sábado, 14 de marzo de 2026

La situación del Ejército español en África en 1916: penuria material, precariedad logística y sin respaldo político y presupuestario del gobierno

«Para un batallón "de 1034 plazas con 32 oficiales", la dotación de tiendas sería tan insuficiente que en cada tienda cónica se hacinan decenas de hombres, con consecuencias directas sobre salud, higiene, moral e incluso disciplina». 

«La capacidad de hornos y medios para el pan queda desbordada (se produce el doble de lo previsto), con resultados "pésimos"; y la ausencia de carreteras impide que lleguen camiones o carros, obligando a organizar convoyes con las mulas del tren de las unidades para obtener artículos básicos a decenas de kilómetros».

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En 1916 la administración colonial española en África mostraba una debilidad estructural que ayuda a explicar por qué la guerra «pequeña» —la del puesto aislado, el convoy, el pan, la tienda y la munición— se vuelve crónica: escasez de personal técnico, carácter marcadamente político de la acción española y la atribución a los interventores de funciones muy amplias, desde información geo-militar (por ejemplo, itinerarios aptos para el movimiento de tropas) hasta tareas de gobierno local. Esta precariedad de capacidades «civiles» y técnicas no es un detalle: influye en carreteras, abastecimientos, sanidad y control territorial.

Protectorado español en Marruecos | Global Strategy


Dispositivo militar y lógica operativa: la guerra de posiciones

La fotografía operativa de 1916 no es la de una gran ofensiva continua, sino la de un dispositivo que —según la reconstrucción detallada de la tesis doctoral «Africanistas y junteros: el Ejército español en África y el oficial José Enrique Varela Iglesias» por Antonio Atienza Peñarrocha— vive en un régimen de: marchas, fortificación, descubiertas, aguadas, escoltas y protección de convoyes, con un riesgo constante de emboscada.

Mundo Gráfico. Biblioteca Nacional de España.

Entre 1915 y 1918 el Protectorado está «relativamente tranquilo», pero no en el sentido de ausencia de violencia: hay golpes de mano y escaramuzas, ataques a convoyes y posiciones, y una tensión sostenida que obliga a mantener un entramado de guarniciones y destacamentos. En la práctica, esa red implica un dilema permanente: cuanto más se dispersa la fuerza en puestos, más se multiplican las necesidades de abastecimiento y las rutas vulnerables; pero cuanto más se concentra, más se cede terreno y presencia.

Revista De Lactio

Incluso en un año sin «gran campaña» formal, el aparato militar está sometido a una tensión operativa y política que no reduce la demanda logística: Se sostiene «a duras penas» un rosario de posiciones, con aprovisionamientos costosos y una geografía que hace del convoy un acto táctico. No hablamos, por tanto, de penurias como anécdota, sino como resultado sistémico de cómo se ocupa un territorio con medios limitados y con una infraestructura de comunicaciones insuficiente.


Abastecimiento y transporte: cuando la logística decide

La denuncia recogida en prensa militar es particularmente explícita: «para un batallón "de 1034 plazas con 32 oficiales", la dotación de tiendas sería tan insuficiente que en cada tienda cónica se hacinan decenas de hombres, con consecuencias directas sobre salud, higiene, moral e incluso disciplina». 

La misma fuente subraya un punto esencial: «la capacidad de hornos y medios para el pan queda desbordada (se produce el doble de lo previsto), con resultados "pésimos"; y la ausencia de carreteras impide que lleguen camiones o carros, obligando a organizar convoyes con las mulas del tren de las unidades para obtener artículos básicos a decenas de kilómetros».

Todocoleccion

Esto encaja con una crítica contemporánea: el periodista y político Francisco Gómez Hidalgo, al describir cómo los marroquíes comparaban a españoles y franceses, detalla carencias concretas (comida deficiente, falta de cocinas de campaña, pan que llega degradado por el transporte y la manipulación, falta de ganado de carga, déficit de tiendas, y consecuencias materiales como el deterioro del armamento por exposición). Aunque este texto se publica en 1921, su valor para 1916 está en que articula —con ejemplos cotidianos— una estructura de problemas que la documentación de esos años ya presenta como persistente.

