 16 de Church Street, Inverness IV1 1EB, Lauders está a un corto paseo del Castillo de Inverness y del río Ness.

El exterior del pub presenta una fachada negra llamativa con letras doradas, cestas de flores colgantes y letreros que proclaman orgullosamente su establecimiento en 1852 y posiblemente como el pub más antiguo de Inverness, una afirmación que ha generado animados debates locales.

Históricamente, Lauders remonta sus raíces a 1852, cuando operaba bajo el nombre de Criterion Bar, conocido afectuosamente como "The Crit" entre los habitantes de Inverness.


miércoles, 5 de noviembre de 2025

Carlito's Way de Al Pacino & Brian De Palma. (1993)

Carlito's Way otro peliculón de Al Pacino & Brian De Palma.

Me gusta que una película de este nivel, no glorifique a un p*t* mafioso y lo muestre como lo que es: un tío desesperado por escapar de su pasado de

Me da hasta pena que se lo carguen… Y la banda sonora Funky setentero …. y el final con Joe Cocker You Are So Beautiful...

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Carlito's Way (1993), dirigida por Brian De Palma, es un drama criminal que pertenece al género de cine de gánsteres con elementos de thriller y romance. El guion, escrito por David Koepp, se basa en las novelas Carlito's Way (1975) y After Hours (1979) del autor Edwin Torres, un juez de Nueva York que incorporó experiencias reales del sistema judicial y la calle en su narrativa.
El elenco principal incluye a Al Pacino como Carlito Brigante, un exconvicto puertorriqueño que busca reformarse; Sean Penn como Dave Kleinfeld, su abogado corrupto; Penelope Ann Miller como Gail, la novia de Carlito; junto con actuaciones destacadas de John Leguizamo, Viggo Mortensen y Luis Guzmán. En cuanto a premios, el film recibió nominaciones limitadas, notablemente una al Globo de Oro para Sean Penn como Mejor Actor de Reparto.



La banda sonora, compuesta por Patrick Doyle con incorporaciones de música disco y latina de los años 70 (incluyendo temas de artistas como Joe Cocker y The Trammps), no solo ambienta la era sino que refuerza el contraste entre la nostalgia de Carlito por una vida pasada y su anhelo de escape.

Carlito's Way es la desilusión inherente al "sueño americano" para inmigrantes latinos: Carlito anhela una "vida recta", pero el film simboliza esto como un paraíso inalcanzable, representado en el póster de una playa tropical que aparece recurrentemente, aludiendo a la ilusión de escape frente a la realidad opresiva del crimen organizado.

Desde el siglo XIX, la conexión española con la Hispanidad, con Iberoamérica, aterra a EEUU

Hay una continuidad histórica muy sólida en la voluntad estadounidense de impedir que una potencia externa, una alianza rival o una red polí...