Hay que añadir un factor físico que la historiografía ha subrayado con insistencia: la dureza del terreno y la escasez de agua y recursos (incluida la leña) obliga a «montar complicadas operaciones de abastecimiento». Si se combina esto con una red de puestos dispersos, el resultado es que cada ración, cada saco de harina, cada caja de munición y cada tienda adquieren un valor superior.

Suboficiales del Rgto. de Caballería «Alcántara» 1919
Finalmente, la organización interventora —clave para entender el control territorial— refuerza esta lectura: la investigación sobre los interventores insiste en que una de sus misiones era proporcionar información utilizable por el mando, incluyendo itinerarios adecuados para el movimiento de tropas, pero lo hacía en un contexto de insuficiencia técnica e improvisación administrativa. En 1916, esa mezcla de dependencia del conocimiento local y déficit de infraestructura explica por qué «no hay carreteras» no es solo una queja: es una condición estructural del modo de guerra.

Alojamiento, higiene y moral: el coste humano de la precariedad

Las penurias descritas en 1916 no son únicamente «incomodidades»: tienen una traducción sanitaria y disciplinaria. La denuncia sobre el hacinamiento en tiendas lo explicita al vincularlo con riesgos para la salud, la higiene y la moral, y al sugerir incluso impactos sobre la subordinación. En un ejército de reemplazo y de rotaciones, donde la instrucción debe convivir con el servicio cotidiano, la degradación de condiciones mínimas erosiona la cohesión por vías muy concretas: sueño insuficiente, enfermedades intestinales asociadas a agua y alimentación, conflictos por el espacio, fatiga acumulada y sensación de abandono.

En clave comparativa, la crítica de 1921 (que remite a prácticas anteriores) añade una escena significativa: para cobijar a jefes y oficiales se levantan chozos con ramaje, mientras el soldado queda a menudo «sin otro cobijo que el cielo», lo que no solo afecta a la persona, sino al material: armas expuestas a humedad, polvo y cambios térmicos, con más averías y peor conservación. En una guerra donde el enemigo busca hostigar convoyes y desgastar puestos, el deterioro «lento» del equipo es una forma de derrota silenciosa.

Batería en Ishafen (1915). Archivo General de Melilla

El marco documental confirma que la propia jefatura del Protectorado percibe la falta de recursos como un límite operativo permanente. El estudio de 2017 cita correspondencia del Alto Comisario en la que este admite que la carencia de recursos coloca al mando en «malos trances» sin que sea fácil señalar culpables individuales. Dicho de otro modo: la precariedad no es solo un fallo local; también es un problema de estructura, prioridades y capacidades del Estado.

A la vez, el mismo trabajo advierte de una capa moral añadida: el Alto Comisario se ve obligado a reiterar amonestaciones sobre prácticas indebidas, desaliño, ignorancia de instrucciones de entrenamiento y abuso de recursos, lo que sugiere una degradación del clima de servicio que se retroalimenta con las condiciones materiales. En ese contexto, las denuncias en prensa militar no deben leerse únicamente como polémicas corporativas: funcionan como síntoma visible de una tensión interna sostenida.


Material, armamento y mando: carencias y disfunciones

La dimensión material de 1916 no se limita a tiendas o pan. La crítica contemporánea enumera carencias de capacidad de combate: falta de ametralladoras y de munición de artillería, además de déficits de transporte para impedimenta y piezas. En un teatro donde el enemigo explota el terreno y la dispersión, estas carencias fuerzan tácticas menos eficientes: más exposición del convoy, menos capacidad de apoyo de fuego, y mayor dependencia de la iniciativa local.

El problema se agrava por la arquitectura de mando y control. La cadena de mando en el Ejército de África dificulta el control y el cumplimiento efectivo de órdenes del Alto Comisario en las distintas regiones, y vincula esa dificultad al estado precario de unidades y a la apatía de mandos respecto a instrucciones recibidas desde el centro de decisión en el territorio. Si se combina todo ello, la imagen de 1916 se vuelve nítida: un ejército que sostiene presencia territorial, pero cuyo rendimiento se ve recortado por fricción logística y disfunción organizativa.

General Primo de Rivera en el puerto de Melilla (1919).
Archivo General de Melilla

Aquí es donde la «Organización del Protectorado» de 1916 adquiere valor interpretativo. La norma atribuye al Alto Comisario la capacidad de proponer reformas «políticas, administrativas, económicas, financieras, judiciales y militares» y le exige informar con frecuencia al Gobierno sobre la situación de la zona. En teoría, es una palanca de reforma; en la práctica, la evidencia muestra que la administración y el mando se enfrentan a límites técnicos y a una cultura institucional donde proliferan irregularidades y se depende de arreglos locales.


Conclusiones

En 1916, la situación del Ejército español desplegado en África se define menos por grandes batallas que por la «economía diaria del puesto y el convoy: una guerra de desgaste logístico donde «tienda», «horno», «mulo» y «munición» son categorías estratégicas». 

Abandono del gobierno que degenera en un cuadro de hacinamiento, alimentación deficiente, carencia de infraestructura de transporte y necesidad de improvisar aprovisionamientos a larga distancia. La crítica comparativa de 1921 refuerza esa imagen al describir cómo la precariedad en cocinas, pan, transporte de carga, abrigo y dotación de apoyo de fuego afectaba tanto al soldado como al material.

Alfonso XIII en las montañas del Rif (1911).
(Colección Gérard Lévy, París).
Al mismo tiempo, 1916 es un año de ordenación administrativa (Real Decreto de «Organización del Protectorado») que formaliza una estructura de mando civil y político-militar bajo el Alto Comisario.

Los documentos presupuestarios muestran que el Estado organiza la «Acción en Marruecos» como sección específica, con servicios diversificados; por tanto, la penuria no se explica solo por ausencia de gasto, sino por fricción territorial, limitaciones de infraestructura y una práctica institucional que incluye corrupción y usos indebidos que degradan el rendimiento de la logística.


Bibliografía y fuentes empleadas

  • Africanistas y junteros: el Ejército español en Africa y el oficial José Enrique Varela Iglesias", CEU, 2012 tesis doctoral (2012). Base principal para reconstrucción del contexto de 1916 y para la localización y encuadre de las denuncias logísticas atribuidas a prensa militar y a testimonios contemporáneos.
  • Artículo académico (2017) sobre la Gran Guerra y el Protectorado en "Hispania Nova". Aporta marco interpretativo sobre limitación de campañas, censura de 1916, problemas de cadena de mando y evidencia documental sobre precariedad material e irregularidades, claves para explicar por qué las penurias no son «accidentales».
  • "Marruecos: la tragedia prevista", francisco gomez hidalgo, 1921. Fuente contemporánea (publicada tras los hechos) útil como testimonio crítico y comparativo sobre carencias logísticas y de vida en posiciones.
  • "Un soldado en la Historia", José María Pemán, 1954.
  • «Los interventores del Protectorado español en Marruecos (1912-1956) como agentes geopolíticos» (2005). Estudio académico sobre el aparato interventor, relevante para comprender limitaciones técnicas e informativas del control territorial (incluidos itinerarios y conocimiento del terreno), con impacto indirecto en logística y operaciones.
  • Real Decreto de «Organización del Protectorado» (24 de enero de 1916), publicado en la Gaceta. Fuente normativa primaria para la arquitectura institucional bajo el Alto Comisario.
  • Documentación presupuestaria de 1916 (Sección 12, «Acción en Marruecos») en la Gaceta. Fuente primaria para constatar la existencia de un bloque presupuestario específico y su desagregación por servicios administrativos.

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